educación

 

Ante las diversas infancias y adolescencias actuales, surgen interrogantes sobre las formas de contener los desbordes que se presentan a diario en las escuelas, tanto desde la adquisición de los contenidos, como en las distintas manifestaciones que van desde el acoso, las burlas en las redes, las peleas físicas y el comúnmente denominado fracaso escolar.

Cuando pensamos en tramas de sostén, pensamos también en adultxs que puedan tejer redes y abarcar o abrazar estas infancias y adolescencias. El lugar primero de referencia es la tribu familiar, si hay alguien que se ocupa, vela o desvela por ese niño o niña, y es allí donde empezamos a encontrar los primeros huecos en la trama. Observamos adultxs con características diversas: sobreocupados, sobreexigidos por la economía familiar, abstraídos en pantallas que permiten la evasión de realidades agobiantes, o la ausencia física y emocional. Esto da lugar a infancias y adolescencias que naufragan en un mar que pareciera no tener orilla o borde del cual asirse y es, generalmente, en la escuela el sitio en el que se manifiestan los síntomas de la angustia en que los sume el desamparo.

Qué hacer frente a la demanda de amor y cuidado, con docentes también sobrecargados, con obligaciones de dar contenidos que muchas veces no contienen, con sueldos magros que no alcanzan y la necesidad de trabajar en dos o más lugares.

Tristemente, en los tiempos que corren, esas infancias y adolescencias dolidas suelen etiquetarse con diagnósticos cerrados que entrampan, discapacitan e impiden mirar a la persona que lo porta. En casos extremos se recurre a la medicalización, obturando un síntoma y todo lo que subyace detrás.

Los diagnósticos parecieran apaciguar a madres, padres y escuela, borrando el nombre de la persona y pasando a ser solo el nombre del diagnóstico.

Y es ahí en donde aparece el imperioso afán de buscar una salida que habilite alojar a estas infancias y adolescencias, de establecer vías para que el afecto circule dentro de las escuelas. Para ello se precisa una formación docente que posibilite que quien está a cargo de grupos de estudiantes tenga recursos para poder crear lazos de afectividad. Para ello es urgente una capacitación permanente, que mire, estudie, comprenda y pueda actuar en estos nuevos escenarios en los cuales es fundamental entender a las infancias y adolescencias actuales, sus lenguajes, sus códigos, los diferentes modos de expresar deseos y demandas.

Dejo a continuación dos cuentos a modo de ilustrar diferentes miradas docentes(**).

“Como vos”

La Cuello no se reía, no saltaba a la cuerda, no llevaba merienda ni siquiera se peinaba. Mi mamá no me deja, le decíamos cuando nos pedía prestadas las fibras de brillitos. Tu casa queda muy lejos, repetíamos cuando no le dábamos la invitación para un cumpleaños.

Sabíamos todo de ella. Qué se subía las medias cuando pasaba al frente, que apretaba fuerte el lápiz, que no usaba colores, que guardaba los útiles en una bolsa de súper. Todo sabíamos. Todo.

Menos que su madre se había ido cuando tenía dos años, que su tío le subía la falda algunas tardes cuando quedaban en su casa, que tenía un padre que tomaba mucho y que la foto que guardaba en su carterita era la del hermano muerto en un asalto.

Ella levantaba un hombro, así, diciendo qué me importa cuando no la elegíamos para hacer grupo y la maestra nos obligaba a incorporarla en alguno.

La misma maestra que una vez preguntó quién sabía bailar y la Cuello brilló como una hoguera en el festival de fin de año.

La misma maestra que le regalaba crayones y le ponía Excelente a sus pruebas de lápiz apretado fuerte. Yo era parecida a vos, le dijo un día la seño y le pasó la mano por el pelo. Yo era parecida a vos, le dijo y le abrió los sueños para creer que ella también, ella también un día podía ser como la seño.

La Ramos

En mi grado había una niña, la Ramos, a la que le decían piojosa. Nadie quería juntarse con ella. Era pésima como alumna. Llevaba el guardapolvo desprendido y nunca tenía merienda. Andaba sola, y las maestras no la querían. Ramos, le decían, fuerte, con rabia, cuando ella mordisqueaba el lápiz y se quedaba, la mirada fija en el pizarrón sin escribir. Ramos, al frente. Y ella pasaba y se quedaba enrollando su corbata entre los dedos. La maestra sabía que ella no había estudiado. Lo sabía, pero igual la enfrentaba al desconsuelo de hacer público su dolor.

Yo le miraba las manos, pequeñas, oscuras, flaquitas, de uñas sucias. Yo la miraba y desde los diez años, aprendí a odiar a todos los maestros que se ensañaban con las Ramos. Que a propósito y diciendo que era una oportunidad de levantar las notas, sometían a la angustia insoslayable, a la que sólo la conocen los niños, a aquella niña que tal vez sólo hubiera necesitado una seño que le suene los mocos y le pase la mano por el pelo, y le prenda los botones del guardapolvo.

Quien sabe, quien sabe si al abrochar esos botones le abotonaban también algún ojal del alma por donde se le deshilachaba la infancia.

 

*Psicopedagoga. Integra el Fórum Infancias.

(**)  Es posible la ternura en la escuela (Editorial Miño y Dávila).  Autora: Nora Inés Dolagaray.

(**)Como vos y La Ramos, del libro Brasas (Editorial Sudestada).  Autora: Marcela Alluz

 

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