Yo no sé, no. Pedro, esa mañana, después de escuchar el informe del tiempo por la radio, se fue hasta el espejo, se mojó dos dedos, los frotó en el jabón y se reforzó el jopo. Por las dudas, porque aunque a esa hora (6.30 de la mañana) le tenía confianza al informe que decía que no llovería hasta pasadas las 10, él sabía que a eso de las 9.30 estaría delante de todo el curso leyendo en voz alta algo escrito por él mismo. Se tenía confianza por lo menos en lo que plasmó en la hoja, lo que era una prueba de fuego era estar ahí delante de todos llevando a la garganta lo escrito la noche anterior, primero en la cabeza y luego en los renglones de un cuaderno Gloria que usaba como borrador. “Es como ir a patear un penal en un clásico”, me dijo cuando le pregunté cómo se sentía. “Y también tengo que vencer mi timidez”, agregó. “El relato tiene que inspirar emoción y confianza, además de ser creíble, y éste tiene que llegar hasta las diez”, añadió tocándose el jopo.

Mientras tanto, en el camino a la escuela, a la altura de Cafferata al 4300 y a unos cincuenta metros de Cungui el Carrero, que aparte de trabajar en la recolección de residuos los días de lluvias se encargaba con su carro de sacar cualquier vehículo que quedara empantanado (le tenía mucha confianza a sus dos caballos y los vecinos en él confiaban), vimos a un vecino nuevo en el barrio, un albañil, un guaraní (correntino o paraguayo, eso no lo sabíamos) que le metía cuchara a una construcción que ya iba por la tercera hilada de ladrillos. Con Pedro le preguntamos si no temía que la lluvia le arruinara el trabajo y nos contestó que, aunque sabía que a eso de las 10 llovería, él le tenía mucha confianza a la mezcla reforzada (cal, arena, agua y portland) con la que estaba asentado cada ladrillo.

También vimos a Gucho preparándose para salir, con su carrito a mano lleno de cajones de mandarinas, y si él arrancaba con esas criollas era porque tenían la dulzura justa. Él sabía, y a él los vecinos le tenían confianza. Cuando cruzamos el último tramo de vía, notamos que el cambio de vías donde después de la 10 salía y entraba una corta formación de vagones de la fábrica Acindar, estaba reforzado. Pedro me dice entonces: “El cambio es casi automático pero también manual, y a veces lo hacen justito sobre la llegada de otro tren. Mirá que se tienen confianza en esa operación”. Yo, mientras tanto, tenía la cabeza pensando en quién de nuestro equipo patearía los penales ese fin de semana en el torneo en el que participaríamos en la cancha de Peñarol (Lagos bien al sur). El encargado de esas ejecuciones tenía que ser alguno que se tuviera y le tuviéramos mucha confianza.

En ese julio del 67, el General ya no le tenía confianza a algunos dirigentes sindicales, y Los Gatos, que sí se tenían confianza, se proponían construir una balsa. Cuando se empezó a escuchar, muchos salimos a navegar en esa canción.

Aquella mañana, finalmente empezó a lloviznar a eso de las 10 y Pedro se sentía tranquilo porque había vencido a la timidez y en el recreo largo, pese a las primeras gotas, su jopo seguía firme.

El otro día escuchábamos que en estos momentos se necesita “restablecer la confianza en los mercados”. “Y, la verdad –me dice Pedro–, que la confianza hay que restablecerla pero con los de abajo, con los sectores medios, con los que producen. Y quizás llegó la hora, entre otras cosas, de que los penales los pateen los mejores de los nuestros, los que más se sientan confiados, y que si hay que hacer un cambio sobre la marcha que sea justito y confiable como para cambiar de vía pero no de rumbo”. Y, mirando unos nubarrones, agrega: “El camino hacia una Patria liberada se tiene que hacer con la mezcla más diversa del campo popular, para que sea firme y confiable y si es posible saboreando la dulzura ya, como la de las mandarinas criollas. Es ahora. La confianza en nuestros sueños, ahora y en voz alta”.

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