El reconocido cantautor tucumano Juan Falú repasó su infancia, su juventud, su militancia y su exilio en Brasil, donde la guitarra y el canto fueron “un puente a la tierra”. Los restos de su hermano desaparecido fueron hallados e identificados en 2016.

Juan Falú es bien tucumano, como la luna. Vivió una infancia feliz en su San Miguel natal y aprendió a tocar la guitarra de changuito por influencia de su tío Eduardo y de su padre Alfredo. Militó desde joven por causas nobles y sufrió el terrorismo de Estado en carne propia con la desaparición de su hermano Luis y su exilio propio en tierras brasileñas. La vida de su madre, Elizabeth Baaclini, se apagó (o encendió) para siempre apenas un día después de que los restos de Lucho fueran hallados e identificados a 40 años de su secuestro a manos de una patota liderada por el general Antonio Bussi, que tiempo después gobernaría el Jardín de la República en plena democracia. Luego de su paso por Rosario, ciudad por la que asegura tener un “especial y gran cariño”, el compositor dialogó con este semanario y confesó: “Encontré una foto de cuando tenía un año y estoy con una sonrisa que quisiera que me acompañe siempre”.

De mi largo caminar

Juan Falú se dio el gusto de llevar sus melodías y su voz suave y calma por todo el mundo. Pero por Rosario, ciudad que visitó hace unas semanas, siente algo especial. “Estuve en el Atlas pasando un hermoso momento, la verdad, con el público de Rosario que me encanta”, confesó, y ante la pregunta de por qué para muchos artistas el público de acá es tan valorado, argumentó: “Y, me parece que tiene conocimientos, vivencias, una cualidad bastante especial que es la de cargar con memorias provincianas y también con hábitos muy urbanos. Eso la hace poderosa culturalmente a Rosario, desde el papel del Puerto, de la inmigración, de esa prolongación hacia tierra adentro, el gran desarrollo urbano, en fin, una mezcla muy interesante y a veces nociva. A veces. Yo la conocí desde muy joven, en momentos de un gran despertar político, de una generación que iba mucho a Rosario, estoy hablando del año 69, 70, hasta que vino el golpe y recrudeció la represión. Entonces viví una Rosario encendida. Y cuando voy, tal vez mi opinión sobre el público rosarino tenga una carga subjetiva, porque soy consciente de que va determinado público a escucharme, con el que guardamos algunas afinidades que son muy fuertes”.

—Hablando de esa mezcla rara de lo urbano y lo provinciano, ¿cómo era el changuito Juan en aquella infancia en Tucumán?

—Yo a ese Juan changuito lo recuerdo muy a menudo porque tengo recuerdos muy hermosos y muy de la calle también. Tucumán es chiquita pero también es poderosa. La ciudad capital, San Miguel, tiene una tremenda vida urbana, nocturna, bohemia y para el Juan niño había barrios extraordinarios. Yo vivía pegado al parque 9 de julio, en las vías del tren, y éramos como niños dueños de la calle y eran horas y horas de jugar hasta que caía la noche.

—¿Y la música, cuándo y cómo entra en tu vida?

—Yo no sé bien porqué la ubico a los siete años, pero debe ser porque tengo recuerdos de estar al lado de mi padre, él tocando la guitarra o enseñándome algunos acordes, en una casa donde estuvimos hasta que yo tenía 7 años y después nos mudamos. Como tengo recuerdos de esa casa, de esa primera guitarra, de esos acordes, ubico en mis 7 años ese ingreso a la musicalidad. Con seguridad a los 8 ya estaba tocando no sólo con lo que me enseñaba mi viejo sino que empezaba a escuchar unas músicas que mi padre ponía en la casa. Por suerte eran músicas muy hermosas, soy cada vez más consciente de que esa cuna sonora que eran los discos de mi padre han sido determinantes para mí.

—¿Y cuándo empezás a definirte como músico?

—Cuando estaba exiliado. A nosotros nos tocó ese destierro a una edad de pleno crecimiento, éramos muy jóvenes. Y me parece que las circunstancias del exilio, todas las circunstancias de vida fueron fuertes, muy fuertes. En algunos casos conducían a depresiones o directamente a la locura, entonces son cuestiones que lo ponen a uno en función de crecer o crecer. No hay muchas posibilidades. Y no lo digo sólo para los que nos fuimos sino para toda la inmensa población que se quedó escondida acá adentro, y creo que en ese crecimiento apareció el músico. Realmente no sé qué hubiese sido de mi estructura emocional si no hubiera tenido la música, por supuesto también tenía a mi compañera, a mis hijos, el trabajo. Todo eso ayudó, pero la música era el puente a la tierra.

—¿Cómo fue el volver, ese regreso a la patria?

—Un año y pico antes de irme, me fui a vivir a Buenos Aires, así que el regreso fue a esa ciudad. Me acuerdo que me detuve en la boca del subte y sentí ese olor del aire que sale del subte, y esa fue la sensación más poderosa que me hizo sentir, bueno, estoy de vuelta, porque a veces los sentidos ayudan mucho. Lo mismo me pasó cuando fui a Tucuman, después de 9 años de ausencia, que al escuchar hablar, al escuchar la tonada, que es algo tan fuerte, tan hermoso, me volví a sentir en casa. 

—No sólo padeciste el exilio sino también la desaparición de tu hermano.

—Lucho fue secuestrado en septiembre del 76, y 40 años después sus restos fueron identificados gracias a un trabajo conjunto de los equipos de la Universidad de Tucumán y de antropología forense. Y se sabe, por un testigo, un suboficial del Ejército que declaró en la megacausa contra genocidas en Tucumán, que fue asesinado por el propio Antonio Domingo Bussi con un disparo en la cabeza, estando mi hermano arrodillado, vendado, con las manos atadas en la espalda y a orillas de la fosa de los arsenales. 

—¿Qué le dirías al changuito Juan hoy?

—Que me contagie la alegría y me enseñe, que me enseñe cómo se hacía para estar alegre y no envuelto en las angustias, en las melancolías, esos dramas existenciales que uno fue armando a lo largo de la vida. Hace poco encontré una foto de un Juan de un año, cuando recién se aprendía a sentar, vestidito de marinero, que está con una sonrisa que quisiera que me acompañe siempre.

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