Claudio Tamburrini, filósofo y ex arquero de Almagro, recordó –desde Suecia, donde se exilió– su cautiverio y posterior fuga de la Mansión Seré, donde funcionaba un centro clandestino de detención ilegal, durante la última dictadura cívico militar.

Las primeras horas del 24 de marzo de 1978, Claudio Tamburrini y otros tres compañeros aún permanecían detenidos en la Mansión Seré, convertida en centro clandestino de detención por la última dictadura cívico militar, que justo esa fecha conmemoraba su segundo aniversario en el poder. Ya muy atrás habían quedado los días en que su única preocupación era salir del encierro antes de que concluya el libro de pases del ascenso. Temía que el club donde atajaba, Almagro, no lo tuviera en cuenta. Pero después de 120 días allí, la prioridad pasaba por escapar.

Al mundo le falta un tornillo

“La situación de la fuga fue un proceso prolongado, que se generó por una casualidad: encontrar un tornillo”, cuenta este hombre desde Suecia, donde encontró asilo político tras la sangrienta etapa dictatorial del país. Pero en la víspera de ese 24 de marzo del 78, más que ultimar detalles de la huida, Claudio Tamburrini y sus compañeros de encierro, Daniel Russomano, Guillermo Fernández y Carlos García, aún discutían acaloradamente si seguían adelante o no. “Lo que precedió a eso, las horas previas, fueron horas de discusión fuerte y de posiciones encontradas irreconciliables acerca de si fugarnos o no”. Y la cuestión no se podía resolver democráticamente, ya que “dos de nosotros decíamos de la necesidad de fugarnos porque no teníamos otra alternativa, íbamos a ser asesinados; y los otros dos compañeros estaban en contra y veían una salida «legal» o menos drástica y desesperada”. 

La idea de los que abogaban por salir era utilizar el tornillo para abrir la ventana, “ya que por la puerta no era viable, porque conducía a la cocina y al comedor donde circulaban los guardias”, según relata el protagonista, que recuerda que con esa pequeña herramienta “se pudo abrir esa ventana, que no tenía picaporte justamente para que no la pudiéramos abrir. Pero en el orificio donde iba el picaporte introducimos el tornillo, lo hicimos girar, se abrió la ventana y después pusimos las sábanas para deslizarnos hasta el terreno desde el primer piso en el que estábamos”. El plan de fuga que se fue gestando consistía en reforzar las sábanas con las correas de cuero que los milicos usaban para atarlos de pies y manos “a eso de las 10 de la noche, todos los días”.

Pero faltaba la decisión final. De qué manera arriesgar la vida: si quedándose o escapando. “Fueron horas muy tensas, porque era la antesala de un momento decisivo de nuestras vidas, algo que nos podía costar la vida si se malograba. Había un desacuerdo profundo en el cuarto”.

Táctica y estrategia de una fuga

Pero la moción del sí ganó la partida, y en la madrugada del segundo aniversario del Golpe, los cuatro compañeros recluidos en el primer piso de la otrora Mansión Seré pusieron en marcha el plan. “La sensación inmediata al bajar por las sábanas atadas y llegar al suelo para empezar a correr por el campo circundante que había, fue una sensación de libertad”, asegura Claudio sobre esos instantes iniciales. “Recuerdo que en un momento en el que tuvimos que tirarnos al suelo porque pasó un vehículo –estábamos a unos 30 o 40 metros ya de la casa y a unos 20 del cerco, del alambrado que separaba el predio de la calle–, giré la cabeza para ver la casa, y la vi atrás mío: la ventana abierta e iluminada, con las sábanas atadas pendulando, como resaltando la silueta. Y recuerdo que en ese momento pensé: valió la pena, termine como termine, porque ya estábamos respirando aire libre, estábamos tocando césped, tierra, naturaleza”.

Pero la huida aún no había concluído. “Después empezamos a correr, mirando para atrás continuamente y para adelante también porque podían aparecer patrullas y vehículos de cualquier lado”, relata este sobreviviente, que casi entre risas señala que además de mirar por encima del hombro y para el frente, también tenían que estar alertas arriba: “Cuando se descubrió la fuga, aparecieron incluso helicópteros de la base de Morón, porque era la Fuerza Aérea la que nos tenía cautivo”.

En los días posteriores, Tamburrini deambuló por diversas casas de amigos, manejó un taxi y volvió a la Facultad de Filosofía para continuar lo que había dejado en suspenso durante el secuestro. Pero en un cruce de información entre las fuerzas militares saltó su nombre cuando fue a tramitar un nuevo DNI, y ahí decidió su partida del país, al que regresó cada tanto, a dar charlas y seminarios. También participó a mediados de los 80 en los juicios de lesa humanidad: su testimonio sirvió para condenar a Orlando Agosti, uno de los jerarcas de la última dictadura.

A donde nunca más volvió fue a una cancha de fútbol.

El miedo del portero

Claudio Tamburrini no sabía el 23 de noviembre de 1977, cuando llegó a la Mansión Seré, que su carrera futbolística estaba terminada. “Era un prisionero tan ingenuo que mi principal preocupación, la inicial por lo menos, fue el cierre del libro de pases”.

“La primera semana –sigue– no tenía ninguna duda de que me iban a soltar, después de que hicieran una investigación, con la forma muy especial que tenían ellos de hacerla. Yo ya hacía un tiempo que no militaba, por cómo estaban las cosas en el país en plena dictadura, con la actividad política un poco pausada. Y mi preocupación era si llegaría a estar en la calle nuevamente antes de que se cerrara el libro de pases, antes de que Almagro me dejara libre por faltar a los entrenamientos”.

Su condición de guardameta del Tricolor le valió a la patota como excusa para torturarlo. “Quién es el arquero de Almagro”, dice que preguntaba el guardia. Y tras su respuesta, venía un fuerte golpe en la boca del estómago, acompañado de un “atajate ésta”.

Pero con el correr de las semanas, y viendo por dónde venía la mano, “me fui convirtiendo en un prisionero experimentado, astuto, que empezó a trabajar en una tarea de inteligencia junto a los otros compañeros secuestrados, y que culminó luego en una fuga exitosa”, señala el ex futbolista que pidió asilo político en Suecia, donde vive desde su partida del país. En Estocolmo, la capital, realizó su doctorado en Filosofía, se especializó en derecho penal, y se dedicó a investigar la relación entre ética y deporte.

Por culpa de la pandemia y de cuestiones laborales, Tamburrini lleva más de 5 años sin retornar a sus pagos, aunque eso no le impide seguir de cerca el fútbol argentino. “Soy de interesarme, sí, pero acá no veo los partidos porque no se transmiten por televisión”, lamenta.

No me arrepiento de haber venido hasta acá

Tamburrini tiene 67 años y está convencido de que, sabiendo el final, elegiría pasar por lo mismo que pasó en su juventud, calvario incluido. Si existiera una máquina del tiempo que permitiera hacer modificaciones o retoques de lo vivido, Claudio no haría uso de ella. Y va más allá: “Más que aceptar volver a vivir lo que viví, querría volver a vivirlo”.

El ex arquero reafirma que “si pudiera elegir dar vuelta en la esquina para el otro lado en vez de ir a mi casa, donde me secuestraron, elegiría hoy ir a mi casa para que me vuelvan a secuestrar, con el final que tuve”. Y argumenta: “Porque ese momento, el secuestro y sobre todo la fuga, fue decisivo en mi vida. Comúnmente se habla de momentos o situaciones bisagras. Y ese hecho me formó, me dio una nueva vida, me cambió radicalmente. Y la vida que uno tiene y lo que ha terminado siendo, es consecuencia de lo que ha pasado, de las elecciones y los hechos que le han ocurrido. Y eso es parte de mi pasado. Y nuestro presente está constituido por todos esos hechos pasados”.

“La consecuencia de todo ese pasado, que es una totalidad, es la vida que tengo. Y yo estoy en paz con mi pasado, me llevo bien con mi pasado, con todas sus partes”, remarca el filósofo, y agrega: “Si eso no me hubiera sucedido, hoy no estaría aquí charlando con vos y quizá no hubiera tenido la familia que tengo porque no me hubiera venido nunca a Suecia. También es curioso preguntarse quién sería. Muchas veces me pregunté cuál hubiera sido mi vida sin eso”.

Por último, reflexiona: “Pero si a uno le gusta el presente que tiene y es feliz, tiene que aceptar todo lo que ha llevado a eso, que es el pasado en su totalidad”.

De película y de libro

Al maestro polaco de la crónica y las coberturas bélicas, Ryszard Kapuściński, una vez le preguntaron si había intentado escribir ficción. “La realidad es tan grande y fabulosa que nunca me sentí limitado”, fue su respuesta. Claudio Tamburrini contó en el libro Pase libre, su historia en la Mansión Seré, que también fue llevada al cine en 2006, con Crónica de una fuga, película dirigida por Adrián Caetano. En ninguno de los casos hubo la necesidad de inventar.

El deporte de la redonda está tan presente en esos acontecimientos, que para titular su obra literaria eligió un juego de palabras que haga alusión a su situación respecto del mercado de pases. “Uno se preguntará por qué un libro en el cual se relata el secuestro de militantes de sectores populares por parte de fuerzas militares, se llama Pase libre. Es que yo era jugador de fútbol. Había sido militante, pero había dejado por la situación del país”. Y cierra: “La preocupación mía inicial fue no quedarme con el pase libre, de ahí el título del libro”.

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