“Voy a creer en sus protestas cuando también sean contra el aumento en dólares de los insumos”, dice Ariel Piñeiro, una voz de adentro que opina sobre un sector que no discute por “no perder”, sino por no ganar aún más, en medio de una guerra que aumentó la demanda.

“En el campo, en general, se protesta por la rentabilidad: dicen «no ganamos lo suficiente», «perdemos», y creo que ese perdemos quiere decir «perdemos de ganar más»”. Así describió un productor agropecuario que se define del campo nacional y popular, a la razón de las protestas del sector de las commodities frente al más leve atisbo de desacoplar los precios externos de los de la panadería de la esquina. Los 1.500 millones de dólares en volumen de negocios de Expoagro 2022, y el aumento de la demanda internacional de la producción primaria por la guerra entre Rusia y Ucrania no parecen referir un estado de tranqueras anémicas, sino todo lo contrario.

¿Por qué, entonces, el fideicomiso con los molineros para que el precio del pan no siga subiendo viene más conversado que partida de truco? Y esto sólo a modo de ejemplo. Los titulares de la prensa que los representa hablan de “golpe al campo” a todo intento de frenar los precios de los alimentos que se sacuden con cada envío hacia arriba de los granos que demanda el mundo, con una guerra en curso.

“De todas maneras hay que entender que el campo es un negocio y que, como en cualquier negocio, siempre está la posibilidad de ganar o perder”, dijo Ariel Piñeiro, administrador de una empresa familiar dedicada a la lechería y cría de ganado. Y no pasó por alto las contingencias, como el riesgo climático, que pueden afectar a los productores. “A esto se suma que la producción del campo está en relación directa con las necesidades alimentarias de la población, fundamentalmente de la del país donde está ese campo”, analizó.

“Cuando se produce la disparada de las commodities, el campo comienza a ganar fortunas. Hay gente que ganó fortunas y es muchísima más que la que ha perdido. Ahí se produce ese desfasaje con el precio internacional que, si se aplica a la Argentina, hace que el kilo de pan se vuelva inalcanzable. Y eso es imposible para una sociedad”, enfatizó.

En su opinión, la situación así planteada dispara un par de reflexiones de fuste: “Hay muchos colegas y amigos que hablan de la Doctrina Social de la Iglesia, del concepto social de la propiedad, por ejemplo, pero cuando llega el momento del bolsillo propio no lo aplican. No se pretende que se pierda plata, de lo que se trata es de ser racional”, acuñó Piñeiro.

“De todas maneras, creo que el actual gobierno no entiende muy bien la situación y que el gobierno anterior la entendió tan bien que apuntó contra los pequeños productores para que quedaran en pie los pooles de siembra y las grandes explotaciones”, señaló. Y dijo que la relación con el productor va más allá del impuesto que se le aplica al campo. “Cuando hay una sequía, todos los señores que se la pasan denostando al Gobierno salen corriendo al Banco Nación a buscar créditos subsidiados. No hay ninguno, o son muy pocos, los que no aprovechan cada vez que sale un crédito con subsidio para comprar una máquina o algo por el estilo. Un tractor mediano supera los diez o quince millones de pesos y ni hablar de los tractores de élite”, describió.

Durante el gobierno anterior al de Macri, es decir, el de Cristina Kirchner, “el Banco Nación era una fiesta, no se podía entrar de la cantidad de productores que estábamos pidiendo crédito”, evocó sobre una época en la que considera, aún con retenciones, que “se ganó muy buena plata”. Y sumó una reflexión: “A partir del tema de las commodities, se produce una situación que hay que entender: la imagen bucólica del gringo que tiene 60 hectáreas, la gallina y el chanchito, no existe más, por lo menos no en la zona núcleo. Y en las provincias que aún existe, es una imagen bucólica de la miseria”, aseguró.

“En esta última situación, en la Salta profunda, por ejemplo, si un día no tiene para comer, mata una gallina, pero eso no es bucólico ni folklórico, eso es miseria”, señaló. E ilustró con una cuenta sencilla: si el dueño de 55 hectáreas en una zona de buen rinde, las alquila a 15 quintales de soja por hectáreas/año, con una cosecha de 800 quintales, cobraría más de cuatro millones de pesos al año por esas 55 hectáreas.

El cálculo modifica la representación social del pequeño productor del esfuerzo sin rentabilidad. “¿Alguien cree que quien tiene 55 o 60 hectáreas las explota por cuenta propia? Claro que no, le conviene alquilarlas a mucha gente que está interesada y que siembran muchas hectáreas alquiladas”, aseguró. Y dijo que no son pocos los casos de quienes, con lo que heredaron de los abuelos, viven ellos y su familia. “Eso está muy bien”, dijo, antes de plantear un par de interrogantes de fondo.

“Yo me pregunto si el «campo protestón», que siempre está buscándole el pelo al huevo, si paga desde 15 a 20 quintales por hectárea de alquiler, ¿pierde plata? Claro que no, gana mucho dinero”, analizó. Y fue a fondo: “El campo con retenciones y todo, ¿da pérdida o da ganancias? Porque si no fuera negocio no pagarían 20 quintales, y en ese caso deberían trabajarlo los propietarios o, en su defecto, quedaría sin trabajar, lo cual sería inconcebible”, comentó.

Además dio un dato que refuerza su análisis: “Hay listas de espera para alquilar, así sea un campo de 50 hectáreas. Los interesados son empresas, pooles de siembra y, ¿por qué no?, «dibujos financieros». Todos buscan campos. Entonces, si fuera mal negocio, ¿por qué los buscan?”, se interrogó el productor. Y contó que en su zona, considerada normal en términos de agricultura, apenas se desocupa un campo, se alquila.

“Sacamos la conclusión de que la protesta del campo sería por no ganar más, pero no por perder plata, porque a veces también se pierde pero como se pierde en una librería o en una empresa constructora o en un taxi si se rompe algo, porque no hay negocio donde uno pueda ganar siempre”, señaló Piñeiro, que se declara “peronista y partidario del Gobierno y del gobierno de Kirchner por un montón de cosas, más allá de lo económico”.

Claro que su análisis de situación no siempre coincide con el de sus colegas del sector. “Les digo que les voy a creer el día que protestemos por los insumos, por ejemplo, la urea (fertilizante que proporciona alto contenido de nitrógeno), que en dos años pasó de 480 a 1.040 dólares la tonelada  Les pregunto a quienes quieren irse a países escandinavos, Estados Unidos o al Uruguay, si conocen algún país del mundo donde las cosas aumenten el 50 por ciento en dólares en un año. Entonces ¿por qué no se protesta contra los importadores de urea o los semilleros, por ejemplo?”, detalló. Y dijo que la protesta sólo se hace contra el Gobierno para que baje las retenciones.

“Que pidan bajas de retenciones, pero que vayan y armen un bruto lío a los semilleros, a los importadores y a un montón de gente que gana plata con el campo sin trabajar en el campo”, enfatizó para cerrar el análisis sobre agricultura. Y citó el movimiento de proveedores que se observa en cualquier muestra agrícola.

Tambo y ganadería

Claro que el panorama cambia si se trata de lechería y ganado. “De esto no se habla, y acá también hay distintas facetas, acá todo el mundo habla de las retenciones pero nadie dice que el litro de leche lo están pagando 47 pesos, cuando su costo de producción debe ser 46 pesos con suerte”, planteó. Esto significa tener un tambo, con alta inversión y trabajo, que en el año sólo le deja una ganancia del tres o cuatro por ciento.

Con respecto a las causas de vender casi al costo, Piñeiro explicó que hay una asimetría entre la cantidad de productores, que son muchos más que las empresas que compran sus productos, de allí a la cartelización del precio de la leche hay un sólo paso. “¿Cómo puede ser que diez empresas distintas en todo paguen el mismo precio la leche? Sería bueno saber por qué. Por eso están cerrando tambos todos los días. En la zona donde estoy cerró el segundo tambo más eficiente, se cansó y cerró y ahora está haciendo cría de ganados, que desde hace un par de años es buen negocio”, argumentó.

“Hoy por hoy, la ganadería es rentable, se está pagando bien y hay muchas empresas que compran terneros para engordarlos y venderlos como carne de exportación, por ejemplo”, explicó. Y dijo que es lo que se puede ver en campos que son cañadas, campos sin sembrar, y con cualquier pastura, que pueden tener gran cantidad de ganado y con muy buena ganancia, cerrando el circuito de la carne.

¿Evasión y empleo en negro?

“Una vez descubrieron que Paraguay producía más soja que Argentina”, ironizó Piñeiro para dar las bases de un tema tan aludido como escamoteado. En su opinión, y más allá del campo, hay una parte de la evasión de técnica sofisticada aunque, si quisieran, podrían detectarla. “Pero más allá de esto, hay muchos que no evadimos y también hay empresas muy serias que no evaden”, enfatizó, y especuló: “Si todos contribuyeran hasta sería posible bajar las retenciones”. Y cerró la nota asumiendo como real otro de los supuestos acerca del campo: “El empleo en negro es impresionante, y en épocas pasadas era alevoso. Tengo un empleado que cumple 60 años, trabaja desde los diez y los únicos aportes que tiene son de los nueve años que está trabajando conmigo. Aunque debo decir que en este tema noto una laxitud impresionante, jamás vi un piquete de sindicatos rurales, con inspectores del Ministerio de Trabajo, parando las máquinas que van por la ruta, y preguntando a los empleados por el recibo de sueldo y los aportes. Yo no digo esto porque quiero ser el bueno de la película, sino porque es lo que corresponde. Es coherencia, así de simple”.

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