Yo no sé, no. Los viernes, pasando la una de la tarde, cuando volvíamos de la escuela, por el modo, la actitud, el guardapolvo arrugado y la sonrisa descansando entre cachete y cachete, cualquiera al vernos podía reconocer que en esos instantes comenzaba el fin de semana. Una vez, cruzando la vía de Acindar, la mujer de Titino, el que fabricaba escobas, a la que le decíamos doña Titina, que cosía y hacía remiendos en el patio de su casa, nos dijo: “Cuando los veo a ustedes, por como vienen, reconozco el viernes”. Para nosotros, terminaba la semana. Para ella sólo cambiaba de ritmo, porque como era muy eficiente con el tema de arreglar pilchas y además reconocida por lo rápida, viernes, sábados y domingos eran los días que más trabajaba.

La primera vez que cruzamos Seguí, pasando Saavedra entre San Nicolás y Cafferata, para ir a jugar en una cancha de 7, algunos sentíamos un extraño julepe, sólo Pedro estaba tranquilo. Cuando nos estábamos poniendo las medias de algodón, las blancas, me dijo: “Tranqui, estamos con José y estos, los de este lado del barrio, a José lo junan y lo reconocen como bueno para las piñas».

Mientras tanto, a la semana siguiente ya entrados los primeros días de septiembre, en el colegio nos darían una especie de reconocimiento, en algunos casos por el promedio de las notas, en otros por la disciplina y también por eso de mejor compañero o compañera. Con Pedro, tanto por el promedio de las notas como por la disciplina, no teníamos mérito alguno.

Aparte, ser el mejor en algo no nos entusiasmaba, con el reconocimiento de ser un buen compañero bastaba. Teníamos casi doce años y el jugar con las bolitas lo íbamos dejando de a poco con el veneno de nunca haberle podido ganar a Cepillo, uno que vivía por Cafferata y Centeno. Él sí tenía el mérito y el reconocimiento de ser el mejor con su acerito como punti, y cuando te apuntaba estabas frito.

Pedro se hacía el lindo fumando cigarrillos de un paquete de Big Beng que compramos a medias, haciendo entre pitada y pitada redondeles de humo cuando estábamos cerca de las pibas. “En esto soy muy bueno, me lo tendrán que reconocer”, decía mientras se mandaba hasta cuatro argollitas en fila de mayor a menor. Pasaron unos años y en unos septiembres que recién arrancaban nos encontramos envueltos en una lucha con brotes juveniles que tenían, entre otras cosas, el reconocer y reconocerse en una Patria para Todos. A pesar de los momentos convulsionados y difíciles, las y los compañeros tenían, teníamos, un mérito: estar siempre o casi siempre contentos. A veces pienso que nos reconocían por nuestras sonrisas, ser parte de una revuelta nacional y popular no lo podíamos disimular. La semana pasada, cuando agosto se iba haciendo a un lado, vimos cómo unos brotes, y no tan brotes, se juntaban y marchaban como  anunciando una primavera que, aún en estos tiempos difíciles en lo económico y en lo social, nos agarre reconociendo al enemigo de la Patria y reconociendo el mérito que tuvo, tiene y tendrá abrazar la lucha por la liberación nacional. Arranca septiembre y reconocemos que una sonrisa, como aquellas sonrisas, en nuestros rostros se instaló.

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