Lo vi hacer goles de zurda, de derecha, de cabeza, de palomita, de volea, de taquito, de puntín, al rastrón, de frente, de espaldas, en el arco del autotrol, en el que da a Regatas, en amistosos, en clásicos (¡en 5 clásicos!), en copas internacionales, de local, de visitante, y hasta en los sueños. 

De pibito me jactaba de saber gran parte de esa historia jalonada de coraje del Club Atlético Rosario Central. Me sabía de memoria que el que más partidos jugó con la camiseta azul y amarilla a bastones verticales era (y es) el uruguayo González, el mismo que le tiró el centro a Poy en la palomita inmortal que nos abrió las puertas al primer campeonato (nuestro y de la ciudad). Siempre supe que el máximo anotador en los clásicos era (y sigue siendo) el Patón Bauza, que además está entre los defensores con más tantos convertidos en el mundo, y que Kempes, por promedio de partidos disputados y aciertos en la red, dejó una marca indeleble en nuestra gloriosa institución. Y, por supuesto, que el Torito Waldino Aguirre, asesinado (yo sabía, yo sabía) por la policía, estaba (aunque ya no está más) en lo más alto de la tabla de artilleros canayas de la era profesional. Ahora, de no tan pibito, me puedo jactar de haber visto y gritado las 104 conquistas de Marco Gastón Ruben con esos dos colores, de los que estoy y estamos (él, yo y tantos cientos de miles más) enamorados. La contemporaneidad, si es que existe ese término, nos hace perder la dimensión de esos hechos de los que estamos siendo testigos. Pero el sábado, cuando el Gigante se venga abajo y las gargantas exploten al grito de Marcoooo, Marcoooo, entenderemos, de una vez y para siempre, que fuimos y somos (y fueron, los que recientemente dejaron de estar) parte de una generación privilegiada. Una generación que se puede jactar, valga la nueva enunciación de ese término, de haber visto, en vivo o por la tele, a ese pibe (nunca dejará de serlo) que no pudo contener ni ocultar la sonrisa cada vez que una pelota que tocó, terminó besando la red. Ese pibe que siendo feliz, nos hizo tan pero tan felices. Ese pibe que alguna vez dijo que en lo primero que pensó cuando le confirmaron que iba a concentrar por primera vez (valga la redundancia) con el plantel profesional, fue que con el carnet de jugador iba a poder entrar gratis a la cancha para ver a su querido y amado Central. Ese pibe que se tomó un año sabático y volvió, como si no hubiese pasado el tiempo, para romper todos los récords y para inscribir definitivamente su nombre en la historia grande y gloriosa del club que lo vio nacer. Ese pibe que en la conferencia de prensa en la que anunció su retiro del fútbol profesional eligió recordar a sus abuelos, a sus padres, a sus amigos y a sus compañeros con los que compartió alegrías y tristezas. De las deportivas y de las otras. Ese pibe que una vez, cuando un periodista porteño lo pinchó para ver si gritaba, ya dentro de la manga, un gol contra Central con otra camiseta, le contestó que “ni en pedo”. Ese pibe que cultivó el perfil bajo y la humildad aún en los peores (y sobre todo en los mejores) momentos de su carrera. Ese pibe que sonríe en todas las selfies que por estas horas se multiplican y viralizan en las redes sociales de hinchas que así como saben que lo van a extrañar horrores, le agradecen todo lo hecho y le desean lo mejor. Ese pibe que se hizo bandera, remera, mural, peña y filial. Ese pibe que se hizo tinta y se perpetuó en las pieles, sedas de sedas, de miles de canayas. Ese pibe que este sábado, cuando empiece a caer el sol en el barrio Lisandro de la Torre, se encenderá y resplandecerá para siempre en nuestros corazones rosarinos que lo aclaman y que su gloria de entusiasmo inflaman. Otro gol de Central, otro gol de Marco.

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