Más de 60 autores y autoras de la provincia de Santa Fe participan de un proyecto de escritura colectiva que reúne alfabéticamente palabras de todo tipo, y estará a cargo del sello Libros Silvestres.

En total son 64 escritores y escritoras de toda la provincia que participan de Diccionario enciclopédico de las cosas que nos gustan, un proyecto de escritura colectiva que estará materializado en septiembre próximo, en un libro de formato pequeño y tapas duras, como un viejo diccionario escolar, y entradas de la A a la Z. Las definiciones, tendrán un pie en la infancia y otro en el territorio, con las marcas de la memoria personal de nuestros narradores y narradoras. 

La propuesta resultó seleccionada en el marco del Programa Gestionar Futuro del Ministerio de Cultura de la Nación, y su edición y publicación está a cargo de la editorial Libros Silvestres. Por otra parte, la curaduría, que incluyó crear las “bases y condiciones de estilo”, convocar a autores y autoras de todo el territorio provincial, así como asignar y repartir las palabras, reunir el material y editarlo, está a cargo de las escritoras Analía Giordanino y Carolina Musa, también responsable de la editorial. 

“Es una idea original de Analía, ella quería escribir «un diccionario de las cosas que me gustan», me la mandó hace como 8 años y a mí me encantó, pero cuando se puso a escribir se empantanó porque era medio infinito el asunto, entonces quedó en la nada y de ahí salió el Canciones faunas (Libros Silvestres, 2016). Pero a mí la idea me siguió dando vueltas en la cabeza así que le propuse hacer una escritura colectiva, me parecía una forma de hacerlo más viable y más interesante de leer cosas que nos gustan a todes”, explicó Musa sobre el germen del proyecto que cranearon con su par santafesina. 

Foto: Manuela Colomba

“A mi me parecía una idea genial, y a la vez arriesgada, porque no íbamos a tener ningún dominio sobre el conjunto resultante. Desde el vamos, en un texto donde escriben 63 escritores va a haber cierta deformidad o monstruosidad; diferencias de tono, de estilo, de todo tipo”, anticipó Musa sobre el enorme laburo detrás de un libro que, si los tiempos de imprenta lo permiten, estará terminado para septiembre. 

Por otra parte, Musa, que dirige desde 2015 la editorial de literatura para infancias, destacó que Santa Fe “es una provincia en la que casi no hay escritores, ni editoriales específicamente enfocadas en las infancias, entonces también lo vi como un gesto de apertura hacia el género, que nos animemos a escribir para infancias”. 

El Diccionario enciclopédico de las cosas que nos gustan tendrá la estructura de un diccionario porque, además de aprender sobre las palabras y sus significados, este formato resulta una gran atracción para niños y niñas ya que conjuga lo múltiple y lo disímil en un sólo texto. Según lo que nos pudieron adelantar, el volumen será un libro objeto, de esos a los que Libros Silvestres nos tiene acostumbrados, de formato pequeño y tapas duras, como un viejo diccionario escolar con dibujos tipo grabados, impresos en negro, a cargo de la artista Manuela Colomba. 

De este modo, la editora, narradora y poeta adelantó que el diccionario contiene “verbos, adjetivos y sustantivos; hay frases como Hormiga solitaria, Edificio roto o Bailar cumbia, palabras inventadas como Waresmaresingapure; palabras rarísimas como Xifoides o Wengué, y palabras comunes y silvestres (no por eso menos hermosas) como Volver o Jardín”, y añadió: “Yo veo a este proyecto como un ejercicio tremendo de optimismo y de alegría. Todo lo que está aquí escrito le gusta a alguien, que no es poco”.  

Memoria personal, infancia y territorios

Según los criterios del proyecto marcados por las curadoras, se les propuso a narradores y narradoras que encaren el ejercicio de la memoria personal para dar nombre a aquellas “cosas” que no empiezan ni terminan en una definición, sino que hacen sentido con las realidades y las experiencias de cada uno. “Pensamos un montón la idea de convocar a escritores de la provincia porque no queríamos que se convirtiera en un modo de propaganda gubernamental. Entonces les pedimos expresamente a los y las autoras que no busquen marcas territoriales, sino que las palabras den cuenta de los gustos personales de cada uno, y lo más interesante es que finalmente se fueron colando cosas del territorio”, detalló la responsable de Libros Silvestres. Y agregó: “Algo que notamos con Ana, ahora que ya tenemos el texto final, es que además de esas marcas territoriales que se fueron colando (en frases como «raya de río»), hubo también una enorme reflexión sobre el lenguaje, y sobre la infancia de cada uno”. 

Los y las que escriben

Las autoras y autores que participan son: Sofía Storani, Carlos Schilling, Maia Morosano,  Marcelo Ajubita, Misael Castillo, Larisa Cumin, Daiana Ávalos Robledo, Franco Rosso, Alejandra Mendez Bujonok, Javier Núñez, Patricia Severín, Luciana Paruzzo, Mari Hechim, Lila Siegrist, Ciro Korol, Sofía Lenski, Anaclara Pugliese, Yamil Dora, Nicolás Doffo, Diego Planisich, Rosina Lozeco, Agustina Lescano, Santiago Venturini, Diego Colomba, Ivana Romero, Cecilia Ulla, Federico Coutaz, María Zeta, Diego Oddo, Mercedes Bisordi, Alicia Barberis, Ariel Aguirre, Lila Gianelloni, Franco Rodríguez, Laura Rossi, Beatriz Actis, Nora Hall, Claudia Chamudis, Susana Ibáñez, Laura Vilche, Laura Oriato, Nacho Estepario, Carina Radilov, Gonzalo Vega, María Victoria Rittiner Basaez, Violeta Vignatti, Leonardo Berneri, Rosario Spina, Nicolás Manzi, Alejandro Hugolini, Cecilia Moscovich, Gloria Lenardón, Damián Pulizzi, Florencia Ordiz, Marcela Sabio, Santiago Alassia, Juan Pablo Bagnarol, Juanjo Conti, Patricia Suarez, Sonia Tessa, Eugenia Arpesella, Analía Giordanino y Carolina Musa.

Entradas del Diccionario

F_ Fósforos (por Franco Rodríguez) 

Véase también Fulgurante, Ventolera. Los fósforos son objetos frágiles y pequeños, con cabezas rojas que, por medio de un leve roce, se encienden para crear un pequeñísimo fuego que puede generar fuegos mayores.

Aurora, la vecina de mi abuela, me dijo que la vida de los fósforos es un misterio, ya que se pasan la mayor parte del día haciéndose los dormidos y, cuando las personas se van a dormir, se despiertan y se cuentan historias. Pese a no tener ojos ni extremidades, los fósforos pueden percibir su entorno y comunicarse por los poros diminutos que se encuentran en su cabeza rojiza y sus historias son como un susurro rojo. Se sabe que viven en colonias de alrededor de doscientos veintidós individuos, sin jerarquías ni distinciones, ya que no tienen, ni necesitan, líderes. Sus madrigueras son estrechas y, por ese motivo, todos los fósforos se acuestan uno al lado del otro, o uno encima del otro, para poder dormir (o hacerse los dormidos) cómodamente y así evitar la humedad y el viento. Los fósforos se la pasan quietecitos esperando a que las personas se decidan a encenderlos. Que su cabeza rojiza resplandezca en ese leve fulgor es para ellos una experiencia extraordinaria y reveladora. De ese modo pasan a la adultez. Se vuelven sabios. Los fósforos de cabeza rostizada son los que cuentan historias y llenan de entusiasmo a los de cabeza rojiza, que son los más jovencitos.

Por eso no hay que tirar los fósforos después de encendidos, me dijo Aurora, porque como no tienen historias que los reúnan, comienzan a separarse y se humedecen con el frío, y ya no se encienden más.

V_ Vereda (por Yamil Dora)

Parte lateral de una calle o vía pública, destinada a la circulación de peatones, animales y bicicletas con rueditas. Al no haber legislación que lo prohíba, también utilizada como anexo del comedor para las noches de calor, como patio cuando no hay patio, como lugar de encuentros con otros cuando adentro de la casa no hay con quien. No hay casa sin vereda pero hay veredas sin casa, dijo una vez un señor que vendía terrenos. Hay veredas que son de otros pero también son nuestras porque no las olvidamos. La mía para siempre es en la que aprendieron a pedalear mis hijas. En las ciudades en las que lo más importante son los coches, las veredas son angostas. En las ciudades donde lo más importante es el peatón las veredas son anchas y a veces tienen canteros. En las ciudades tristes las veredas son grises. En las ciudades alegres también son grises pero la gente está alegre y no les importa el color de las veredas, les importa que los que andan por ella se saluden. Una vez mi abuela me dijo que desconfíe de la gente que vive en una casa con la vereda muy limpia. No sé por qué me lo dijo, pero creo que tenía razón.

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