Mucho antes de las redes sociales, Edward Bernays (1891-1995) manifestó la necesidad de convertir la democracia en una farsa en beneficio de un “gobierno en las sombras”: la élite no elegida por el voto y destinada a manejar las mentes en beneficio de sus intereses.

Desde hace décadas, se concibe a la propaganda como una forma de manipulación que formatea las mentes, influyendo sobre los gustos, hábitos, opiniones, decisiones y actitudes. Con la aparición de Internet, los teléfonos inteligentes y las redes sociales, la cantidad de información creció tan exponencialmente como la velocidad para difundirse: se acerca a la velocidad de la luz, que por definición está más allá de lo humano. Y existe una carencia básica que limita el derecho de la ciudadanía a estar informada. Se ofrece como información lo que no lo es, para encubrir que, en realidad, se busca producir un cambio en el comportamiento político del receptor.

El problema es que las narrativas falsas, engañosas, emitidas por el mundo del mercado y las corporaciones, afectaron gravemente un elemento central en la cultura: los criterios de validación de un hecho. Las fantasías y las versiones más descabelladas pasaron a ocupar el lugar de los fundamentos y la argumentación. Los medios de comunicación ya no informan, se ocupan de sincronizar la atención y canalizar las emociones y preferencias. Simplifican la realidad hasta ponerla a tono con sus estrategias de lavado de cerebros.

En gobiernos, universidades y organizaciones de la sociedad civil se está encarando el problema de la incompatibilidad del sistema de medios hegemónicos concentrados y la democracia. La bibliografía generada en los últimos años sobre estas problemáticas es inmensa.

El pionero de las formas de manipulación modernas

Ya a principios del siglo pasado, estas reflexiones estaban presentes en la obra y la acción pública de quien fuera considerado el pionero mundial de las “relaciones públicas”, eufemismo con el que se designa la propaganda: Edward Bernays (1891-1995) se adelantó a muchos de los planteos de los manipuladores de hoy, en tiempos en los que las tecnologías de la comunicación e información estaban muy lejos del desarrollo actual.

Bernays nació en Viena y era doble sobrino de Sigmund Freud: la madre de Bernays era Anna Freud, hermana del creador del psicoanálisis, quien estaba casado a su vez con Martha Bernays, hermana del padre de Edward. Su familia emigró a EEUU. Se graduó en agricultura y en periodismo, y comenzó a publicar una revista sobre investigación médica. A partir de los trabajos de su tío Sigmund supo de la existencia de un conjunto de pulsiones inconscientes que gobernaban buena parte del proceder de cualquier individuo. Tomó como fundamento el descubrimiento de esos mecanismos y los manipuló para ejercer influencia en las mentes con fines económicos y políticos.

En sus más de 103 años de vida, Bernays trabajó para mejorar la imagen de firmas como Monsanto, Shell, Boeing, General Motors, Pfizer y Goodyear. Asesoró en cuestiones de “relaciones públicas” a varios presidentes de EEUU, entre ellos Woodrow Wilson, Calvin Coolidge, Herbert Hoover y Dwight Eisenhower.

Como asesor del gobierno de EEUU durante la Primera Guerra Mundial, implementó una campaña para incitar a los jóvenes a alistarse en el ejército.

Bernays y el golpe en Guatemala en 1954

También montó una campaña de demonización del presidente de Guatemala Jacobo Árbenz con el objetivo de justificar la invasión de EEUU y el golpe de Estado. En junio de 1954, Árbenz fue derrocado por la CIA. Mientras estuvo en el poder había propuesto reformas agrarias que se consideraban una amenaza para los intereses de la poderosa corporación estadounidense United Fruit Company. Árbenz fue acusado de comunista por Washington y la compañía de frutas presionó por su expulsión. Bernays fue quien pensó y ejecutó la campaña propagandística basada en noticias falsas de la CIA.

El ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich, Paul Joseph Goebbels,​​ fue un confeso fanático de Bernays, y aprendió mucho de sus libros.

En 1923 publicó en Nueva York el libro titulado Cristalizando la opinión pública, uno de los preferidos de Goebbels. Y en 1928 se dio a conocer Propaganda, donde resume los secretos del arte de conseguir que las personas se comportaran de manera irracional si se lograba vincular los productos (o las políticas) con sus emociones y deseos más acendrados. 

“Los lobbies estaban encantados con Bernays. El del sector cárnico lo enroló para hacer ver a todos los norteamericanos que un desayuno en condiciones debía incluir bacon (panceta), y así quedó establecido en cada hogar del país y luego en los hoteles de todo el mundo. La United Fruit Company acostumbraba a poner y quitar gobernantes en las repúblicas centroamericanas, que Bernays bautizó como «bananeras». Cuando el Gobierno reformista de Guatemala quiso frenar su poder, el publicista se las arregló para hacerlo quedar ante el mundo como «comunista»”, señala la nota del diario español El Mundo, publicada el 22 de noviembre de 2017 con el título “Edward Bernays y el arte de manipular”.

Bernays tenía muy clara la diferencia entre el gobierno y el poder. Y ofreció sus servicios tanto a la Casa Blanca como a las más grandes corporaciones de EEUU. El propagandista era consciente de las limitaciones de la democracia y afirmaba que quienes realmente gobiernan no son los elegidos por el voto, sino que permanecen en las sombras: el gobierno invisible, en términos de Bernays. 

“Nuestras mentes son moldeadas, nuestros gustos son formados, nuestras ideas son sugeridas, mayormente por hombres de los que nunca hemos oído hablar”, aseguró con relación al gobierno en las sombras. 

En 1955 publicó La ingeniería del consentimiento, donde señala las estratagemas que se utilizan  en la manera de controlar la mente de la gente sin que ésta lo note.

“La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país”, escribió en Propaganda dejando en claro su visión elitista y reaccionaria de la sociedad. “La propaganda es el órgano ejecutivo del gobierno invisible”, agrega.

Bernays siempre reveló con total franqueza (y antes del advenimiento de la corrección política) muchas de las convicciones que todavía hoy prevalecen en el seno de los poderes fácticos. La palabra “manipular” es usada sin complejos por el autor, que denomina “sofistas” a los que se dedican a la publicidad y propaganda.

“Quienes nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas son en gran medida personas de las que nunca hemos oído hablar. Ello es el resultado lógico de cómo se organiza nuestra sociedad democrática. Grandes cantidades de seres humanos deben cooperar de esta suerte si es que quieren convivir en una sociedad funcional sin sobresaltos”, escribe Bernays.

Según su visión, las masas actuaban movidas por fuerzas ocultas, inconscientes, irracionales, que podían emerger de forma desestabilizante. Y encima se les concedió el derecho al voto, lo que desde su mirada profundamente antidemocrática es un gran problema. Por eso buscó la forma de vaciar de sentido la democracia y convertirla en una farsa para que las élites del poder económico concentrado tengan forma de seguir gobernando a las masas, más allá de los votos. Apelando a técnicas del psicoanálisis, planteó que era posible controlar esas pulsiones primitivas y orientarlas hacia los fines deseados.

Defendía explícitamente el derecho de las minorías a gobernar, burlando la voluntad popular. “La minoría ha descubierto que podía influir en la mayoría en el sentido de sus intereses. En adelante, es posible moldear la opinión de las masas para convencerlas de que comprometan su fuerza recientemente adquirida en la dirección deseada. Dada la estructura actual de la sociedad, esa práctica es inevitable. Hoy en día, la propaganda necesariamente interviene en todo lo que tiene un poco de relevancia en el plano social, ya sea en el ámbito de la política o de las finanzas, la industria, la agricultura, la caridad o la enseñanza”, aseguró.

“Nos gobiernan merced a sus cualidades innatas para el liderazgo, su capacidad de suministrar las ideas precisas y su posición de privilegio en la estructura social. Poco importa qué opinión nos merezca este estado de cosas, constituye un hecho indiscutible que casi todos los actos de nuestras vidas cotidianas, ya sea en la esfera de la política o los negocios, en nuestra conducta social o en nuestro pensamiento ético, se ven dominados por un número relativamente exiguo de personas –una fracción insignificante de nuestros ciento veinte millones de conciudadanos– que comprende los procesos mentales y los patrones sociales de las masas. Son ellos quienes mueven los hilos que controlan el pensamiento público, domeñan las viejas fuerzas sociales y descubren nuevas maneras de embridar y guiar el mundo”, señala Bernays a favor del elitismo y el gobierno de los más ricos.

Además, para Bernays, el gobierno invisible es necesario, y el autor diferencia claramente lo que la democracia es “en teoría” y cómo funciona en realidad: “No solemos ser conscientes de lo necesarios que son estos gobernantes invisibles para el buen funcionamiento de nuestra vida en grupo. En teoría, cada ciudadano puede dar su voto a quien se le antoje. En teoría, cada ciudadano toma decisiones sobre cuestiones públicas y asuntos que conciernen a su conducta privada. En la práctica, si todos los hombres tuvieran que estudiar por sus propios medios los intrincados datos económicos, políticos y éticos que intervienen en cualquier asunto, les resultaría del todo imposible llegar a ninguna conclusión en materia alguna. Hemos permitido de buen grado que un gobierno invisible filtre los datos y resalte los asuntos más destacados de modo que nuestro campo de elección quede reducido a unas proporciones prácticas”, señala el autor austriaco naturalizado estadounidense. 

“En teoría, todo el mundo compra, de entre los artículos que nos ofrece el mercado, aquellos que nos parecen mejores y más baratos. En la práctica, si cada uno de nosotros, antes de decidirse a comprar cualquiera de las docenas de jabones o tipos de pan que están a la venta, se paseara por el mercado realizando estimaciones y pruebas químicas, la vida económica quedaría atascada sin remedio. Para evitar semejante confusión, la sociedad consiente en que sus posibilidades de elección se reduzcan a ideas y objetos que se presentan al público a través de múltiples formas de propaganda. En consecuencia, se intenta sin descanso y con todo el ahínco capturar nuestras mentes en beneficio de alguna política, artículo o idea”, señaló Bernays hace casi un siglo.

Y sus ideas (“capturar nuestras mentes”) resuenan hoy en los documentos sobre Guerra Cognitiva de la Organización del Atlántico Norte (OTAN), en los que se afirma que existe un nuevo tipo de guerra cuyo campo de batalla es la mente, y se dispone un plan detallado para que la OTAN participe de esa contienda con el objetivo de dominar los sentimientos, las opiniones, las percepciones, las ideas y las acciones de todos los habitantes del planeta, que de esta manera pasan a ser objetivos militares.

“La guerra cognitiva, sin embargo, va un paso más allá que simplemente luchar para controlar el flujo de información. Más bien, es la lucha por controlar o alterar la forma en que las personas reaccionan a la información. La guerra cognitiva busca hacer que los enemigos se destruyan a sí mismos de adentro hacia afuera. Definimos la guerra cognitiva como la militarización de la opinión pública por una entidad externa para el propósito de  influir en la política pública y gubernamental y desestabilizar instituciones”, señala el documento publicado por la OTAN y la Universidad Johns Hopkins (EEUU), y firmado por Alonso Bernal, Cameron Carter, Ishpreet Singh, Kathy Cao y Olivia Madreperla.  

“Hoy nos enfrentamos a los problemas que produce la capacidad de las redes sociales para transmitir información a miles de millones de personas en minutos. Debemos defendernos de los algoritmos que pueden identificar quién sería el receptor más susceptible al material publicado y quién está más dispuesto a difundirlo. La capacidad actual de falsificar y manipular información no tiene precedentes, y los avances recientes en tecnología artificial e inteligencia artificial también han hecho que el video y el audio sean sospechosos. La gente no está segura de qué hacer ni creer. Simultáneamente, nosotros estamos revolucionando lo que sabemos sobre cómo funcionan nuestros cerebros y emociones, considerados como experimentos individuales sobre las distintas formas de control”, indica el documento publicado por la OTAN y la Universidad Johns Hopkins.

La OTAN expresa su decisión de anticiparse a los avances en estas tecnologías creando conciencia sobre el verdadero potencial de guerra cognitiva, y hace especial hincapié en la necesidad de controlar el comportamiento humano, que pasa a ser un nuevo teatro de operaciones bélico. Su objetivo militar es la conquista del ser humano, sus gustos, opiniones, preferencias, sentimientos y todas sus funciones cerebrales. La esencia de esta batalla “es tomar el control de seres humanos (tanto civiles como militares), organizaciones, naciones, pero también de las ideas, la psicología, especialmente del comportamiento, los pensamientos, así como el medio ambiente”. 

“El estudio del dominio cognitivo, así centrado en el ser humano, constituye un nuevo desafío que es indispensable para cualquier estrategia relacionada con la generación de poder de combate futuro”, señala el texto, en el que se define a la cognición como “nuestra máquina de pensar”, que tiene entre sus funciones percibir, prestar atención, memorizar, razonar, producir movimientos, expresarse, decidir. “Actuar sobre la cognición significa actuar sobre el ser humano”, reitera el documento de la OTAN.

Anticipándose a la Guerra Cognitiva, bajo el poco ampuloso y eufemístico nombre de “relaciones públicas”, Bernays es un personaje de la historia contemporánea que hoy no es lo suficientemente conocido: “A medida que la civilización ganaba en complejidad y que la necesidad de un gobierno invisible era cada vez más patente, se inventaron y desarrollaron los medios técnicos indispensables para poder disciplinar a la opinión pública. La imprenta y el periódico, los ferrocarriles, el teléfono y el telégrafo, la radio y los aviones permiten extender las ideas velozmente, o incluso en un instante, a lo largo y ancho de EEUU”, escribió Bernays en 1928. Sus afirmaciones, leídas hoy, nos hacen pensar cómo se transformó la relación entre el deseo de “disciplinar a la opinión pública” y el desarrollo de los medios técnicos que permiten propalar las informaciones “velozmente, incluso en un instante”.

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