Yo no sé, no. Cuando pasábamos por la esquina de San Juan y Pueyrredón y sentíamos ese olor a kerosén mientras veíamos las oscuras manchas sobre la vereda y parte de la calle, la idea de que ese invierno no sufriríamos el frío se nos hacía presente. Ese aroma, para muchos desagradable, se convertía en uno de los más agradables perfumes para nosotros pues las estufas y los calentadores Bram Metal tendrían el combustible necesario como para campear ese invierno del 63, el último que pasaríamos en ese barrio.

Mientras tanto, en el país, en las elecciones generales el escrutinio cantaba que la UCR se imponía y el presidente electo sería Arturo Umberto Illia, con Perón y el peronismo proscripto. A pesar de esto último, la sensación era que había algo de combustible para una endeble democracia. Al año siguiente, en un barrio nuevo nos tocó un invierno con la electricidad ausente y la leña y el kerosén eran los principales combustibles, aunque nosotros, los más pequeños, el principal combustible que recibíamos era el amor de nuestros padres, de los vecinos que nos veían como parte de sus familias, además de las comidas calientes que nunca nos faltaron. Cada tanto, algún viejo árbol se empezaba a encorvar como anunciando que pronto su tronco y sus ramas pasarían a estar disponibles como combustible para el asado de los sábados o de algún bracero. Hasta los viejos arcos de madera, antes de ser reemplazados por los de caños, sabían que su despedida sería de combustible de algún fueguito amigable de esos que solíamos hacer de vez en cuando.

Los primeros años de los 70 pasamos unos inviernos con unos fríos que se hacían sentir, pero con Pedro no sufrimos las bajas temperaturas, quizás por nuestra juventud y también porque nos sentíamos como el combustible mismo de un cambio de época. El frío de dictaduras y proscripciones quedaban atrás y el fuego que alimentaba una Patria liberada se agigantaba día a día.

El otro día, viendo el acto en el que se conmemoraban los 100 años de YPF, con Pedro pensábamos en el combustible principal que siempre tuvimos desde que decidimos como pueblo tener Patria: fue (y es) la decisión de darle pelea día a día al coloniaje.

“La verdad –me dice Pedro mientras mira el lugar en el que estuvo el último arco de madera que terminó en una fogata en la que cocinamos unos camotes–, si empezamos a usar la lapicera, si nuestros dirigentes usan la lapicera para garantizar que el combustible principal que es el morfi no falte en ninguna mesa, que los trabajadores sientan en el bolsillo los billetes de su salario como el combustible necesario para pilotear la diaria, y los más peques  vuelvan a sentir el amor de los más grandes, si pasa todo eso… la Patria tiene combustible para rato”.

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