Mi relación con Evita es de toda la vida. Con un padre peronista y una madre que sí, pero que no tanto, su figura estuvo presente desde antes de tener uso de razón. Y no me extraña, porque ella trasciende la razón y la intelectualidad. 

Evita está en esa mujer que se enamoró de ella cuando le regaló la máquina de coser. Es mi abuela materna, eternamente gorila, que lloró su muerte. Es esa que pudo votar por primera vez gracias a ella. Y esto último es lo que hasta los doce años entendí de Evita: es la mujer de Perón que nos dió el voto a las mujeres. Tan sencillo como eso. Era una prócer, una heroína de hierro, una figura de ternura mítica.

Empecé a militar a los trece, ahí conocí a la otra Evita. Ya no la Evita de bronce, la mujer que nos dió el voto, la primera dama, la encargada del cuidado. A través de Cristina conocí a la Evita militante, a la abanderada de los humildes. Aquella que era una líder política, que crea el partido peronista femenino y quien conduce la CGT. Y ahí me terminé de enamorar políticamente. 

Claro, fue increíble el impacto que tuvo para mí –criada en un contexto y adentrada en una militancia hasta ese momento bastante machista– conocer a esa líder política. Lo fuerte que era que haya sido una mujer que se enfrentó de cara a los poderosos. Que me mostró –y nos mostró a todas– que las mujeres y disidencias también podíamos alcanzar los espacios de conducción, ocupando roles de poder y decisión. Y ahí estaba su semejanza con Cristina, que salteándose el lugar de líder espiritual aparece directamente como conductora política.

En ese contexto, me enteré que mi abuela paterna –que murió cuando yo tenía nueve meses– era peronista. Y no sólo era peronista, era militante. En su pueblo gorila, y ella ahí, resistiendo. Era una de les diez peronistas del lugar y me atrevo a decir que su militancia, al igual que la mía y de mis compañeras, es gracias a la enorme puerta que Eva nos abrió a todas las mujeres en la política argentina.

De más grande entendí que ambas cosas son necesarias: misticismo y conducción. En Evita esas dos cosas confluyen de manera maravillosa. Por un lado, la conducción, enfrentarse a los poderosos, ser la abanderada de los humildes, ser parte fundamental de la toma de decisiones por y para el pueblo. Pero también el misticismo, el amor, la esperanza, la líder espiritual de la nación. Santa Evita.

*Militante secundaria

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