La reaparición potenciada de los discursos negacionistas sobre el genocidio judicialmente probado en Argentina abre el debate sobre qué hacer. Especialistas y referentes de DDHH debaten al respecto.

La conmemoración el último 24 de marzo del Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, establecida por una ley sancionada por el Congreso y promulgada en agosto de 2002, puso en escena, nuevamente, las disputas de sentido sobre la construcción de la memoria social y política de la Argentina, mediante la “reaparición” de los discursos denominados negacionistas, que adquieren en nuestro país un matiz singular, consistente en la minimización y relativización de las acciones y consecuencias del terrorismo de Estado y del genocidio, más que en su negación. Una de las estrategias más conocidas en ese sentido es poner en cuestión la cifra de 30 mil detenidos-desaparecidos, inaugurada recientemente por algunas figuras del macrismo durante la gestión de Cambiemos, pero heredera de anteriores y marginales discursos. La emergencia en el escenario político de una nueva derecha, con eje en las figuras neofacistas de José Luis Espert y Javier Milei, obliga a los organismos de Derechos Humanos y a las organizaciones del campo popular a repensar las estrategias de memoria construidas hasta el presente, su efectividad y continuidad. La masividad de las movilizaciones del último 24 de marzo, que incluyeron a miles de personas nacidas una vez concluida la última dictadura, evidencian –de todos modos– que persiste un consenso mayoritario de rechazo y repudio a aquella experiencia genocida, aunque en paralelo adquieren mayor relevancia y centralidad las narrativas negacionistas y reivindicativas de la teoría de los dos demonios, que ya existe en el prólogo del informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), conocido como Nunca Más. Lo novedoso, en todo caso, es el paso desde la marginalidad política y la ilegitimidad social de esas voces, a un lugar de visibilidad y cierta “aceptación” social.

Para abordar el asunto, esta nota de El Eslabón pone a dialogar a la socióloga Valentina Salvi, investigadora del Conicet sobre negacionismo en Argentina que fue entrevistada en el programa radial Poné la Pava, con las voces de Daniel Feierstein, Sandra Raggio y Nadia Schujman, quienes expusieron sus miradas en un conversatorio realizado en el marco del Programa “La Escuela y los Juicios”, llamado “Disputas sobre la memoria colectiva. ¿Qué hacemos frente al negacionismo?”.

La discusión también abarca el debate sobre los proyectos legislativos que procuran sancionar con penalidades a las expresiones negacionistas, acerca de los cuales existe también un consenso bastante extendido en los organismos sobre su ineficacia y hasta sobre la potencialidad de que provoquen el efecto inverso al buscado. De lo que se trata, en definitiva, es de la disputa por el sentido que se le otorga al pasado y sus consecuencias sobre las contiendas políticas e ideológicas del presente.

Qué es el negacionismo

Para la socióloga Valentina Salvi, “si bien es una categoría que refiere a un fenómeno que se dio en Alemania y en Francia, directamente relacionado a la negación de los hechos históricos, es decir a la supuesta no existencia del Holocausto y sus víctimas, de las cámaras de gas, etcétera, en Argentina tiene otras características”.

¿Cuáles? Dice Salvi: “Hay una particularidad, aún no se han levantado voces, que sí estuvieron presentes durante la dictadura, que nieguen la existencia de los desaparecidos. Sin embargo, esas figuras asumen otras características y tienen que ver más con una idea de relativización de los crímenes, es decir, una suerte de minimización del carácter extremadamente criminal del delito de desaparición y apropiación de menores o una suerte de relativización y equiparación de las violencias que, ése sí, es un fenómeno histórico y de larga data en la Argentina, y empieza con la dictadura y que es lo que conocemos como la teoría de los dos demonios”.

Dicha teoría, que forma parte del proceso de construcción de memoria desde los años 80 posdictadura, “básicamente lo que hace es igualar un crimen que es imprescriptible, como aquellos cometidos por el Estado, y sobre todo el crimen de desaparición forzada, con otra formas de violencias insurreccionales que llevaron adelante las organizaciones armadas durante la década del 70”, sostiene Salvi.

Coincide al respecto el también sociólogo Daniel Feierstein, quien ha publicado varias obras sobre el asunto, para quien el negacionismo “es un constructo ideológico que busca operar en la disputa por la construcción de sentido”, aunque no significa “la negación” en cuanto mecanismo psicológico de defensa.

En el conversatorio aludido, Feierstein identificó cuatro estrategias a través de las cuales opera ese discurso. “Relativización o minimización de las experiencias históricas de las que habla. El caso más emblemático es el cuestionamiento al número simbólico de 30 mil desaparecidos. Parte de esa minimización es plantear «no fueron 30 mil, no fueron tantos, no fue tan terrible»”.

Foto: Manuel Costa

“La segunda, que conecta mucho con la teoría de los dos demonios, son las falsas equivalencias. La idea de «memoria completa» va en esa dirección, es plantear que hay una simetría entre la violencia insurgente y la violencia represiva”, dijo.

Para Feierstein, “en ese planteo lo que hay es una igualación de cosas que no son iguales, no porque no haya existido (la violencia insurgente) pero claramente es desigual, no sólo en el hecho de lo que implica el ejercicio de la violencia por parte del Estado, sino también por los objetivos que asumían esas violencias y el tipo de violencia”.

Así, consideró que “es incomparable hablar de un sistema de campos de concentración a un conjunto de acciones que pueden ir desde una huelga, una toma o incluso el ajusticiamiento de un represor, más allá de las críticas que podamos hacer, porque es claro que son incomparables”.

El sociólogo también mencionó en la charla como estrategias del discurso negacionista el crecimiento de las “teorías conspirativas” y “la lógica de sobresimplificación, que tiende a tratar temas complejos con consignas”.

Endemoniados

Las acciones de dos dirigentes políticos y parlamentarios santafesinos se inscribieron en esa lógica el 24 de marzo pasado. El senador provincial por el departamento General López, Lisandro Enrico (UCR) y el diputado nacional del PRO, Gabriel Chumpitaz, no negaron el genocidio, pero retomaron la teoría de los dos demonios, incluida en el prólogo original del Nunca Más, en 1984.

Enrico escribió en su cuenta de Twitter: “Hoy es una fecha para repudiar toda forma de violencia política, no solo la que se hizo desde el Estado, también la que se hizo desde fuera del Estado. En el medio había personas”. 

Ni siquiera formalmente es así. La ley 25.633, que 2002 instituyó el 24 de marzo como el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, dice en su artículo primero que lo hace “en conmemoración de quienes resultaron víctimas del proceso iniciado en esa fecha del año 1976”. Es decir, no es el día de las víctimas de las violencias.

Esa voluntaria “confusión” de Enrico se inscribe, en realidad, en la disputa política por el sentido de los hechos históricos. Que, en forma simplificada, podría plantearse así: si el kirchnerismo levanta las banderas de las víctimas del genocidio, nosotros desde Juntos por el Cambio tenemos que distinguirnos y repudiar “toda forma de violencia política”.

En el mismo sentido, el diputado Chumpitaz deseó en su cuenta de Twitter “democracia siempre”, y buscó equiparar la violencia política de las organizaciones armadas con el sistema de campos de concentración organizado y montado por el Estado y la creación de la figura del desaparecido: “Ni terrorismo de Estado. Ni terrorismo subversivo”.

El planteo no es novedoso. Encuentra su génesis en el prólogo del Nunca Más, que crea la teoría de la existencia de dos fuerzas demoníacas cuya disputa ideológica mantuvo de rehén al resto de la sociedad argentina. Es una idea ahistórica de los hechos que le sirvió al alfonsinismo para juzgar a los comandantes de las Juntas de aquél proceso y a los líderes de las guerrillas.

“Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda”, dice el Nunca Más, y explica que “a los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido”.

Feierstein recordó que “la teoría de los dos demonios fue la forma de combatir la legitimación de los propios genocidas acerca de las acciones desarrolladas: no sólo hubo una violencia insurgente sino también una violencia represiva estatal que fue tanto o más grave”.

En el proceso de construcción de memoria, agregó, “esa teoría empieza a ser fisurada a mediados de los 90, en una lucha que había comenzado antes, y que cobra mucha fuerza con la irrupción de Hijos, que dio lugar a poder recuperar la identidad de los desaparecidos, quebrar esa dualidad de la teoría de los dos demonios”.

Es decir, reivindicar el carácter de militantes de la mayoría de las víctimas y dar cuenta de sus proyectos políticos, lo cual no invalida la discusión acerca del uso de la violencia política en los 70. Por el contrario, la recupera como parte de la conversación pública sobre esos años.

Salvi, por su parte, señaló que el negacionismo argento “tiene una trama histórica, política e ideológica que data de la dictadura. También en esa relativización hay una cosa que está presente incluso desde el 83 y que circulaba mucho en las declaraciones públicas de los represores durante esos años, que es acusar a las víctimas”.

“Entonces eso que pasaba de manera bastante común en la década del 80 –continuó– hoy se expresa en una suerte de menosprecio de la lucha llevada adelante por los organismos de Derechos Humanos, que se han ocupado de instalar en el espacio público y político el carácter criminal de las violaciones a los derechos humanos”.

Partidización

Feierstein cree que la construcción del sentido de la memoria fue en ascenso “hasta el 2011 o 2012, cuando comienza retroceder esa visión colectiva. Si tuviera que rescatar una hipótesis, una confusión fuera del campo popular es no entender que las memorias colectivas se construyen siempre desde abajo hacia arriba, que era lo que habíamos entendido hasta entonces, y no de arriba hacia abajo”.

El sociólogo sostiene que “no es el Estado el que tiene la posibilidad de desarrollar disputas por el sentido que uno otorga al pasado, sino que lo que ocurre por abajo, en la sociedad, es lo que va forzando al Estado a asumir distintas posiciones”.

Plantea, de alguna manera, que la institucionalización del discurso de los Derechos Humanos y la constitución en políticas públicas de las reivindicaciones de los organismos “achancaron” el proceso.

“Eso, entre otras muchas cosas, generó una serie de retrocesos que no hemos sido capaces todavía de identificar y que es lo que le ha dado al negacionismo la posibilidad de crecer. Posturas negacionistas hubo siempre, pero eran absolutamente marginales y ni siquiera tenían legitimidad para aparecer en el espacio público”, planteó.

La abogada en juicios de lesa humanidad y militante de Hijos Rosario, Nadia Schujman, expuso sus reparos a esa hipótesis:

“No sé si estoy tan segura de que la respuesta sea sólo que la explicación es porque se construye de abajo hacia arriba, y cuando se quiere bajar de arriba hacia abajo se provoca esta reacción. Desde finales de la dictadura hasta mediados de los 2000, ese movimiento o la construcción de la hegemonía fue ascendiendo, fuimos conquistando”.

Schujman señaló que “ningún proceso es uniformemente ascendente. En la medida que avanzamos había una reacción de los sectores tanto los que instigaron el golpe como de los familiares y los acusados, en relación a organizarse”.

La directora general de áreas de la Comisión Provincial de la Memoria de Buenos Aires, Sandra Raggio, sostuvo en el mismo conversatorio que el negacionismo se instauró, también, como una forma de construcción de identidad política de las nuevas derechas.

“Esto tiene que ver con cómo se van configurando las luchas políticas del presente”, dijo en relación al proceso de construcción de memoria.

“Cuando una fuerza política como el kirchnerismo asume como propia ciertas credenciales o ciertas narrativas con relación al pasado, la confrontación con esa fuerza política también va a implicar la emergencia de narrativas que le discutan”, sostuvo.

En esa tesitura planteó que las fuerzas orientadas por Milei y Espert “construyeron su propia identidad política confrontando con otra. Como estrategia también construyen discursos que van al núcleo de las fuerzas con las que disputan. Hoy hay formaciones políticas que para afianzar su propia identidad la contraponen al discurso de los Derechos Humanos”.

Schujman consideró “un error colocar este tema como parte de la disputa entre kirchneristas y antikirchneristas, porque la legitimidad del repudio al genocidio y la adhesión al Nunca Más es mucho más grande que la que nos reconocemos como kirchneristas”.

La investigadora del Conicet, Salvi, indicó que si bien la existencia del negacionismo se remonta a los tiempos de la propia dictadura, su recuperación actual tiene “un factor claro en un escenario político que se empieza a crear a partir del 2008 con lo que se llamó la crisis del campo, donde hay una fuerte confrontación política en el país entre el kirchnerismo y el antikirchnerismo, producto de un juego político en el que ambas partes convivieron y generaron ese juego, y que esos discursos que empezaron a circular y que fueron portavoces algunos dirigentes políticos –sobre todo del ala más de centroderecha y derecha del arco político– se fortalecen en el marco de esa confrontación política. Entonces ahí surgen las preguntas: ¿cuánto hay de convicción, cuánto de estrategia, cuánto hay de pragmatismo?”.

De todos modos, consideró que a diferencia de los años 80 y 90, cuando esos discursos eran marginales y residuales y se concentraban en los represores o sus familiares –teniendo en cuenta que las leyes de impunidad impedían su juzgamiento penal– a partir de la década pasada “pasan a la dirigencia política y eso es un cambio sustantivo y cualitativo respecto de quiénes van a llevar adelante esos discursos y para qué”.

Ley o memoria

Los proyectos de ley presentados en el Congreso para sancionar el negacionismo del genocidio argentino no consiguen quórum entre los referentes de los organismos de Derechos Humanos y especialistas en el tema.

Salvi recordó que ese debate se dio luego de 1983 cuando algunos militares reivindicaban sus crímenes. “Mi posición es que la ley puede acrecentar esas voces y alentar el discurso de la censura, pero creo que no se trata de debatir con esas voces reivindicativas del crimen. A eso se lo confronta produciendo memoria en las escuelas y en todos los lugares posibles”.

Feierstein cree que esas iniciativas “han sido contraproducentes, en el sentido de creer que al negacionismo se lo puede combatir haciendo como si la discusión no existiera. Diría que esa es la peor manera de dar una discusión, y más con sectores jóvenes. Porque si algo no se puede decir, eso significa que debe haber algo de verdad en eso”.

“Creo que el derecho penal está pensado para penar conductas, no ideas, por despreciables que nos parezcan. La disputa por el sentido se da en el campo socio-político, no en el penal, y no se da a través de la imposición, sino de la convicción y la disputa argumental”, abundó.

Así, planteó que “hay que demostrar la debilidad del argumento del otro, y tomarse el trabajo para demostrar esa debilidad, la mentira, la distorsión y el engaño que suponen el argumento negacionista”.

Schujman coincidió: “No creo que el derecho penal sea una respuesta eficaz para esta disputa. Lo que más me preocupa es la eficacia, creo por el contrario que es contraproducente y que es un error cerrarnos sobre nosotros y hablarnos a nosotros mismos”.

Para la militante de Hijos, “el gran desafío es cómo encontrar herramientas creativas para esa disputa de sentido, desde la educación, desde lo cultural. Cómo logramos que las pibas y los pibes no sientan una distancia tan grande con ese genocidio, con ese pasado reciente”.

De todos modos, diferenció al ciudadano común que asume discursos negacionistas con “quienes ocupan lugares en los tres poderes del Estado. Creo que en el ámbito administrativo y de la ética debería haber un costo político enorme”. Y recordó el caso del ex comisario Luis Patti, cuando se le negó el diploma para asumir en la Cámara de Diputados.

Raggio, en tanto, planteó que “el castigo no disuade, y nosotros queremos disuadir, construir una mayoría abrumadora que repudie la dictadura. El negacionismo no tiene condiciones mayoritarias, es una minoría potente”.

Por eso, sostuvo que el debate “amplió sus márgenes y hoy es con nuevos actores, las nuevas generaciones, que hay que incorporarlas a la discusión sobre los procesos de memoria, sabiendo que es un campo de disputa y de tensión”.

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