Una. Llegamos a San Salvador de Jujuy volando desde Buenos Aires. Allí nos esperaba Don Tito, el chofer del remise que nos envió al hotel. A poco de andar, se reveló su locuacidad, y cuando le dijimos que éramos rosarinos me preguntó de qué club era. A partir de ese momento la conversación derivó hacia el fútbol: de ese modo, nos enteramos de que Don Tito había jugado en varios equipos del ascenso y de la liga nacional, y que todavía le seguía dando a la de cuero. Juego en un torneo de veteranos, para el equipo de los jubilados de la policía aeroportuaria, contó. Sorprendido, le pregunté la edad, y me dijo que tenía sesenta y cinco años. Qué bárbaro, comenté, seguir corriendo a esa edad. Sí, respondió él, con énfasis, y agregó: el año pasado tuve un problema en los meniscos, y el médico me dijo que deje de jugar. Pero fui a otro que me dijo que siguiera jugando, así que le hice caso y seguí. Y el dolor en los meniscos se me fue por completo, agregó, para nuestra sorpresa.

Dos. Cuando llegamos a Tilcara, nuestro ansiado destino jujeño, fuimos a visitar a Emilio Haro Galli. Emilio es un extraordinario artista plástico que vive en ese lugar, donde tiene un estudio en medio de la montaña. En el estudio proliferan sus pinturas, producidas con colores intensos y figuras de tipo expresionista, que representan personajes y costumbres lugareñas. También abundan sus esculturas, hechas con arcilla, que cuece en un horno de ladrillos y barro construido por él mismo. Las esculturas también representan personajes típicos, de las etnias que habitan Tilcara, y que provienen del antiguo imperio incaico. Son los así llamados coyas, esos seres cuya fisonomía se diferencia nítidamente de las personas de origen europeo, a los que Haro Galli compone muchas veces protagonizando escenas eróticas. Su erotismo es despojado y conmovedor, y ello tiene que ver con la mirada de su creador, que deliberadamente recrea esos personajes y esas situaciones como una manera de rescatar las culturas de los pueblos originarios. 

Durante la vista conversamos acerca de su arte. Nos cuenta, entonces, que lo que persigue es volver patente esa realidad siempre censurada, cuando no perseguida. A propósito, nos muestra un video grabado por un antropólogo, que lo entrevistó tiempo atrás. El video, de excelente factura, gira en torno a la cuestión del fuego, que en manos de Haro Galli se vuelve notoria potencia creativa. Y reproduce, con un arte a su vez fílmico, ese mundo nocturno, hecho de luces intensas y sombras, donde Emilio Haro Galli cocina, literalmente, la arcilla que amasa con sus propias manos. Con ella compone un mundo de figuras impactantes, cuyas formas grotescas interpelan, desde su silencio nativo, nuestra conciencia eurocéntrica.

Tres. Al otro día caminamos por Tilcara, y llegamos hasta la plaza chica, que está al lado de la plaza grande. En ella nos encontramos con Alberto y Carina, dos amigos rosarinos, y con el Tukuta Gordilllo, que vive enfrente de la plaza.

El Tukuta es un reconocido músico del lugar, que canta y toca instrumentos propios de la puna, como el sikus. Por su maestría musical ha tocado con artistas como Ariel Ramírez y Jaime Torres, llegando hasta países orientales y el mismo Vaticano. Sin embargo, no abandona Tilcara, como si unas raíces intangibles pero inconmensurables lo mantuviesen ligado a ese lugar. Al igual que Haro Galli, persigue la conservación y la transmisión de las culturas andinas, formando músicos jóvenes mientras difunde sus canciones y piezas nativas. Y al igual que el artista plástico, se erige en sostén y guardián de esas tradiciones preciadas, que atesora amorosamente. 

Nos cuenta que en Tilcara hay un muchacho que trabaja con marionetas, a las que hace bailar danzando tangos. Es bueno, dice, pero yo le digo que tiene que vestir a sus muñecos de coyas. En Liverpool había un titiritero que disfrazaba a sus muñecos de Beatles, y dio en la tecla. Por eso, para lograr un arte auténtico, explica, él debería hacer lo mismo con las cosas nuestras.

Cuatro. El día siguiente fuimos a Iruya, un pueblo de ensoñación, verdaderamente. Está situado en la provincia de Salta, y se levanta sobre las laderas de las montañas, por lo que su superficie es absolutamente irregular y desnivelada. Para llegar a Iruya tomamos un colectivo local, bastante precario, por cierto. Esa condición parece explicarse por el camino que debe transitar, primero de ripio, y después sinuosamente de montaña. 

El viaje dura tres horas y media, por lo que realiza un par de paradas a lo largo del viaje. La primera es en Iturbe, un poblado típico, de casas de adobe y pobladores invisibles. El colectivo se detiene frente a una estación de ómnibus que fue anteriormente una estación de trenes, para que podamos ir al baño. Al bajar, descubro un mural sobre una pared lejana, con la simbología de la Tupac: los retratos de Evita, del Che, y de ese líder indígena que supo alzarse contra el dominio español. Le digo a Marcela: es impresionante la presencia de la Tupac en gran parte de Jujuy. Y pienso: aunque quiera, Morales nunca podrá exterminarla.

Cinco. El último día de nuestra estadía vamos a cenar a un restaurante local, que anuncia un recital por parte de un grupo de músicos de la zona. Son dos muchachos jóvenes y una chica. Uno de los muchachos toca con gran arte el charango y el violín, el otro canta, maravillosamente, y toca la guitarra, mientras que la chica hace percusión con un bombo.

Más allá de la calidad de las canciones, nos deleitamos oyendo al cantor que, como si fuera el Tukuta Gordillo, o Tomás Lipán, habla -cuenta- de cosas propias de ese mundo único. Relata sus visitas a una sanadora del lugar, que cura los sustos que provocan los espíritus o los fantasmas de los desaparecidos. Yo no soy creyente, nos dice, pero comparto la fe de mis hermanos, esa fe que les hace subir al altar de la Virgen de Copacabana todos los años, tocando el sikus y el bombo. Porque esa fe es muy anterior a la católica, agrega, y es la que sostiene y hermana a los pueblos de origen incaico. Y remata: me siento más cerca de un boliviano que de un argentino.

Seis. Regresamos a Jujuy, para volar esta vez hacia el sur. Le decimos al conserje del hotel que vamos a llamar a Don Tito para que nos lleve al día siguiente al aeropuerto. Qué personaje Don Tito, dice el conserje. Y nos cuenta que se jubiló como policía aeroportuario, pero que, además, por años fue el jefe de la barra brava del Gimnasia jujeño.

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