educación

 

Algunos optimistas pensaban que la sociedad iba a mejorar después del impacto de  la pandemia. Seis millones y medio de muertes en el mundo, 130 mil en Argentina, parecían cifras de tal envergadura que producirían la modificación de conductas, convirtiéndonos en mejores personas. No fue así. Solo a modo de ejemplo, los dos mil millonarios (que tienen más de mil millones de dólares cada uno) poseen lo mismo que la mitad de la población mundial. No esperemos cambios.

Por estas horas, después del escalofriante episodio del jueves pasado, volvimos a escuchar voces que aseguraban que asistiríamos a transformaciones,  reconocimiento de errores, conversiones. Falso. Basta verlo en los canales de siempre, en los medios de siempre, en las redes de siempre. Mientas Alejandro Biondini, caracterizado nazi vernáculo, repudiaba el atentado a nuestra vicepresidenta, Patricia Bullrich no dijo ni mu.

Si lo que esperamos son masivos “abuenamientos”, responsabilidad ciudadana, comprensión, equilibrio, generosidad, perdamos las esperanzas, sencillamente no ocurrirá. No habrá magia.

Veámoslo como una certeza que, lejos de abatirnos, nos ofrezca las fuerzas para sostener los caminos probados, que son la lucha perseverante, la pasión militante, la transmisión pacífica de nuestras convicciones, la persuasión constante y el debate de ideas.

Es en ese marco que ratificamos el valor que tiene la educación como herramienta para construir sociedades diferentes. Hace tiempo lo sostenemos, y en estos días con mayor intensidad: la escuela debe profundizar su carácter contracultural, como institución poseedora de una conciencia ética mayor que el resto de la sociedad.

Es necesario construir una escuela que no forme subjetividades individuales, que construya la “necesidad del otro”, que trabaje el valor de la verdad y enseñe a sus estudiantes a salir del rol de espectadores y a preferir la ley.

Y lo más importante, en este mundo en guerra y con nuestra patria que transita uno de los momentos más dramáticos de su historia, corresponde a la educación asumir un rol muy activo en la promoción de la paz. Inmersos en esa profunda tensión dramática, los educadores decimos que no somos neutrales y tomamos posición escogiendo la vida, la expansión de derechos, la convivencia pacífica, el conocimiento y la igualdad.

Sabemos que no es un proceso sencillo, porque el acto de educar exige posicionamientos y decisiones subjetivas, que se enlazan con historias personales. Elegir ciertos caminos requiere férreas convicciones y educadores comprometidos. Paulo Freire se refería a los intelectuales del no ver, que son aquellos que analizan la sociedad como si no formarán parte de ella. Los educadores debemos tomar la palabra en nombre de la humanidad, y recordar lo que la sociedad tiende a olvidar.

Una vez más: el tiempo de hoy nos exige que consolidemos una escuela humanista, constructora de un nosotros potente, que enseñe el mundo sin simplificarlo, en toda su complejidad. No puede haber silencio pedagógico en la escuela, respecto de la violencia, el odio y la discriminación, en momentos en que rozamos los límites de lo tenebroso y peligra la democracia.

El jueves pasado la sociedad argentina asistió a una escena de espanto; sería gravísimo no comprender la gravedad de ese acto.

 

*Educador. Director General de Educación y Cultura de la provincia de Buenos Aires. Ex ministro de Educación de la Nación.

 

 

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