El médico, docente universitario y director del Instituto de Salud Socioambiental, Damián Verzeñassi, aseguró que el actual modelo de producción “pendiente y adicto a químicos, nos está dañando”. Este miércoles participará del conversatorio de la UNR “Ciencia y Comunidad: la relevancia social del activismo de expertos”.

El impacto negativo de los fitosanitarios viene siendo un debate de larga data en nuestra región. Estos fenómenos vinculados a la producción primaria son denunciados por vecinos, organizaciones científicas y docentes de los pueblos rurales de la zona núcleo. A su vez, la aparición de nuevos estudios e investigaciones científicas respecto a los padecimientos que producen estos químicos fortalece la lucha de estas comunidades. En estos casos, la producción científica y el activismo socioambiental van de la mano. Para explorar los vínculos entre investigación científica, ética y activismo conversamos con Damián Verzeñassi, médico Legista, director del Instituto de Salud Socioambiental y docente universitario.

Desde los equipos de investigación que dirigís vienen trabajando desde hace un tiempo en torno a un concepto que es el de “geopolítica de la enfermedad” ¿En qué consiste? ¿A qué fenómenos atiende?

Básicamente nosotros llamamos Geopolítica de la Enfermedad a la decisión que se toma a principios de la década del 90’ de estimular todo el traspaso de industrias contaminantes desde los países del norte hacia los países más empobrecidos, a partir de la necesidad que tienen los países ricos –básicamente Estados Unidos, los de Europa y China–  de empezar a limpiar sus territorios para mejorar la calidad de vida de sus poblaciones sin perder el ingreso de dinero que generan algunos modos de producción contaminantes. Ejemplo de esto es la desinstalación de lo que es el rubro de producción de pasta de celulosa de Finlandia, que le permite ser reconocida como el mejor país ambientalmente amigo de la Unión Europea por haber eliminado estas empresas de su territorio, mientras que en el mismo periodo de tiempo en que ocurre esto en el territorio finlandés, su propio Estado financia la instalación en territorio uruguayo de un conglomerado de fábricas de producción de celulosa que supera por cinco a la producción de bien que se realizaba previamente en Finlandia. Otro ejemplo es la transformación de los modos de producción agrícolas –de Europa también– que empiezan a dedicarse más a productos con menos carga de veneno, productos que ellos mismos denominan de Clase A: queso francés, aceite de oliva, productos orgánicos. Esto llevó a la reconfiguración de los territorios de América Latina y Europa del Este como aquellas regiones dedicadas a la producción de commodities agroindustriales, commodities que en el caso particular de Argentina vienen de la mano de los transgénicos asociados a veneno, que hacen que nuestro país sea –después de EEUU– uno de los que más impacto negativo recibe por aceptar este paquete productivo. Argentina fue la punta de lanza en el cultivo de transgénicos asociados a venenos, situación que hoy se extendió a países como Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia incluso y hasta Venezuela. Eso tiene un correlato con una decisión que fue explicitada por el Banco Mundial en un documento del 12 de diciembre de 1991. Esta posición fue labrada por el entonces Economista Jefe, Lawrence Summers, donde se planteaba que el Banco Mundial tenía que estimular políticas crediticias en desarrollo de infraestructura en agua y saneamiento, transporte, comunicaciones y en producción de energía para que se puedan dar las condiciones que garantice este traspaso de industrias sucias a los países del tercer mundo. Summers sostiene que en estos países, los nuestros, las personas se mueren antes de otras cosas porque tenemos menos calidad de vida, tenemos salarios más bajos y por lo tanto somos más baratos. Esto está explicitado en este documento. Fíjate que no es casual que en el 91 esto, y en el 96 se aprueba en Argentina la Soja RR, resistente al Roundup. Este es un evento transgénico que está preparado para resistir veneno no para producir más. La década del 90’ fue la década donde se asentaron en nuestro territorio corporaciones extractivistas: les empresas de megaminería en toda la cordillera; la instalación de represas como la que se intentó hacer en el Paraná medio, que fue bloqueado por una movilización muy importante pese a que había sido declarada de interés por el propio presidente. Todos estos son ejemplos de cómo se fue reconfigurando la estructura territorial a partir de un reacomodamiento de la estructura productiva a nivel global.

A todo esto nosotros le llamamos Geopolítica de la Enfermedad, ya que los que estamos partiendo de la idea de Giovanni Berni que dice que “cuando predomina la enfermedad lo que se pierde es la libertad”. Cuando uno padece una enfermedad o algún familiar la padece es muy raro que uno tenga la energía suficiente como para salir a pelear u oponerse a los efectos de la contaminación industrial o la agricultura de monocultivos enfermantes. Tiene otros problemas que son más inmediatos. Esa construcción de enfermedad que produce una disminución de la libertad es lo que ordena este concepto. Y en ese sentido, el desarrollo de la agricultura industrial en nuestro país y sobre todo en nuestro territorio tiene una correspondencia extraordinaria con ese proyecto de Geopolítica de la Enfermedad. Hay un ejemplo absolutamente actual en el desarrollo del trigo HB4, que se presenta como un gran logro que va a ser aceptado en China cuando va a ser producido en Argentina, o sea que el glufosinato de amonio que requiere el cultivo para poder subsistir ya que no es tolerante a la sequía sino que es tolerante al herbicida glufosinato de amonio –más dañino que el glifosato–, pesticida que va a ser usa en nuestros territorios, en nuestras tierras, aguas y poblaciones. Este es un ejemplo clarísimo de como los sistemas tecnocientíficos terminan jugando a favor de la geopolítica de la enfermedad y en contra de nuestros propios intereses como sociedad. 

En noviembre del año pasado fue publicado el “Informe: Impacto de los plaguicidas en los alimentos, el ambientes y la salud en la Argentina” coordinado por Horacio Beldomenico, en el que se desarrolló un abordaje integral de la problemática ¿Qué novedades trae este informe?

Nosotros saludamos con mucha alegría el informe de Beldomenico porque permitió fortalecer el planteo de las comunidades y de quienes, desde distintos espacios académicos, veníamos planteando desde hace muchos años que este modelo de producción asociado, pendiente y adicto a químicos y venenos es un modelo que esta dañándonos. Tuvimos que escuchar durante años como los referentes del agronegocio nos decían que éramos exagerados, que no teníamos sustento científico a pesar de que la evidencia científica se construía, cada vez más, con mayor volumen y calidad. El informe Beldomenico nos permite tener una revisión de trabajos científicos que hacen ya innegable el impacto dañino sobre la salud, y no sólo la salud humana sino que también la salud de los suelos, la salud del agua y de tantas especies que son parte de los ecosistemas que permiten la salud humana. Por ejemplo, en el modelo de producción agroindustrial estamos usando diferentes cócteles químicos para cultivar soja, trigo, maíz. Lo que el informe nos permite a nosotros es identificar cada uno de esos químicos, cuáles son los impactos negativos que tienen en la salud a partir de bibliografía científica publicada y no puesta en discusión por el poder hegemónico. Esto es muy importante, además porque viene de parte de una persona que durante muchos años dirigió, dentro de la estructura universitaria pública de nuestro país, uno de los laboratorios con mayor capacidad y calidad para realizar tanto los análisis químicos como la detección de los mismos en los territorios. No lo está haciendo un trasnochado sino que lo está haciendo un docente investigador que además tiene en su trayectoria el haber dirigido un laboratorio que fue detectando y fue testigo de cómo se fue incrementando la presencia de esos venenos a lo largo de los últimos treinta años en esos territorios. Tiene un peso importante que felizmente vio la luz y hoy está recorriendo algunos escritorios aunque lamentablemente no aquellos donde se toman decisiones pero si las mesas de las organizaciones sociales que defienden los territorios y aquellos que cada día seguimos acompañando esos procesos. 

Este miércoles se va a llevar adelante el conversatorio de la UNR “Ciencia y Comunidad: la relevancia social del activismo de expertos”, y que va a contar con la presencia de los sociólogos Scott Frickel y Florencia Arancibia. ¿Me podrías adelantar qué temáticas se van a conversar? ¿Cuáles son tus expectativas al respecto?

Esta es una actividad que estamos desarrollando con la Dirección de Investigaciones Interdisciplinarias de nuestra universidad, lo que nos permite a nosotros contar en Rosario con la presencia del sociólogo e investigador Scott Frickel, proveniente de la Universidad de Brown en Estados Unidos. Él está investigando desde hace mucho tiempo cuál es el rol que tiene la producción de conocimiento científico y los equipos de investigación a la hora de acompañar a los movimientos sociales y a las comunidades que son afectadas por distintos eventos contaminantes. Scott se ha especializado en estudiar esto que él denomina la ciencia y el activismo, desde una lógica que para nosotros es muy interesante dado que, al contrario de lo que nosotros siempre oímos: de una ciencia que debe ser neutral, objetiva y no vincularse con nada, Scott plantea que “no hay ciencia posible si no es desde un lugar determinado, un territorio determinado y un interés determinado”. Uno debe poder explicitar a qué interés va a aportar con su trabajo científico: si va a aportar al interés de los pueblos o va a aportar al interés de las corporaciones. Scott ha estado recorriendo varios casos de ciencia activista a nivel global, ciencia que se vincula con las comunidades. En uno de sus artículos recientes  –del cual hemos participado– ha propuesta como ejemplo de ciencia al servicio de los pueblos aquellas experiencias de Campamentos Sanitarios, aquel dispositivo que nosotros impulsamos entre el 2010 y el 2019. Por otro lado, viene acompañado por Florencia Arancibia, quien es investigadora del Conicet y viene haciendo una labor de identificación de comunidades aquí en Argentina, que en sus luchas son acompañadas por equipos de investigadores universitarios y de distintos espacios tecnocientíficos con los que hemos decidido poner nuestro trabajo y energía al servicio de las comunidades y no de las corporaciones. Un poco la idea de este conversatorio es poner eso en discusión y ojalá podamos contar con la participación de muchos referentes de la ciencia de aquí de Rosario, que estén dispuestos a intercambiar ideas y miradas, que ojalá sean diferentes para enriquecer nuestros propios debates.

*Docente de Historia, tallerista ambiental e investigador del Observatorio de Educación y Ambiente, de la UNR

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