En su libro ¡Qué cosa la cosa pública!, Eduardo Rinesi esquiva los cánones académicos y científicos y apela a la obra de William Shakespeare como fuente disruptiva para el estudio de una forma de gobierno milenaria.

La politología es la ciencia que se ocupa del estudio de los fenómenos políticos. Forma parte del campo de las ciencias sociales, que tienen como objeto las relaciones, las acciones, las prácticas y los saberes de los seres humanos, concebidos desde el punto de vista de su dimensión social.

Si bien posee métodos y categorías analíticas particulares, que las diferencia de las ciencias naturales o de las ciencias básicas, no se aparta por ello de los fundamentos y procedimientos propios del conocimiento científico, caracterizados por la racionalidad, por la objetividad, y por la universalidad de sus proposiciones. La ciencia es, en ese sentido, un saber de lo general, que opera por deducción antes que por inducción.

Y aunque en muchísimos casos las ciencias sociales trabajen con materiales empíricos, que se obtienen por medio de la observación y la inmersión en el terreno de los fenómenos estudiados, el tratamiento teórico que de los mismos realizan se situará siempre en el plano del pensamiento abstracto, cuando no matemático. Para los cientistas sociales, el objetivo último de su quehacer consistirá en formalizar, ya sea matemática o conceptualmente, su objeto de estudio.  

Por ello, la aparición de un libro como ¡Qué cosa, la cosa pública!, de Eduardo Rinesi, no puede representar menos que un escándalo epistemológico, dado que se aparta, de manera notoria, de esos fundamentos y procedimientos que caracterizan a las ciencias sociales en general, y a la politología en particular. Dicho lo cual, se vuelve necesario explicar las razones que sostienen este juicio.

Comencemos entonces por señalar los propósitos que animan al libro: en él se trata de estudiar las características y el funcionamiento de una forma de gobierno milenaria, como es la república, vocablo de origen latino que refiere a la administración de la res publica (cosa pública), tal como lo sancionó el pensamiento clásico.

Forma que se caracteriza por socializar (y democratizar) el ejercicio del poder. Porque, desde sus orígenes, la república se constituyó como un tipo de gobierno que se proponía enmendar los excesos y arbitrariedades propios de los gobiernos monárquicos, siempre propensos a los desbordes autoritarios. La república sería, desde ese punto de vista, la forma virtuosa de contener y evitar esas posibilidades despóticas.

Situado en esa tesitura, el libro de Rinesi se aboca, entonces, al estudio de la república romana, una experiencia histórica que fue capaz de convertirse en un verdadero modelo para los tiempos por venir. Pero no lo hace recurriendo a las fuentes canónicas del pensamiento politológico -las obras y los autores que, desde la antigüedad hasta nuestros días, se ocuparon de ese asunto- sino a la literatura. Más precisamente, a un conjunto de obras de William Shakespeare, donde se representan los avatares y vicisitudes de la república romana en su instancia culminante, marcada por el asesinato de Julio César.  

Hay allí una tragicidad que, según Rinesi, sería propia de toda acción política. La política es como la tragedia, nos dice, porque ambas se basan en el conflicto. De ese modo, y de una forma que resulta sorprendente, el libro nos propone que la fuente más apropiada para abrevar en el conocimiento de la república no es otra que la dramaturgia shakespereana.

Lo cual significa, claramente, una auténtica subversión de los paradigmas propios de la politología, puesto que ahora no sólo el conocimiento, sino más raigalmente aún, la Verdad de ese conocimiento, ya no se encuentra en el terreno de la filosofía o de la ciencia, sino de la poesía.

Así, ¡Qué cosa, la cosa pública! introduce otro origen posible para el conocimiento de lo político, soslayando las formas de génesis que el pensamiento clásico atribuía a todo conocimiento -la episteme (ciencia) o la doxa (saber común)-, para asignarle otra posibilidad de generación, situada en la poiesis (poesía). La poesía -Shakespeare- deviene, en la reflexión que expone Rinesi, en una fuente inagotable para pensar en la república, no porque el autor de Julio César haya elaborado un pensamiento teórico al respecto, sino porque supo representar, con una riqueza insuperable, las formas concretas que los vaivenes republicanos encarnaron en aquellas circunstancias de la Historia.

Diríase, en tal sentido, que, para Eduardo Rinesi, la literatura de Shakespeare puede enseñarnos más y mejor qué es, o pueda ser, la república, que una serie acaso infinita de textos filosóficos y científicos dedicados a ello. 

¿Puede resultar excesivo dicho postulado? Para quienes participan de las convenciones y los cánones de la politología, sobre todo en el mundo académico, puede resultarlo. Pero para quienes el saber excede y desborda los límites de semejantes cánones y convenciones, la propuesta puede resultar tan legítima como válida. Una larga tradición secular nos enseña que el saber acerca de los fenómenos humanos puede nutrirse, perfectamente, en el campo del arte y la literatura.

Esa tradición suele manifestarse, generalmente, a través de un género vilipendiado por la epistemología universitaria: el ensayo. El ensayo, ese discurso híbrido que se sostiene a horcajadas de la ciencia, la filosofía y la literatura. A ese género tributa ¡Qué cosa, la cosa pública!, este nuevo libro de Eduardo Rinesi, que permite leer, como en filigrana, la letra precursora de quien fuera su maestro, el inolvidable Horacio González.

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