En Villa Banana, los pibes y las pibas del Centro Comunitario Catu se capacitan para hacer control de calidad de aplicaciones y páginas web. Ya son 10 los jóvenes que hicieron el curso y hoy se desempeñan en empresas de la ciudad y la región.

Lo primero que encuentra uno cuando entra a Villa Banana es una cancha de fútbol. Un potrero de fronteras difusas, como suelen ser los potreros: apenas un par de arcos enfrentados con un tejido detrás para evitar que la pelota traspase alguno de los tapiales de las casas que emergen en lo profundo del barrio. En esta tarde fría de junio a la cancha le falta pasto pero le sobran pibes que corretean por el lugar buscando meter la pelota entre los tres palos.

Lo segundo que encuentra uno cuando entra a Villa Banana es el Centro Comunitario Catu. A simple vista el Catu se pierde entre las casas populares de la manzana, con ladrillos de construcción a la vista, un portón grande y ventanas enrejadas. La distingue por un lado la antena gigante de internet que sobresale del techo, y por otro, el movimiento constante de gente que entra y sale del lugar.

En esta tarde fría de junio, en el Catu hay asamblea. Los referentes, con varias capas de abrigo encima, reparten café, mates, torta fritas y pastelitos entre los presentes. En el espacio principal un grupo de chicos y chicas del barrio realizan actividades. De fondo, escrito con fibrón sobre una pizarra, un ejercicio matemático invita a encontrar los números de la primera columna que son iguales a algún número de la segunda columna; los primeros están en decimales, los segundos en fracciones. En el salón lindero los encargados de sostener el lugar charlan justamente sobre eso, sobre cómo organizarse para seguir sosteniendo el lugar.

El temario del día de la fecha tiene varios puntos a charlar entre los que sobresale la intención de reforzar la estructura edilicia del centro comunitario. El objetivo en un futuro –que esperan no sea muy lejano– es poder hacer un Salón de Usos Múltiples. El segundo de los ejes es cómo reactivar la agenda de actividades pospandemia, que en el lugar viene algo demorada.

“Estamos preparándonos para retomar con el comedor y con la copa de leche. Lo único que están haciendo los chicos es el testing, porque lo pueden hacer virtual”, cuenta Claudia Romero con énfasis, con la convicción firme de que lo que se nombra en voz alta se materializa en la realidad.

El entusiasmo renació a partir del contacto con otras personas y de la vida que le da al lugar la circulación de chicos y chicas, pero en este tiempo no siempre fue así.

–Yo hacía como tres meses quería dejar y vender todo. Porque me olvidé del por qué lo hicimos. Pero cuando nos pudimos encontrar volvieron las ganas.

Testing

Diego Díaz tiene 39 años y es uno de los encargados de impartir el taller de testing que se da en el Catu. Le pido que, como si fuese uno de los alumnos, me explique qué es el testing de la forma más pedagógica posible. Y cuenta que en la industria de la informática, al igual que cualquier fábrica, existen diversos roles y que a la hora de construir una nueva aplicación o página web hay gente que trabaja en su desarrollo y gente que la está probando para ver si funciona bien. Ese control de calidad es el testing y quienes ejecutan esa tarea se denominan “testers”.

Con la voz tranquila y pausada, en el salón más apartado del centro comunitario, Diego explica que hay distintas formas de testear un producto, pero que en el curso encontraron la posibilidad de hacer una formación de “testing manual” porque es una forma más rápida de acceder al primer empleo en la industria del software. Es un buen momento para desembarcar en el rubro: el mercado actual necesita gente y con una formación que aporte conocimientos básicos los jóvenes ya están en condiciones de empezar a trabajar.

“El testing manual es el que realiza una persona manualmente y comprueba que la aplicación anda como se supone que tiene que andar. Es el tester el que tiene que asegurar que la aplicación esté hecha de acuerdo a lo que quiere el cliente, o al producto que se está armando en una empresa”, describe el profesor del curso.

Foto: Ignacio Cagliero

Diego es Ingeniero en Software recibido de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) en Rosario. Y si bien aclara que viene del palo de las ciencias “duras y exactas” y no cuenta con formación pedagógica, se las arregla junto a sus compañeros para que las clases sean entretenidas y así poder enganchar a los pibes con algo que puede abrirles muchas puertas en el futuro. “Para nosotros es un desafío tremendo. Lo que tratamos de hacer es mostrarle un horizonte cercano de trabajo. Que representa solucionar un problema material casi urgente”, dice Diego. La motivación cobra mayor sentido desde que la pandemia obligó a la mayoría de las actividades a replegarse al plano virtual. El objetivo es retomar los encuentros presenciales en el corto plazo.

En líneas generales, la mecánica del encuentro se divide en tres partes: una de conexión, más descontracturada, en la que se busca romper el hielo con algún juego para generar un ambiente más ameno entre los participantes. En un segundo momento –más breve y generalmente asociado al juego anterior– se incorporan conceptos. Y la última parte es práctica, a la que se le dedica un mayor período de tiempo y en la que los participantes se encuentran con casos reales similares a los que podrían toparse en un trabajo de testing.

“Se trata de un grupo compartiendo conocimientos, pero desde la base de que todo el mundo tiene un conocimiento para compartir y de que todos vamos a aprender algo. Nosotros estamos aprendiendo justamente eso: cómo enganchar a una generación que es más chica que nosotros, usando los conocimientos que ya tienen. La mayoría de ellos operan dispositivos mucho mejor que lo que nosotros lo hacíamos a su edad porque son nativos”, evalúa.

Inclusión

Como casi todas las cosas de la vida, la historia de por qué un curso de testing desembarca y se mantiene desde 2016 en el Centro Comunitario Catu, en plena zona oeste de Rosario, también tiene su cuota de casualidad. Una persona de barrio Tablada que pide por Facebook alguien que le repare su computadora y el aviso que llega a la persona indicada. La persona indicada es Diego, que pregunta al personal de reparación de la empresa en la que trabaja si alguien estaba dispuesto a arreglar esa computadora para una familia que lo necesitaba. Y una empresa abierta a escuchar el pedido y dispuesta a redoblar la apuesta: proponen donar una. La idea prende.

Según cuenta Diego, cada tres o cuatro años las empresas del sector suelen reemplazar las computadoras vigentes por máquinas más avanzadas, con mayor capacidad, para soportar las distintas necesidades que van surgiendo a medida que la tecnología evoluciona. Eso va generando un caudal de computadoras en muy buen estado pero en desuso. La idea cierra.

Sin embargo, cuando Diego busca contactar a la familia para coordinar la entrega de la máquina, se encuentra con que ya la habían arreglado. Pero en ese diálogo se encuentran con que había algunos otros lugares a los que se podían llevar las computadoras, lugares donde podían ser necesarias. Uno de esos lugares es el Centro Comunitario Catu. Desde la organización primero agradecieron, pero después plantearon una inquietud: “Necesitamos darle una mayor utilidad a esto. ¿Y si hacemos un curso?”. La idea se concreta.

En un principio los cursos apuntaban a nociones básicas del manejo de una computadora, procesadores de textos y planillas. Pero a eso le faltaba algo que en el barrio los pibes demandaban: salida laboral. Por eso decidieron ponerse en contacto con la gente del “Proyecto Nahual”, una iniciativa social que brinda capacitaciones gratuitas orientadas a sectores vulnerados de la sociedad y con un fin claro de empleabilidad en sistemas.

Nahual forma parte de la Fundación TINC (Tecnologías que incluyen) que engloba otros dos proyectos más. Uno es el Club de Chicas Programadoras que apunta a la inclusión de mujeres en el área de desarrollo de software. Los números son llamativos: en los años 70, eran el 75 por ciento del total de inscripciones a carreras vinculadas a computación en la Universidad de Buenos Aires (UBA), pero en la década del 80 –cuando la actividad se hizo fuertemente rentable– las mujeres comenzaron a ser desplazadas y el porcentaje se invirtió. Hoy solo el 11 por ciento de las mujeres se inclina por una carrera afín a la informática.

Diego recuerda que en un primer momento, allá por 2016, sucedió lo que suele ocurrir en muchos de los cursos de este tipo: una inscripción alta por la expectativa que genera algo nuevo en el barrio, pero que viene seguida de una merma importante de los alumnos a medida que avanzan las clases. Pero eso no los asustó, estaban advertidos. Desde el proyecto Nahual, que viene desarrollando los talleres de 2006, les hablaron de un momento fundamental: cuando la primera persona consigue trabajo. Hoy en día ya son diez los chicos y chicas que pasaron por los salones del Catu y se desempeñan en empresas de la ciudad y la región. En el último tiempo también sumaron al espacio al programa Santa Fe Más, que justamente apunta a la capacitación en oficios con salida laboral.

Catu: origen y resistencia

Como muchas de las cosas de la vida, la historia del Catu es una historia motorizada por el dolor. El Centro Comunitario es la forma que encontraron Claudia Romero y Nazareno Sánchez de transformar la pérdida de su hijo David Catu Sánchez en algo que cambiara la vida social del barrio y de quienes lo habitan.

David tenía sólo 7 años cuando murió ahogado en el lago del Parque Independencia. La investigación judicial no aportó demasiados datos: se sabe que el niño estaba junto al padre, que en un momento el chico se aleja y lo pierden de vista y que 6 días después un buzo táctico de la policía rescata su cuerpo del fondo del lago. Para la familia el hecho nunca terminó de esclarecerse del todo, por eso marcharon varios años junto a los Padres del dolor, exigiendo justicia.

Con el tiempo, Claudia y Nazareno se fueron insertando en la vida comunitaria de Villa Banana con la idea en mente de hacer algo que ayude a las infancias. Vendieron empanadas, vendieron rosquitas, hicieron rifas. Juntaron plata. Y la plata fue a comprar y refaccionar la casa donde hoy funciona el Centro Comunitario Catu. Pasaron 20 años del dolor, pero también de la transformación de esa pérdida en un espacio de ayuda y compromiso barrial.

Y Claudia no puede evitar llorar al recordar. “Este lugar es todo para mí porque lo hicimos en homenaje a mi hijo. Hicimos esto porque veíamos un montón de chicos con hambre, mamás que no podían darle su comida”, recuerda mientras saca un pañuelo de su bolsillo, y redondea la idea después de una pausa larga: “A nosotros esto nos mantiene la cabeza ocupada”.

En este tiempo, Claudia encontró refugio en muchas organizaciones que la acompañaron y siguen estando presentes en el día a día del Centro Comunitario. Una es la fundación Encuentro de Organizaciones y Saberes (EOS) para la infancia y la juventud que tiene a Mariel Vallasciani como una de sus referentes. Después de tantos años recorriendo un mismo camino, Claudia y Mariel dicen ser “hermanas de la vida”. Ahora el desafío más urgente que se les presenta, junto a los diversos referentes del espacio, es volver a llenar de chicos el lugar.

En el Centro Comunitario Catu también se brindan capacitaciones de costura y bordado, talleres de batucadas, apoyo educativo para niños y niñas, y hasta funciona un EEMPA. De todos los proyectos, lo único que se pudo sostener fue el curso de testing. Pero la paralización de actividades no fue el único problema que trajo la pandemia: durante los meses de aislamiento de 2020 entraron a robar tres veces, y en 2021 quisieron tomar el lugar. “Tuvimos que venir y plantarnos acá”, rememora con enojo Claudia.

Mariel prefiere pensarlo por la positiva y lo recuerda como un momento de mucha resistencia: “Ahí también fue muy importante el núcleo activo de jóvenes que estuvieron. Porque cuando empezamos con el tema de resistir y decir que al Catu nadie se lo va a llevar, los referentes más históricos nos juntamos, pero fueron los chicos quienes dijeron de quedarse a cuidar el lugar”.

Uno de los jóvenes centinelas se llama Ricardo, pero todos en el Catu le dicen Richard. Tiene 24 años y es del barrio, tiene sentido de pertenencia con el lugar en el que habita y circula desde los 19. En este tiempo incursionó tanto en el taller de testing como en el de programación. Dice que le gustan los dos. Recuerda el día en que estaba en la casa de Claudia y escuchó por primera vez sobre los talleres que despertaron su curiosidad: fue el primero en anotarse.

“Habíamos arrancado con nada, escribíamos en papel y lápiz hasta que fuimos consiguiendo computadoras. Después pasó lo que pasó con los robos y perdimos muchas cosas. Pero estamos intentando arrancar de nuevo”, lamenta. Pero la pérdida de las máquinas –dice– no impide el hecho de aprender: “Si no hay compus tenemos los libros y apuntes, tenemos cosas que nos ayudan a estudiar, fotocopias que muestran paso a paso cómo crear un caso y cómo reportarlo”.

– ¿Cómo te ves en el futuro?

– Si le meto garra, me veo trabajando de esto.

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Un comentario

  1. Alexandri Gutierres

    27/08/2022 en 15:56

    Woao! Que interesante hacer llegar la tecnologia a la s poblaciones mejor favorecidas… y de esa manera! Los felicito. Ya quisiera yo ser por lo menos alguien en este accesorio tecnologico que en ultimas es un grn aporte… la educación con innovacion. 😉

    Responder

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