Los productores de cerveza artesanal se cuentan entre los más afectados por la pandemia, pero sobrevivieron a puro esfuerzo y asociativismo. Ahora, apuestan a nuevos gustos y formatos para consolidar el resurgimiento.

Todavía es muy media mañana y entre medio de semana en la fábrica de Daniel O, así que no da para probarlos. Pero los nuevos gustos de cerveza artesanal que allí se cocinan suenan más que tentadores. Están la Hazy Ipa, con mango; la Belgian Garden, con pimienta de Jamaica y pasas de uva; la Black Trip, con un toque de whisky y terpenos de cannabis; la Critical Ipa, con más que terpenos de la planta ahora percibida como medicinal. Poco menos de dos años atrás, el panorama era muy otro ahí en el establecimiento cervezal del pasaje Vijande, en pleno Ludueña. Aquel marzo de arranque de pandemia y cuarentena no daba para pensar en otra cosa que no fuera cómo capear la goleada en contra que se sufría: “cuatro mil a cero, estábamos haciendo cuatro mil litros mensuales y pasamos a nada, a cero”, describe Daniel Saliba, futbolero él, además de cervecero. ¿Cómo pensar en nuevas variedades ante ese panorama? ¿Cómo hacer sobrevivir esa actividad “no esencial” para las normas sanitarias, pero sí para quienes la habían abrazado varios años antes con la pasión y el compromiso suficientes para que la cerveza artesanal surja como producto de consumo masivo y ya no como deleite escondido y para pocos? 

“Hubo achiques, alguna gente que se dedicó a otra cosa, fue muy difícil para todos. Pero cierres totales hubo muy pocos. La mayoría pudimos sostenernos, en muchos casos porque antes de bajar las persianas y largar todo nos empezamos a juntar para no sentirnos tan solos y ver qué hacer, cómo seguir”, reseña Saliba, con ya varios años de trayectoria al frente de la cooperativa Daniel O. “Una de las consecuencias de la pandemia fue las fusiones, las asociaciones”, refuerza Franco Pittaro, también casi un veterano en esas lides que implica producir cerveza artesanal y ahora asociado a la cooperativa de pasaje Vijande, a la que llevó las máquinas y saberes y sabores que supo generar y ofrecer revestidos por la etiqueta Copper. 

Frutos de esa juntada son las novedosas Hazy Ipa, Belgian Garden, Black Trip y Critical Ipa, echadas a fluir en los vasos de la ciudad y la región bajo la marca NN Birra desde octubre pasado, cuando Daniel y Franco pudieron volver a tomarse unos ratos para maquinar nuevas variedades, a las que varios apuestan para convocar más público y seguir recuperando el tiempo perdido. 

La marca Elena del Paraná, por ejemplo, ya va por 15 gustos. Y sus hacedores comparten con Saliba y Pittaro algo más que esa imaginación como estrategia. Las 15 Elenas se cocinan y comercializan desde otra cooperativa, Movimiento Cajonardi, donde eso de afrontar las malas desde el estar cada vez más juntos es regla que por supuesto también se aplicó durante la pandemia.

Se aplicó y se aplica, porque “esto no está sorteado” del todo, señaló desde los Cajonardi Matías Pujol, entrevistado en el programa radial Poné la Pava. “Pudimos mantenernos con vida por el aguante, el trabajo colectivo. Superamos muchas dificultades para estos espacios que no tienen grandes estructuras y se nos hace muy difícil. Y por más que ahora estamos en temporada de verano, es difícil recuperar en una temporada dos años de pérdida. Además, venimos del macrismo, que fue bastante duro. La mayoría de nuestros insumos están dolarizados”, describió Pujol.

Y en Daniel O coinciden. Insumos dolarizados y pagados sin plazos de financiación, proceso de producción y acondicionamiento para el consumo de aproximadamente un mes y medio de duración, más demoras generalizadas a la hora de cobrar lo vendido, son ingredientes de un combo que azota a la actividad desde antes de la pandemia, afirman.

Y cuentan que la irrupción del coronavirus y las consiguientes medidas de cuidado sanitario obligaron a la vez a repensar y reconvertir otras modalidades de trabajo, como la de utilizar barriles como único o principal envase a la hora de distribuir y comercializar: “Nuestras mayores salidas eran a los bares y a particulares para festejos, pero los bares cerraron y las reuniones familiares estuvieron prohibidas, así que tuvimos que envasar más en botellas y latas, ofrecer delivery y apuntar más a otros clientes comercializadores, como kioscos, almacenes, supermercados; donde es más difícil competir con las cervezas industriales”.

En este último aspecto, desde Daniel O piden expresamente que se haga mención a la Asociación de Empleados de Comercio, que abrió el espacio de su proveeduría sin dejar de contemplar la asimetría entre artesanales e industriales. Otro reconocimiento que expresan es al programa del gobierno provincial Santa Fe Más, en cuyo marco comenzaron a brindar cursos de capacitación que significaron un ingreso económico vital para la supervivencia.

Con todo, insisten en que ante el abrupto y desconcertante ataque del virus con sus cuarentenas y barbijos y cosos varios, las defensas más genuinas fueron las que se nutrieron con el agruparse, con el acompañarse, con el compartir, con el subirse al colectivo, ese que nunca deja de pasar por la esquina de quienes nunca quieren salvarse solos.

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