Un pequeño recorrido por la figura de Maria Laura Schiavoni, una artista aún desconocida para el gran público de nuestra ciudad que basó su obra en lo que ella denominaba “paisajes espirituales”.

María Laura Schiavoni (1904 – 1988) le dedicó al género del paisaje casi la totalidad de su producción. Este texto es una invitación, un viaje imaginario por esos escenarios que supo construir a lo largo de toda su vasta carrera. 

Los paisajes llenos de claridad que María Laura Schiavoni pinta durante casi toda su vida se encuentran siempre totalmente deshabitados. Sólo alguna casa perdida entre inmensos entornos naturales da muestras de una posible presencia humana. Estas imágenes, que probablemente partían de anotaciones tomadas del natural, fruto de sus frecuentes viajes, eran transmutadas en composiciones con encuadres bien definidos casi siempre en colores ocres, azules y verdes. Colores tan claros que, por momentos, se confunden con el blanco del soporte y dan dando lugar a entornos casi etéreos.

Ricardo Montes i Bradley describe estos cuadros despojados de la siguiente manera: “En ellos las sendas son inmateriales, las arenas inasibles, los mares y ríos incorpóreos, los cielos vacíos, las montañas inaccesibles, las pampas abstractas, las praderas impalpables, las atmósferas en fin, incoercibles”. Aguas mansas, montes que se pierden en la lejanía, árboles cuyas formas curvas se mezclan y se entrecruzan, dunas, rocas de formas casi abstractas que por momentos hacen pensar en el informalismo que en unos años se volverá una moda. Todos estos elementos se repiten y refuerzan unos a otros en un cuerpo de obras que se extenderán por varias décadas. En su período tardío, incluso, veremos cómo sus cuadros se tornan decididamente más y más abstractos. Composiciones en las que las formas ondulantes recorren la tela, los colores se oscurecen y el contraste se acentúa.

Los títulos de estos “paisajes espirituales”, como los llamaba la autora, nunca hacen referencia a localizaciones concretas, más bien son transposiciones de estados de ánimos: “Nostalgia”, “Soledad”, “Reminiscencia”, “Serenidad” “Añoranza”, “Inquietud”. Títulos sugestivos, enigmáticos, que invitan a acercarse a la obra de una manera distinta. Son la afectación del entorno sobre la subjetividad, o la inversa, la subjetividad arrojada sobre el paisaje mismo. Como veremos, estas reflexiones no eran ajenas a una artista que le dedicó mucho tiempo al análisis de la historia del arte, análisis que le serviría de apoyatura para su propia obra.

María Laura Schiavoni fue una figura polifacética y en contacto directo con el medio artístico de su época. Participó activamente de los sucesivos salones de Rosario, escribió regularmente críticas de arte, fue docente y además resguardó el legado de su hermano Augusto, uno de los pintores más reconocidos de su generación. Todas estas fueron formas de insertarse en un medio reticente para con las creadoras mujeres. A pesar de todo esto, su propuesta pictórica tan personal fue leída muchas veces desde la óptica peyorativa de un “arte femenino” menospreciando su carácter renovador. También desde una mirada de “arte ingenuo”, por no adaptarse completamente a los relatos teleológicos de la modernidad.

En los últimos años, a la luz de nuevas perspectivas de análisis, la obra de Maria Laura Schiavoni logró una mayor difusión: muestras como Los Hermanos Schiavoni o Señora de la Templanna, investigaciones –fundamentalmente las de Sabina Florio y Cynthia Blaconá– y publicaciones varias han dado a conocer múltiples facetas de su personalidad y han permitido entender su legado y su inserción en el arte de nuestra ciudad en toda su complejidad, sus tensiones y contradicciones.

En 2019 dos de sus pinturas ingresaron a la colección del Museo Juan B. Castagnino. Se encuentran ahora a la espera de nuevos ojos dispuestos a enfrentarse a ese exquisito momento detenido.

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