Hugo recorrió mentalmente los recuerdos de aquel 2 de abril de 1982, el día en que todo comenzó. El 2 de abril en Rosario. El soleado viernes 2 de abril en Rosario. Recordó el gran embotellamiento en calle Santa Fe, a la altura de Sarmiento. Autos, y colectivos, y barcos, barcos ingleses, y noticias gritadas. Cuando empezaron a llegar las primeras informaciones y rumores, temprano esa mañana, él estaba trabajando, en un kiosco de la galería Rosario. De pronto, rememoró, comenzaron a llegar voces. Y bocinazos. Y los clientes, cada vez más excitados, hablaban de batallas. Hablaban de mares, de almirantes e imperios. 

Una luminosidad agresiva llegaba desde la calle. La galería se llenó de manchas de luz. Manchas que se movían entre la gente, a veces en exceso, hasta hacer desaparecer a las personas en una explosión seca, sorda, de brillos que se iban desvaneciendo. Pero no los sonidos, los sonidos crecían, trepaban, chocaban contra los cristales de los escaparates haciéndolos vibrar. 

Los productos se apilaban en el kiosco bien ordenados, apretados, encajados con una prolijidad que en el recuerdo le producía disgusto. 

Recordó los colores y las marcas con detalles mínimos que lo hacían marear hasta la arcada. Especialmente los alfajores Fantoche, nítidos, perfectos. Alfajores triples. Eso, y los gritos, y la excitación de los que paseaban por la galería se instalaron en su mente. 

Cuando dejó el kiosco para ir a almorzar se encontró con los barcos, los gritos de los militares, las banderas, la confusión y la alegría. En la esquina de Sarmiento y Santa Fe un vendedor de banderas se había instalado desde temprano, muy cerca del puesto de diarios donde estaban desplegados los grandes titulares que hablaban de la ocupación de las islas Malvinas. 

El ruido de los barcos era ensordecedor, se alargaba en una nota infinita, se encajonaba por calle Santa Fe y se unía a las bocinas de los que festejaban. Entró corriendo al bar de la esquina, en busca de refugio. Fue peor. Estaba lleno de soldados, marineros, almirantes, oficiales británicos. 

La flota chocaba, una y otra vez, con movimientos espasmódicos, contra autos y colectivos. Gritos y gemidos de chapas y hierros. Todo se fundía para formar grandes monstruos, dinosaurios de chapas retorcidas, repletos de gente que agitaba banderitas argentinas, discutía sobre la flota y peleaba con oficiales británicos, sobre cuestiones de fútbol y de flotas. 

El ruido de grandes choques en cadena, por calle Santa Fe, por Sarmiento. La chapa quedaba ahí, blanda, ávida, como a la espera de más chapas, de más hierros retorcidos. Y llegaban colectivos y autos y se fundían, con estrépito pero con cierta calma. Formaban grandes ballenas de chapa, multicolores. Una encalló en el Palacio Fuentes. Los ingleses lograron ponerla en forma vertical, paralela al edificio. 

Los ingleses escalaron, con manos desnudas, la ballena que antes encallaron. El polvo y el revoque de las molduras del Palacio Fuentes iban cayendo lento, muy lento, sobre un grupo de marineros. Hablaban en inglés, pero se entendía. 

Intentaron trepar hasta la cima del Palacio Fuentes, pero los parroquianos se lo impidieron. Les arrojaron objetos. Tazas. Vasos. Servilleteros metálicos. 

Un taxista blandió su encendedor Ronson. Lo exhibió primero. Lo mantuvo en el aire unos segundos, sobre su cabeza, para hacer notar el sacrificio. Y enseguida lo lanzó, apuntando, guiñando un ojo, contra los marineros. Y después masculló, siseó entre dientes, dijo algo así como al abordaje, entre insultos. 

La peatonal se tornó intransitable a causa de tanta chapa retorcida y fundida. Los agentes de tránsito la usaron de depósito, no daban abasto con los choques entre la flota de Su Majestad, la flota de colectivos urbanos, la flota de taxis.

Los automovilistas detenían de a ratos el festejo, se bajaban de los autos enarbolando banderitas argentinas y encaraban los barcos de la marina británica, dispuestos a trepar y agarrarse a las piñas. 

Ya desde la noche anterior, a partir de las 22, los cables daban cuenta de que las tropas argentinas tomarían las islas con las primeras luces del alba, después de haber denunciado ante las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos la crítica situación planteada por la amenaza británica del uso de la fuerza, decían los diarios de la mañana desplegados en el kiosco de Sarmiento y Santa Fe, luminoso, sacudido, y finalmente derribado, por las batallas entre los oficiales ingleses, los rosarinos y las ballenas metálicas. 

La fiebre y el ardor de las heridas llevaban a Hugo, en caída libre, a la cartelera del cine El Cairo reluciendo bajo el sol ardiente del viernes 2 de abril de 1982. 

Sobre un fondo negro, una esvástica. Y en el centro, la cara de Adolf Eichmann. Hugo recordó con detalles el afiche. Era la película La casa de la calle Garibaldi, con Martín Balsam y Alberto de Mendoza. “Liberada por la Justicia argentina”, aclaraban con grandes letras los anuncios del filme y Hugo repitió mentalmente esa frase cientos de veces, mientras saltaba entre pozos de zorro y evitaba ser delatado por la luz del fuego. 

El afiche de El Cairo estaba allí, presente, superpuesto sobre el cuadro negro de los estaqueados, y se le vino encima, predador, siniestro, mientras huía del fuego enemigo en Monte William, donde vio caer a por lo menos tres escoceses. 

En el bar, las últimas noticias llegaban en forma de comunicados oficiales numerados, leídos por un locutor con voz grave y marcial. 

Se comentaba también la resolución del tribunal de disciplina de la Asociación del Fútbol Argentino, que dio seis fechas de suspensión a Oscar Ruggieri, defensor de Boca que se fue a las manos durante un partido en que su equipo debió resignar el invicto ante Gimnasia Esgrima de Mendoza, que además era el próximo rival de Central. 

Osvaldo César Ardiles había dicho que su prioridad era integrar la selección argentina que iba a disputar el Mundial de España, y que si el técnico César Luis Menotti le negaba el permiso para jugar la final de la Copa Europea con su equipo, el Tottenham, él acataría la decisión del entrenador sin problemas. 

Hugo recordó que aquel viernes pensaba ir a ver a Acalanto y Ethel Koffmann en la sala Fundación Astengo. En el cine Palace daban Mad Max, con Mel Gibson. Y en el Monumental Un terceto peculiar, con Susana Jiménez, Jorge Porcel y Moria Casán.

Pero finalmente Hugo no salió aquella noche. Se quedó a ver televisión. A las 20 dieron Calabromas, y después 60 minutos, el noticiero que ofrecía información gritada. El programa más visto, No toca botón, empezaba después del noticiero. 

Fue un día largo ese viernes 2 de abril. Al mediodía las noticias sobre Malvinas monopolizaron la atención. Cada vez más banderas en los balcones, los autos, los colectivos, los ballenatos de metal. Se dio asueto al personal municipal para que participara del acto oficial, que comenzó poco después del mediodía en la plaza 25 de Mayo. Como inicio del acto, el comandante del Segundo Cuerpo de Ejército, Juan Carlos Trimarco, y el intendente de Rosario, Alberto Natale, izaron la bandera argentina, recordó Hugo, ya confusamente, a causa de la fiebre. 

Entrevió, en la plaza 25 de Mayo, al rector de la Universidad Nacional de Rosario, Humberto Riccomi, al general Galtieri, y al delegado interventor en la Unidad II de Policía de la provincia, teniente coronel Rodolfo Enrique Riegé. 

Debido a la fiebre, la debilidad y las náuseas, a Hugo se le mezclaban en el recuerdo los gritos de Trimarco y la voz de Juan Carlos Calabró. Cerca de las 13, la banda del Batallón de Comunicaciones 121 abandonó la plaza y se dirigió por Córdoba hasta San Martín, donde había una gran cantidad de vendedores de gorros, banderas y vinchas. Gracias a la proximidad del Mundial de España, el 2 de abril había encontrado a los fabricantes de esos artículos con cierta producción ya lista para sacar a la calle. 

Poco después llegaron al centro colectivos, camiones y ballenatos cargados con gente, marineros y oficiales ingleses que seguían discutiendo y agrediéndose. La mayoría de los vehículos fueron cedidos por la Cámara de Empresarios del Transporte Urbano de Pasajeros (Cetup), que hizo el esfuerzo “para estar presente en ese momento histórico”, recordó Hugo, palabra por palabra, y pensó que se desmayaba. La Cetup hizo el esfuerzo pese a que el día anterior habían enviado un telegrama al intendente Natale en el que denunciaban el estado de general emergencia económica del sector. 

Los recuerdos de Hugo se trasladan al martes 6 de abril, cuando al volver a su casa se encontró con el telegrama que le avisaba que debía presentarse en 48 horas en el regimiento, donde había completado ya su servicio militar y había obtenido la baja definitiva. La abuela lloraba. 

Se vio a sí mismo, muy joven, frente al televisor. Almorzaba junto a su familia. Veían canal 5. En blanco y negro, con rayas y fantasmas y olas de luz negra, Todos callaban. La selección argentina jugó contra la de Polonia. En el estadio Chorzow, más conocido como “Slaski”. 

El rostro de César Luis Menotti enjuto, preocupado, entre torbellinos de fantasmas y serpentinas de luz negro. La selección comenzó perdiendo. 

A los 11 minutos del segundo tiempo Kasimierz Kmiercik le metió un gol olímpico a Gatti, que se quedó parado. Pero cinco minutos después, Héctor Scotta, a punto de ser reemplazado por René Houseman, que esperaba su ingreso junto a la línea de cal, empató el partido. Y ocho minutos después, el recién ingresado Houseman le dio la victoria al equipo argentino. Hugo se vio a sí mismo gritando el gol de la victoria. Se mareó mucho. Vomitó en silencio, dolorosamente. 

Hugo se recordó a sí mismo, muchos años atrás, yendo al cine con su barra de amigos. Estrenaban El retorno del dragón con Bruce Lee, en el Radar. En el Broadway daban El joven Frankenstein, pero era prohibida para menores.  

(Fragmento de la novela Herodes, Yo soy Gilda Editora, 2015).

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