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“Seño Flor, gracias por tanto cariño”, se lee en lo que simula ser el marco de una gran foto donde la protagonista es Florencia Dietrich, recién jubilada en la docencia. La historia de la Seño Flor arranca 35 años atrás, cuando se recibió de maestra en el Normal 3 y empezó rápidamente a trabajar en la Escuela N°1182 San Luis Gonzaga, enseñó en otras escuelas y en el nivel superior también. Su trayectoria docente se extiende hoy en la tarea de alfabetizar en la Unidad Penitenciaria N° 6. “Que nunca se apague el entusiasmo, que no se pierda nunca la esperanza”, expresa a modo de deseo pero sobre todo como legado para quien quiera enseñar.

La charla con Florencia se da antes del receso escolar de invierno, recorriendo pasillos y salones de su querida Escuela San Luis Gonzaga, ubicada en el corazón de Empalme Graneros. A cada paso repite que es parte de su vida, que cuando empezó a trabajar allí nunca le pesaron la hora y pico en el 110, tanto de ida como de vuelta. Y que si había algo que siempre tuvo en claro era que para unirse a la tarea pedagógica no podía ser para estar detrás de un escritorio.

En esa misma jornada de la entrevista, una de las asistentes escolares la buscaba por la vicedirección -el cargo que ocupaba en ese momento y con el que se jubiló- por las aulas, pero nada. Florencia estaba -haciendo honor a su principio de priorizar los vínculos- conversando con un grupo de mamás que asistían a un taller de carpintería que la escuela les ofrecía.

A la San Luis Gonzaga asisten niñas y niños de familias humildes. Por eso el empeño de la escuela en darles lo mejor es doble. Y eso se corrobora en los recursos de los que dispone, empezando por una hermosa biblioteca que oficia también de espacio para reunirse, proyectar películas y también organizar debates entre las chicas y los chicos. “La escuela es una perlita, como un oasis en el barrio”, diferencia la docente del contexto de violencia que se vive en la ciudad y agrega: “Tratamos de generar un clima agradable, que el chico esté contento, que viva su infancia, que coseche amistades”.

La participación de las infancias

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Florencia Dietrich junto a un grupo de chicas y chicos de la Escuela San Luis Gonzaga.

La charla continuó caminando la escuela. Dos murales sobresalen en la pared del gimnasio. Son de dos grandes muralistas de Rosario: uno de Jorge Molina, otro de Anne Gabillot. Florencia recuerda cada detalle del día que los pintaron, más del entusiasmo de las alumnas y los alumnos en aquella jornada.

Los murales, los colores, el espacio de juego empujan el intercambio a una característica propia del trabajo sostenido por la profesora a lo largo de toda su carrera: la participación de las infancias en los aprendizajes. “Yo estoy convencida que la corriente pedagógica de la Escuela Nueva, de la Escuela Activa, de la pedagogía de la acción es el camino válido. Me parece maravillosa la experiencia de las Cossettini, difícil de imitar, sin embargo sí se pueden tomar cosas muy bellas para llevarlas adelante. Es factible hacerlo”, argumenta.

El ejemplo de lo que lograron plasmar de esa mirada pedagógica fue preocuparse porque “la escuela funcione de manera democrática, que los chicos vivencien, respiren en un clima democrático, que participen de manera genuina”.

En las palabras de Florencia Dietrich esto implica no quedarse con una clase de educación ciudadana sino “experimentar esas ideas todo el tiempo”. En su escuela lograron pasar del dicho al hecho con una experiencia que merece ser conocida: el Consejo de Niños. La idea la tomaron del Consejo instalado en Rosario, y que se inspira en la filosofía de Francesco Tonucci. También de pensar una alternativa posible para la primaria. “Las escuelas secundarias tienen sus centros de estudiantes, vamos a experimentar con el Consejo”, se animaron por 2009 cuando comenzaron con la propuesta.

“Queríamos que el chico pueda proponer, elegir, decidir, opinar y que su opinión no sea censurada, y que experimente trabajar en grupo”, repasa de las razones que encendieron la iniciativa. Los temas que toman son de lo más variados. Entre los últimos se destaca cuando hablaron de la pandemia, de cómo se sintieron y qué esperaban de la escuela.

Recuerda que cuando comenzaron fue un tiempo de aprendizajes para todas y todos: “Les propusimos discusiones grupales y hacer una lista de lo que quisieran mejorar y cambiar. Pidieron desde poner césped sintético en el gimnasio hasta espejos en los baños. Algunas cosas eran imposibles. Pero todo siempre se fue charlando”.

Nunca rendirse

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La educadora también enseñó en el profesorado del Verbo Encarnado.

Florencia Dietrich trabajó casi toda su carrera en la que a cada rato menciona como su “querida escuela”. Otro tiempo en el Colegio Los Arrayanes donde fue directora y también enseñó en escuelas secundarias. De esta última comparte una experiencia que dice es clarificadora de por qué quien se piensa docente nunca debe rendirse.

Era un grupo de primero y otro de segundo año de adolescentes de los que se decía “integraban bandas delictivas”. “Me preguntaba qué hago, no puedo mirar para otro lado. Esos chicos estaban en el secundario y no sabían leer ni escribir. Se me ocurrió hacer contacto con la Escuela Móvil (un programa municipal). Era la primera vez que salían en una visita didáctica a diferentes espacios. Al regreso hicimos un mural contando la experiencia, tuvieron sus bitácoras y empezaron a escribir. Comprobé una vez más que es posible salir adelante”, rescata.

Llegó julio, la jubilación y Florencia se despidió de su escuela de Empalme Graneros y de sus clases en el profesorado del Instituto Verbo Encarnado. Además de maestra de grado, se graduó como profesora y licenciada en Ciencias de la Educación (UNR).

“Hace más de un año que estoy vinculada al grupo de Alfabetización Santa Fe y con otra compañera también jubilada, estamos yendo a alfabetizar a la Unidad Penitenciaria N° 6”, compartía su decisión de seguir enseñando ya de manera voluntaria.

La conversación con Florencia se extiende hasta la salida de la escuela. Es casi con la despedida cuando comparte algunas imágenes que elige subrayar en el trabajo docente: “Lo maravilloso es el vínculo, el afecto, con los alumnos y colegas. El desafío es mantener la llama del entusiasmo, que no se apague con los sinsabores, con los obstáculos, con los conflictos. Que nunca se pierda la esperanza”.

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