“Vamos a reparar la escultura dañada. Cumpliremos con el pacto que hicimos con les niñes hace 14 años y que renovamos con cada grupo que participa de las propuestas de la biblio. Y lo haremos como comunidad. Tenemos derecho a gozar de nuestras creaciones, tenemos derecho al arte, a disponer de la belleza en el espacio público y nos comprometemos a defenderlos. Hoy deseamos que la vergüenza de la violencia que estamos viviendo se transforme en ternura mancomunada. Por todo esto te esperamos el sábado 13 de agosto, a las 10 en la Cachilo”.

La invitación la hace la biblioteca popular de Virasoro y Teniente Agneta. Recorre las redes sociales y el boca en boca en el barrio de la zona oeste de Rosario. Detrás hay una historia (o muchas) que quieren que se conozca y se difunda para pensar que la salida siempre es solidaria y colectiva.

La escultura de la que hablan es una “planta de Bartolo” instalada en la vereda, bien frente al ingreso principal de la biblioteca hace 14 años. “La escultura está en la calle, siempre le estamos arreglando algo; pero un día paró un hombre que tiraba de un carro, totalmente sacado y la empezó a romper con mucha saña. Un vecino nos avisó. Cuando vimos esa escena, no queríamos volver a mirar la escultura toda rota. Nos costó elaborarlo, nos preguntamos qué hacemos con esto. Porque sabemos que no fue contra la escultura ni contra la Cachilo. Fue un acto contra el mundo”. Quien habla es Claudia Martínez, coordinadora de esta biblioteca popular.

Como una palabra convoca a la otra y un pensamiento a otro, fueron hilvanando una respuesta al qué hacemos. Surgió entonces “una intervención en el espacio público” para dejar en claro que “el arte vale la pena, tenemos derecho a esto, tiene que ser para todos y lo vamos a seguir sosteniendo”. También para sostener el compromiso asumido en 2008, cuando levantaron la escultura con las pibitas y los pibitos del barrio, de que había que mantenerla.

Visita de la escritora Laura Devetach a la Biblioteca Cachilo

Esta no fue una rotura más de esas que se hacen al pasar, sin querer o las determina el paso del tiempo. Esta se da en un momento de mucha violencia social, de lazos rotos, de una sociedad violentada de miles de maneras. La medida a tomar -marca Claudia- tenía que ser otra. La invitación fue entonces a volver a contar el cuento de Laura Devetch, La planta de Bartolo, a convocar a los primeros hacedores a juntarse con los que están ahora.

Claudia habla de un pase, para que no se naturalice lo que está ahí. Un ejercicio de la memoria que “invite a conocer lo que llevó todo ese proceso de trabajo para levantar la escultura, ese pensamiento colectivo, de pensar en una política estética, de por qué ahí, por qué ese cuento”. 

Lo que siguió fue decir: “Refundemos, contemos, hagamos un acto político público”. También invitar a quienes estuvieron en 2008 y quienes están ahora. Ya muchos, personas adultas, dijeron que sí, darán el presente el sábado 13. “No es solo arreglar la escultura, porque eso sería algo material. Queremos que se rodee de los primeros y de los que vienen”, dice Claudia.

Lo que pasó en la biblioteca lo asocia con lo que está pasando en muchas escuelas que son vandalizadas, atacadas o sus maestras y maestros violentados: “¿Alcanzan los abrazos? ¿Rodear las escuelas? ¿O la biblioteca? Tenemos que poner mucho cuerpo y mucha palabra. Porque esto va a seguir pasando, por este grado de rotura y locura que tiene esta sociedad, más en los barrios donde la violencia es extrema y se naturaliza el horror”.

Quien rompió la escultura, un mediodía de mayo pasado, la pateaba como diciendo “tengo que romper todo porque nada sirve”. Claudia dice que no quiere estar en la cabeza de esa persona ni justificar tanta violencia. Pero como mediadora de la palabra se pregunta “quién será, qué pasará por su cabeza, capaz que nunca fue a la escuela y ahí, en la escultura, había un libro…”. 

Entre libros y hormigón

La idea de hacer una escultura basada en el cuento La planta de Bartolo surgió en 2008, en el taller de plástica. La propuesta era que lo aprendido no quedase en una mesa de trabajo sino que se muestre a la comunidad. “Tiene que ser algo que dure y quede en la biblioteca”, fue la consigna que invitó a pensar qué hacer. 

El trabajo derivó en “una construcción colectiva, entre los mediadores de lecturas, los talleristas, los chicos que venían mucho con la familia y que eran de muy variadas edades”, describe Claudia. Luego tuvieron que decidir sobre los materiales y surgió la propuesta de hacerla con cemento. “El Flaco Ariel fue quien prácticamente dirigió todo eso junto a la profe de taller Elisabeth Williems”, agrega sobre el profesor del taller Ariel Gabiniz.

Siguiendo esa cadena de tarea colectiva, Ariel llamó a la profesora Raquel Martínez Meroi de la Facultad de Humanidades y Artes que enriqueció con sus sugerencias los detalles de los materiales a elegir. Y luego fueron por Don Luján, un albañil del barrio que preparó el hormigón y les enseñó a los chicos cómo se usaba la hormigonera. Los demás papás enseñaron a usar las herramientas.

Foto: Paula Peña

La escultura es un árbol que da libros, caramelos, pájaros, pizzas, autitos y muñecas y pájaros. Hay una nena leyendo, recostada sobre su tronco y sombra. Nunca la quisieron cercar. Tiene un caminito de piedras. También un nido al que cada quien que pasa caminando suele ponerle los algodones que regalan los palos borrachos del barrio. Hace unos años –justo antes de la pandemia– comenzó a crecer una planta de mburucuyá. Rodeó la escultura. La protegió en el tiempo de aislamiento en que la biblioteca permaneció cerrada. Más tarde el mburucuyá dio frutos que cada vecina y vecino que pasó por ahí se llevó de regalo. En todos estos años, desde que está en la puerta de la biblioteca, cada visita escolar que llega conoce la historia de Bartolo. Y por si fuera poco, se multiplican las anécdotas que describen a la planta como una especie de “árbol de la vida” que hace “buenos favores”. “Es que con el paso del tiempo, la escultura se fue resignificando”, marcan desde la Cachilo. 

“El proceso de construcción fue muy interesante, no se tiene que perder, tiene que quedar el mensaje que es posible la esperanza, de que con la belleza se puede conquistar algo más. Porque así como nos fijamos en lo malo que pasó, también están quienes la cuidan, la gente que pasa, la mira, se para al lado”, elige Claudia posicionarse.

Aquella visita

A la autora de La planta de Bartolo le había llegado la noticia de que su cuento se había transformado en una llamativa escultura y era parte del hacer de una biblioteca de barrio. En noviembre de 2018 estaba cerca de Rosario y sin más vueltas decidió ir a conocerla. Allí estuvo Laura Devetach un soleado sábado por la mañana. “Reconozco que es la planta de Bartolo más rara que vi”, recuerda Claudia que expresó al verla, la escritora nacida en Reconquista (Santa Fe).

En aquella visita, la autora de cientos de cuentos infantiles y varias veces premiada por sus trabajos literarios, tuvo palabras de apoyo a la tarea de sostener la memoria que encara la Cachilo. “Hoy cuando la palabra memoria se repite bastante es necesario «hacer memoria» de todas las maneras posibles”, dijo.

Visita de la escritora Laura Devetach a la Biblioteca Cachilo

La planta de Bartolo cuenta la historia de un muchacho que siembra en un gran macetón un “hermoso cuaderno”. De allí creció una planta que daba cuadernos de todos los colores. Los frutos los reparte entre las chicas y los chicos. Hasta que un señor ve en esa planta la oportunidad de hacer un negocio y procura de todas las maneras posibles comprarla. Nunca lo logra porque Bartolo se mantiene firme en que esos cuadernos sean para todos. 

El cuento integra La torre de cubos (1964), uno de los libros censurados por la dictadura cívico militar por considerarlo de “ilimitada fantasía”. “Se desprenden graves falencias tales como simbología confusa, cuestionamientos ideológicos-sociales, objetivos no adecuados al hecho estético, ilimitada fantasía, carencia de estímulos espirituales y trascendentes (…) centrando su temática en los aspectos sociales como crítica a la organización del trabajo, la propiedad privada y el principio de autoridad enfrentando grupos sociales, raciales o económicos con base completamente materialista, como también cuestionando la vida familiar (…)”, advierte la resolución 480, del 23 de mayo de 1979, firmada por el Ministerio de Educación de Santa Fe. Orlando Pérez Cobo era el ministro de la dictadura en la provincia. Aquella resolución pronto alcanzó a convertirse en un decreto de prohibición de alcance nacional. Pasó cuando era ministro Juan Llerena Amadeo, sucesor de Ricardo Bruera (De Los libros de memoria viva, citado en el sitio planlectura.educ.ar).

Laura Devetach se enteró que los cuentos reunidos en La torre de cubos se siguieron leyendo en las escuelas. Las maestras los hacían circular como podían, no nombrando a la autora ni los títulos. Ya en democracia, el libro se reeditó y la escritora santafesina lo dedicó a esas docentes: “A todas las maestras y a todos los maestros que hicieron rodar estos cuentos cuando no se podía ¡Muchas gracias!”.

La invitación de la Cachilo para el sábado 13 de agosto viene con todo ese recorrido de memoria también. La convocatoria para sumarse a la jornada solidaria es acompañada por el fragmento de un poema del Subcomandante Marcos: “Es necesaria una cierta dosis de ternura/ para comenzar a andar con tanto en contra,/ para despertar con tanta noche encima./ Es necesaria una cierta dosis de ternura/ para adivinar, en esta oscuridad, un pedacito de luz,/ para hacer del deber y la vergüenza una orden”.

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