El periodista y escritor uruguayo Sebastián Chittadini reúne en el libro Los Diegos que no fueron historias de pases frustrados del Pelusa a clubes que se quedaron con las ganas de tenerlo. Rosario Central fue uno de ellos.

Roberto Fontanarrosa, confeso dormilón y Canaya fanático, contó alguna vez: “Sólo dos veces mi mujer me despertó antes de las 10 de la mañana: una fue para decirme que habíamos invadido las Malvinas y la otra fue para decirme que Maradona había firmado en Newell’s”. Este Maradona del humor y de la literatura futbolera quizá se hubiese evitado ese mal trago en 1993 si muchos años antes, en 1978, el Diego pasaba a Rosario Central. “Solicitó condiciones Central por Maradona”, reza el título del diario de finales del 78. El Pelusa, aún en Argentinos Juniors y masticando bronca por haber quedado fuera de ese Mundial en dictadura, declaró: “Ojalá que lo de Central no se enfríe. Espero que me compre”.

El final de la historia es conocido, porque Maradona nunca pasó al club de Arroyito. Pero los avances, retrocesos y perlitas en la negociación están detallados en el libro de Sebastián Chittadini, Los Diegos que no fueron (Fútbol Contado Ediciones) que saldrá a la cancha a principios de septiembre con 37 relatos de clubes que quisieron tener al 10 pero no pudieron. “Esa es una de las historias que más disfruté escribir”, le revela a El Eslabón este hombre tan uruguayo como maradoniano. “Encontré varias notas de prensa de diarios de la época que iban haciendo un seguimiento de las gestiones, de la oferta”. Y hay más: “En el medio hay un viaje relámpago de Diego a Rosario y lo descubre la prensa y lo va a buscar”. En el capítulo dedicado al canaya no faltan personajes de la vida rosarina, como Fontanarrosa. “El Negro es otro de mis grandes referentes. Y lo meto ahí en el texto”. Y hasta aparece la reconocida cantautora italiana Raffaella Carrà, quien tuvo una amistad con Diego y justo andaba de gira por la ciudad al momento en que Maradona sonaba fuerte en Arroyito.

Qué hubiera pasado si…

La vida y obra del Diego está escrita en libros, diarios y revistas, contada –por él mismo, por cercanos y no tan cercanos– en documentales, radios y programas televisivos. Gambetear esos lugares comunes es tan difícil como hacer un gol maradoniano. Podría decirse que con las historias de pases frustrados o rumores de transferencias de Maradona a otros clubes, Sebastián Chittadini hizo un golazo. “Hay ideas que salen sin que las busques, que fue lo que pasó acá”, admite el autor sobre la originalidad de su obra, que nació –como buen cronista que es– en una nota periodística, de un interés del Rayo Vallecano español por contratar esa zurda inmortal, en 1996: “Eso fue lo que inicialmente me dio el pie para el libro. Porque hay poco sobre eso, y yo quería reconstruirlo, ponerle contexto, en qué andaba Diego en ese momento y las cosas que pasaban en el mundo y en el fútbol en ese momento”.

Este periodista en el portal uruguayo Básquet Total y columnista en la revista Túnel y en el sitio argentino Lástima a nadie, maestro comenta que en la búsqueda para esa nota del club madrileño se topó con mucha más información. “La idea me empezó a caminar por delante de los ojos. Veía varias historias de «pudo haber ido acá… tal club lo quiso… o estuvo cerca de…». Y cada vez empecé a encontrar más y ahí me saltó que tenía algo”. Le compartió la idea a Francisco Clavenzani, de la editorial Fútbol Contado, que le devolvió la pared. Y encararon. “A medida que iba buscando material para escribir las historias, me encontraba con otra. Así que hay unas 10 u 11 más que quedaron afuera, para una próxima edición”. El libro cierra en 37, explica, porque “es un número simbólico, ya que es la edad que él cumple una semana después de su último partido con Boca”.

A medida que brotaban las historias de interesados en Diego, las fue volcando al papel, y luego en el libro las ordenó cronológicamente en cuatro capítulos: Dieguito, Maradona, El Diego y Diegote. “Entrás al libro con un Diego de 16 años y te vas con uno de 53”, cuando lo tentaron equipos como Excursionistas, en 2005 y Riestra en 2014. “Vas viendo lo que va pasando con él, recordando cosas, algunos datos que quizá no se sabían tanto”, dice. 

Las Palmas abajo 

La primera transferencia europea de Diego Maradona fue al Barcelona, a mediados de 1982, antes de pasar por Boca y Argentinos Juniors, el club de sus amores y su club natal, respectivamente. Pero en España, antes del Barsa, fueron varios los que preguntaron por él, aunque no tuvieron la suerte (ni el dinero) de los catalanes. “Los primeros pases que no se dieron son a clubes españoles. Las Palmas, el Burgos, el Tenerife, el Zaragoza. Eso ocurrió entre los años 76 y 77”, y en el libro se pueden encontrar en el capítulo Dieguito. “Esa es la primera de las cuatro partes, que va del 76 al 82”. En esa primera etapa también lo quisieron el Sheffield United, el América de Cali y hasta el Loma Negra de Olavarría.

Pero en estas páginas también se leerán nombres como el Shizuoka PJM Futures de Japón, Unión de Santa Fe, Defensor Sporting de Uruguay. Y este es tremendo: El Pozo Murcia de ¡fútbol sala! “Hay un montón de gestiones, de clubes que aparecieron. Algunos son disparatados en esos inicios y cuando ya estaba retirado, que también había rumores de posibles vueltas al fútbol”. Allí, figuran Colón, Cipolletti, el recordado Badajoz español de Marcelo Tinelli, y los del ascenso argentino. “Hay otras exóticas en sus períodos de suspensiones” por doping. “Hay de todo –resume–, algunas negociaciones arrancaron, otras fueron sólo rumores, algún tiro al aire de algún dirigente”.

El autor asegura que “al que es maradoniano le va a gustar encontrarse con algunos hallazgos”, y advierte: “A quien no lo es, va a acercarse de otra manera”, ya que “más allá de que las historias son de clubes que lo quisieron, en el libro también se ve la evolución de Diego como persona. Es un poco lo que busqué y espero haberlo logrado”.

Yo soy el Diego de la gente de Uruguay

El botija de 9 años que era Sebastián Chittadini en 1986 quedó obnubilado con lo que veía por TV. Diego Armando Maradona apiló y dejó en el camino a cualquier inglés que intentó en vano quitarle el balón. Y anotó el gol de su vida. Y del siglo de los siglos. Amén. De todas maneras, D10S confesó: “Mi mejor partido fue contra Uruguay”, en referencia al que disputaron en los octavos de final de ese mismo Mundial. “Ese de México fue el primero que vi con uso de razón futbolística. Con ese segundo gol a los ingleses quedé maravillado como todo el mundo”, recuerda este hincha de la Celeste, que también padeció al 10 en la instancia anterior.

Sebastián asegura que aquello fue “un amor a primera vista”, que se consolidó en un viaje a Buenos Aires ese mismo año. “Yo jugaba en el fútbol infantil acá, y me tocó ir a la Argentina, en unas «cruzadas rioplatenses» que les llamaban, que era una especie de intercambio. Un equipo de acá iba una semana allá, y te quedabas en la casa de un chico de allá. Y después de jugar, ellos venían para acá”. Resulta que en su estadía en CABA paró en lo de una familia que lo enfermó de Maradona: “El cuarto del pibe donde me quedé estaba todo empapelado con la cara del Diego. Nos comprábamos los (botines) Pumas que usaba él, me traje un Gráfico (por la revista) que tenía un póster de Diego. Y eso me quedó”. Y tanto le quedó que “en el 90 me emocioné con sus lágrimas, en el 94 ni hablar”. De aquel último Mundial del más grande, rememora: “Yo estaba en el último año del Liceo, que es el secundario, y jugaba Argentina-Grecia. Con un compañero resolvimos salirnos de la clase e irnos a un bar que quedaba cerca. Estaba lleno de gente, repleto. Cuando hace el cuarto gol yo me paré y lo grité enfervorizado. Todo el mundo me miraba, no entendían nada”.

Chittadini reconoce que “lo normal es que con la rivalidad que hay entre nosotros a nivel deportivo, uno pueda decir que Maradona es un fenómeno y todo, pero siempre le querés ganar”. Al parecer, el clásico rioplatense queda a un lado cuando se trata del Diego. “Es un amor fuerte que tengo hacia su persona, al jugador. Me leo y miro todo de él”. A tal punto que “yo acá me pongo en ese papel de ir evangelizando gente con el Diego. Los maradonianos no elegimos donde nacer, estamos en todos lados. Es una cuestión muy fuerte, que no puedo explicarlo”.

Salvo un año y medio que vivió en España, Sebastián no se movió de su país. Ahora reside en Ciudad de la Costa, una localidad plagada de balnearios –como su nombre denota– ubicada en el departamento (provincia, para nosotros) Canelones, a menos de 20 kilómetros del centro de Montevideo, su ciudad natal. Admite que “uno admira deportistas de otros países, más en un mundo globalizado como el de hoy. Pero esto es otra historia”. Y asegura: “Conozco muchos uruguayos que son así”.

Chittadini nació hincha de Peñarol por tradición familiar, pero con el tiempo comprobó que lo que cambiaba su ánimo, para bien y para mal, era la suerte de la Selección de Uruguay. “Ya en la adolescencia me iba a las prácticas de la Selección, incluso en horario de clases. Para ver al Enzo, a Ruben Sosa, a Alzamendi”. Y lo que a muchos le pasa con sus equipos, a él le ocurre con la Celeste: “Me ponía muy mal cuando quedábamos afuera de los mundiales. He faltado al trabajo por amistosos de mierda de la Selección. Eso no lo hice por ningún club”.

Su fanatismo llegó a tal punto que le dedicó el primer libro de su autoría Que vuelva la Celeste de antes, en 2017. Y como Charrúa de pura cepa, también admira a Obdulio Varela, el Negro Jefe, ícono de la Selección y héroe del Maracanazo, por quien –en 2018– escribió Segunda vuelta obdulista. Los Diegos que no fueron era lo que le faltaba: “Escribir este libro es un sueño cumplido por todo lo que significa Diego para mi”.

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