Nací en 1944, fui una de las niñas y niños que concurríamos a la escuela primaria con zapatos y guardapolvos blancos almidonados. El uso de estas prendas marcó el acceso de los sectores más humildes a mejores condiciones de vida, de la dignificación de los trabajadores como mi padre, a partir del reconocimiento de sus derechos. 

Me crié en barrio Tablada en un hogar peronista. Una noche la tristeza y el llanto se apoderó de mis padres: había muerto Evita, yo tenía ocho años. 

Después supe que habían celebrado su muerte. “Viva el cáncer”, escribieron en las paredes. 

Llegó la revista Mundo Infantil a casa. En la tapa estaba su foto, de una belleza extraordinaria. Lucía una capelina blanca adornada con dos rosas amarillas y un vestido estampado en tonos liláceos y blancos. Coloqué la revista en el asiento de una silla, apoyada contra el respaldo. Con mis hermanas cortamos las poquitas flores que encontramos en el patio, las colocamos como si fuera un altarcito y la velamos.

Guardé en mi memoria la foto de tapa, y en lo más profundo de mis sentimientos mi devoción hacia Ella, la que nos enviaba aquellos juguetes, los más bellos que recordamos con mis hermanas. Después los bombardeos, al poco tiempo salíamos a la calle a ver esa columna de personas humildes que venían del Bajo Saladillo, pasaban por Villa Manuelita,  tomaban por calle Gaboto, y mi padre se unía a ellas al grito de “la vida por Perón”.

No les bastó con el secuestro de su cuerpo. Se ensañaron con la obra a la que le dedicó su amor y sus mejores horas: la Fundación Eva Perón. En los Hogares Escuela y policlínicos, se quemaron miles de libros, ropa de cama y vajillas porque llevaban el sello de la institución. Decenas de pulmotores fueron destruidos. Funcionarias de la Fundación y de los Hogares fueron acusadas de “traición a la patria”, “asociación y enriquecimiento ilícito”. Fueron encarceladas, a veces en condiciones infrahumanas, otras quedaron cesantes por su militancia peronista.

Una de las interventoras de la Fundación, la militante católica Adela Caprile, se confesó: “No se ha podido acusar a Evita de haberse quedado con un peso. Me gustaría poder decir lo mismo de los que colaboraron conmigo en la liquidación del organismo”. 

Mi madre, que no había sido escolarizada, se empeñó en que yo debía cursar el secundario en el Normal Nº 1. Las chicas de familias acomodadas nos preguntaban a las que proveníamos de los barrios periféricos si éramos peronistas. Cuando respondíamos afirmativamente, se codeaban con sonrisitas y nos señalaban diciendo: “Esta es…”. Así  aprendí de qué lado estaría siempre. 

A mediados de los sesenta ya militaba, me vinculé y aprendí con las compañeras de la Resistencia que habían participado del Partido Peronista Femenino, una herramienta importantísima para los derechos de la mujer que Evita puso en sus manos. 

Celebré la irrupción de Néstor y Cristina en la escena política nacional. 

Reconozco la  capacidad y la inteligencia de Cristina, la respeto, siento un gran afecto por ella, no puedo decir que sienta la misma devoción que he sentido y siento por Evita, ya que la fui construyendo y fortaleciendo durante toda mi vida.

Sí, me duele profundamente que Cristina haya sido y sea denostada, mancillada permanentemente desde su ascenso en la escena nacional. ¿Pero es que acaso  habríamos de esperar otra cosa de los dueños del poder? 

El manejo de los medios en manos de esos poderosos hace enfrentar a pobres contra pobres, a las mujeres contra las mismas mujeres.

De Evita dijeron las peores barbaridades, vejaron su cuerpo, la desaparecieron, quisieron borrarla de la memoria de su pueblo. A setenta años de su desaparición física, está más viva que nunca. 

Era de esperar que traten de destruir a una mujer de la talla de Cristina, con su lucidez y su valor. 

Comenzaba la campaña electoral de 2019 cuando presencié la discusión de un alumno de la carrera de Antropología con su profesora, una peronista ortodoxa que no reconocía a Cristina. En un momento, el pibe le dijo: “Es ontológico profesora, mi padre tuvo una muerte digna porque pudo acceder a la obra social de PAMI gracias a la jubilación de Cristina”.

Por aquellos días llevé a mi nieta Malena, que entonces tenía tres años, a la plaza. Al ver  una foto de Cristina, me dijo señalándola: “Yo quiero ser como ella”.

*Docente, autora del libro Una piba peronista.

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