Los allanamientos y detenciones a una parte de la familia Cantero, líder de la instalada marca Los Monos, y de un grupo juvenil aparentemente referenciado en Luciano Lucho Cantero, un adolescente heredero de las representaciones sociales de su apellido, vuelven a poner las cosas en su lugar: la violencia armada como expresión de sectores marginales asociados al redituable mercado ilegal del comercio de estupefaciente, extorsiones, usurpaciones y otros ilícitos. Todos tranquilos, volvieron Los Monos.

El martes 18 la Agencia de Criminalidad Organizada y Delitos Complejos ordenó una veintena de allanamientos, la mayor parte de ellos en los barrios La Granada, 17 de Agosto y Las Flores, en el sur de la ciudad.

Los procedimientos apuntaron a una parte de la familia Cantero. Fueron detenidos Lorena Verdún, viuda y ex pareja de Claudio Pájaro Cantero, quien lideró la banda del sur hasta su asesinato en mayo de 2013, y uno de los hijos de ambos, Lucho Cantero, de 18 años, a quien la policía le secuestró una gran cantidad de armas y municiones.

Otras ocho personas también fueron demoradas, de las cuales seis quedaron detenidas e iban a ser imputadas cuando este periódico estuviera en imprenta, por el acopio ilegal de las armas de fuego y –algunos de ellos- por la balacera a una patrulla policial ocurrida la madrugada de Navidad.

De los teléfonos celulares y documentación secuestrada, los fiscales esperaban obtener información que vincule a los detenidos con otras investigaciones en marcha, relacionados a hechos violentos.

En una vivienda de dos pisos ubicada en Caña de Ámbar al 1700, la policía secuestró en dos bolsos una arsenal conformado por 25 armas –la mayoría pistolas- y una gran cantidad de municiones, además el equivalente a unos 4 millones de pesos en efectivo (que incluyeron dólares y euros), como resultado de casi 20 allanamientos.

En el lugar reside Lucho Cantero, el adolescente de 18 años que, según explicó el fiscal Matías Edery, “tiene ascendencia sobre un grupo de chicos que lo secundaba y con el que estaba siempre”, al que presuntamente le facilitaba su poder armamentístico.

Ante la consulta periodística, el fiscal aclaró que “no lo podemos poner a la cabeza de una banda tan grande” como fueron Los Monos, organización narcocriminal desarticulada como tal tras el asesinato del Pájaro Cantero y la posterior caída de sus cabecillas, que derivó en condenas con altas penas en abril de 2018.

Pero el nombre de la emblemática banda de La Granada se convirtió, ya hace algún tiempo, en marca de la violencia local. De hecho, es utilizada como una suerte de franquicia por otras organizaciones del mundo criminal, con o sin autorización de su “legítimo” explotador, el multicondenado Ariel Máximo Cantero, conocido como Guille.

De todos modos, Edery destacó que las secuestradas “son armas de alta potencia, muy nuevas y había muchas municiones”, lo que equivale a “una potencia armamentística que muy pocas veces se secuestra toda junta”.

El fiscal descartó que exista evidencia que vincule a Lucho Cantero con su tío Guille, de quién sí existen elementos de prueba –al menos para el Poder Judicial- sobre su actividad criminal organizada desde las cárceles que lo albergaron en la última década.

 La foto

La causa se originó en una fotografía publicada el año pasado en las redes sociales por el trapero Zaramay, que muestra al músico con un fusil en la mano, rodeado de un grupo de jóvenes con barbijos, la mayoría también empuñando armas, con excepción de uno que simula su tenencia con sus dedos.

Allí aparece Luciano Cantero y también Alberto Ribadero, conocido en el mundo de la música tropical como Beto Riba, uno de los dueños del conocido carrito de comidas rápidas Jorgito Junior, baleado el año pasado la misma noche que el restaurante El Establo.

La violencia como elemento de construcción de prestigio social e identidad grupal juvenil en algunos barrios populares –pero no sólo en ellos- quedó expuesta en esa fotografía, que derivó en una causa judicial.

El fiscal Edery dijo a Radio Dos que la imagen “en muchos casos tiene que ver con la exacerbación de la violencia que hacen estas bandas y existe un vínculo entre esos chicos, personas jóvenes, que le gusta esa música y esa coincidencia nefasta en cuanto al uso y exaltación de armas”.

Agregó que el vínculo se produce porque “también estas organizaciones permiten lavar dinero, no es solamente una cuestión musical, porque en el negocio de la música hay muchas cuestiones que se hacen en negro”. Sin embargo, aclaró que tras investigar a Zaramay, no encontraron más que “fascinación” y vínculos amistosos con el joven Cantero, ahora detenido con un arsenal.

El otro elemento que unió aquella fotografía con el presente fue una balacera a una patrulla policial ocurrida la madrugada de Navidad, en el barrio de Los Monos.

 Los tiros

La policía llegó a la zona por el robo de un vehículo, y un grupo de jóvenes aparentemente ligado a Cantero hijo abrió fuego contra la camioneta policial, al pensar que buscaban a un pibe que el día anterior se había fugado de una dependencia policial tras ser detenido por drogas.

Si bien no hubo policías heridos, la camioneta oficial recibió 11 impactos de bala y dos jóvenes fueron detenidos.

La magnitud del ataque armado –alrededor de 60 balazos a un móvil policial, construido en esa lógica como el “enemigo” que acecha el territorio- da cuenta de la capacidad de daño de personas muy jóvenes.

También muestra parte del drama criminal de Rosario, cuyo universo se dividió en múltiples fragmentos con las caídas de los principales jefes del negocio narco, a pesar de que continúen operando –aunque con trabas- desde las cárceles.

Esa fragmentación es consecuencia de la ausencia de liderazgos en el mundo del crimen local. La violencia que produce resulta del gerenciamiento del mercado ilegal de drogas al menudeo en manos de jóvenes que hasta hace poco fueron “soldaditos”, y cuyo “plus” es el empleo de la violencia altamente lesiva, como señalan los especialistas.

Un negocio ilícito cuyo desarrollo requiere paz, en Rosario irradia violencia y genera ajustes de cuentas entre grupos en forma casi cotidiana, como exhibición de la rusticidad de sus noveles jerarcas.

En forma paralela a esa fragmentación y a la precarización de las conducciones de las bandas del mercado ilegal de estupefacientes, se produjo la pérdida del territorio por parte de las fuerzas de seguridad, su retiro de las calles, carentes de la capacidad regulatoria –ya sea legal o ilegal- de los mercados delictivos.

La combinación de ambos fenómenos constituye uno de los rasgos distintivos de la ciudad, que mantiene desde hace casi una década altos índices de homicidios y violencia lesiva, muy por encima del promedio nacional.

 Los feos

La reaparición de la marca Los Monos en un hecho de violencia funciona, de alguna manera, como un tranquilizante de la inquietud social, que en cambio no encuentra dique de contención cuando el crimen cruza los bulevares y produce víctimas “ilegítimas”, por ejemplo, en un homicidio en ocasión de robo.

En los sectores propietarios de la ciudad se perciben los detalles de las disputas entre criminales constituidos como tales como si fuera una serie de Netflix. Pero es un drama social: el de la desigualdad cada vez más marcada y su efecto sobre el tejido colectivo, con énfasis en las juventudes de los barrios populares, tensionadas entre la presencia del Estado en cuanto verdugueo policial y la violencia desplegada por los grupos narco.

Que vuelvan Los Monos, feos y viejos conocidos, quita al menos por un rato el radar de las cuevas financieras donde circula el dinero ilegal del narcotráfico y otras ilicitudes -como el contrabando de granos y la usura socialmente legitimada, o la timba ilegal- y devuelve las cosas a su lugar, donde nos sentimos mal pero cómodos.

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