Vista -o pensada- desde Barcelona, Argentina queda muy lejos. Su recuerdo, o mejor dicho, su idea, desde este lugar parece una mera abstracción.

Pero Argentina no es solamente una referencia exterior. Es asimismo un conjunto de sensaciones, imágenes, percepciones, que nos van acompañando al desplazarnos por el mundo, como si fuese un entorno existencial que jamás nos abandona.

Seguramente por eso, cuando el día viernes despertamos con la noticia del atentado a Cristina en La Recoleta, lo vivimos como si estuviese ocurriendo muy cerca. Sentíamos la misma angustia, la misma desazón, que debían sentir millones de argentinos en el suelo patrio.

Aunque había una diferencia, que estaba dada por la distancia. La distancia hacía que la angustia fuese mayor, porque no teníamos modo de compartirla, lo cual siempre representa una buena manera de atravesarla, exorcizando el dolor y la pena que inevitablemente genera.

Pero a los pocos minutos nos enteramos de que en el suelo patrio se estaban organizando numerosas movilizaciones para expresar la solidaridad con nuestra líder y conductora. Ello nos hizo sentir el deseo de participar de esas movilizaciones, por lo que imaginamos que bien podríamos ir a algún lugar muy transitado de Barcelona, como las ramblas o la plaza Cataluña, para expresar nuestra solidaridad por medio de una pancarta.

No fue necesario. Un rato más tarde recibimos una convocatoria de HIJOS y otras organizaciones de argentinos residentes en esta ciudad, para participar de un acto frente al consulado argentino local.

Allí marchamos a las dieciocho, para encontrarnos con un centenar de compatriotas que habían respondido a la convocatoria. Era un grupo variopinto, formado por personas mayores -seguramente que exiliados en tiempos de la dictadura, del menemismo o de la crisis del 2001- y jóvenes, una buena cantidad de jóvenes, movidos por los mismos sentimientos que experimentábamos los viejos que estábamos presentes.

Había banderas argentinas y carteles de repudio al atentado y adhesión a Cristina. Algunos pronunciaron palabras alusivas, otras cantaron canciones típicas de nuestra cultura popular, pero lo que sonó más fuerte fue ese cántico que dice: “si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar”.

A nuestro alrededor pasaban muchas personas, no sólo catalanas sino de muchos países del mundo. Algunos pasaban de largo, otros se detenían, sin que supieran demasiado qué significaba todo aquello.

Pero, en realidad, eso no suponía problema alguno, porque la fuerza de ese centenar de argentinos era inmensa e inconmensurable, y lograba proyectarse por encima de los mares, para plegarse a la potencia majestuosa del pueblo argentino, que una vez más decía “presente” en las calles.

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