El investigador y docente universitario Diego Sztulwark analizó los efectos que generó y el contexto en que sucedió el magnicidio fallido contra la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner.

El jueves 1° de septiembre de 2022 quedará grabado en la memoria histórica de la política argentina. Ese día, ya de noche, a las 20.50, intentaron asesinar a la ex mandataria y actual vicepresidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner cuando llegaba a su domicilio particular en la ciudad de Buenos Aires. Fernando Sabag Montiel, de 35 años, estuvo acompañado por su novia Brenda Uliarte, presentada como vendedora de copos de azúcar, en la planificación del acto. El autor material del hecho, de gorro y barbijo, filtró su brazo entre la muchedumbre que sonreía, alentaba, saludaba, fotografiaba y filmaba a la líder popular más importante de los últimos tiempos, en respaldo ante el acoso judicial, político y mediático en su contra, y empuñando un arma cargada gatilló rodeado de simpatizantes kirchneristas a menos de cincuenta centímetros del rostro de Cristina con la intención de matarla. La bala, por impericia del homicida en potencia, por una cuestión mecánica, metafísica o pura suerte, no salió. Los militantes cercanos, estupefactos, enseguida lo redujeron. La pareja detenida participó en manifestaciones previas de impronta neonazi y antikirchnerista. La imagen de la tentativa de magnicidio, registrada por cámaras de televisión y teléfonos celulares, se repite una y otra vez y vuelve a estremecer. Más allá de las acciones de repudio público, ¿se tomó real dimensión del brutal acontecimiento?

Mientras avanza la investigación judicial por la agresión criminal contra la vicepresidenta, El Eslabón entrevistó al investigador Diego Sztulwark y le pidió que reflexione sobre los ecos que dejó el atentado, su impacto político-mediático, las nuevas articulaciones y dispositivos de las derechas y sus expresiones violentas. El escritor y docente universitario analizó el contexto de persecución contra CFK, el duro clima social, de crisis y ajuste económico en el que sucedió el ataque. “Fue un magnicidio fallido pero una escena comunicacional exitosa”, diferenció al hablar de los “sujetos de pantalla”. También dijo que el problema no es el discurso del odio sino una política específica que enhebra la violencia reaccionaria, de corte neofascista, donde a la vez se ve una derecha que “recluta subjetividades frustradas”. Sztulwark destacó como el dato más saliente la inmediata y multitudinaria reacción popular frente a la amenaza consumada, con un sistema político que en general pareció no estar a la altura de las circunstancias.

—¿Qué dimensión le das al atentado contra CFK?

—Estamos acostumbrados a entender la política en la dimensión del sistema político, que si bien es importante también es muy formal. En ese contexto no pasó demasiado. En una dinámica de polarización, el atentado no parece haber sido un gran punto de inflexión, en el sentido de que no hubo ningún acto que presupone un cambio de dinámica en ese nivel. Tampoco la CGT logró ponerse de acuerdo para convocar a una manifestación, paro o marcha que fuera capaz de exponer cómo la violencia política podría estar expresando una voluntad de tipo regresiva. Eso no ocurrió. Pero lo que sí ocurrió, y me parece muy importante, es una manifestación pública, una Plaza de Mayo y alrededores llenos, también en varios lugares del país, muy autoconvocada, difundida en menos de 24 horas. El dato o punto de inflexión a partir de la escena del magnicidio fallido a Cristina, es una reacción popular, y siento que esa es la válvula principal que está intentando procesar cuál es la magnitud de la amenaza que se cierne sobre, lo que llamaría, la dinámica democrática, para distinguirla del sistema democrático. El sistema democrático deja mucho que desear, mientras que la dinámica democrática es la capacidad que tiene el pueblo de autoconstruirse, activarse y participar en luchas. Y hoy tiene mucho más que decir que el sistema democrático. 

—¿Qué cambia la acción de que alguien haya decidido apretar el gatillo, más allá de que la bala no haya salido, para intentar consumar la eliminación física del adversario político-electoral? 

—Hay una historia en el plano simbólico, no sólo físico, inmediato, de la violencia política en la Argentina. Si nos vamos a la historia más reciente, incluso durante la pandemia, hubo todo tipo de performance de la derecha, con bolsas mortuorias, una guillotina, etcétera. Pensemos en el período del gobierno de Macri todo lo que se jugó en torno a los asesinatos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, que además fueron reivindicaciones simbólicas muy fuertes de la derecha oligárquica, que considera la propiedad privada como fundamento jurídico del Estado. No es difícil rastrear los momentos de violencia física y simbólica que la derecha activa para controlar a la sociedad y organizar estrategias de acuerdo a sus intereses. Acá, al apuntar a Cristina, se cruzó una frontera. Hay que decir que este es un gobierno llamado popular, con Cristina como vicepresidenta, que está aplicando políticas de ajuste económico que producen empobrecimiento y exclusión, y eso es condición de posibilidad y fundamento para generar odio, que después la derecha canaliza. No se puede suponer que el odio sea un discurso de la derecha, como si el discurso fuera simplemente la capacidad de enunciar. Los discursos siempre son capacidades de enunciar que articulan con condiciones extra discursivas.

—¿Hay discurso de odio político y de discriminación social que se esparce en medios de comunicación y hace de caldo de cultivo?

—Lo que vimos estos días es un atentado fallido pero una escena comunicacional exitosa. Se nos mostró en una representación extrema, límite, a los ojos de todo el mundo, cuál es la esencia de la política de la derecha, que va desde la Campaña del Desierto hasta la última dictadura, y que consiste en aniquilar aquel que es percibido como un obstáculo. Lo que tenemos que preguntarnos es cómo opera la violencia de derecha. Hoy no opera como en 1976-1983 por medio de las fuerzas armadas, tampoco al modo de las Ligas Patrióticas, en las décadas del 10 o del 20. Hoy se dispone de un conjunto de dispositivos: el Poder Judicial, control sobre la moneda, los grandes medios, cierto lenguaje en redes sociales, fuerzas de seguridad. Pero también la detección continua, el peinado a contrapelo, el monitoreo capilar de todas las subculturas donde sujetos legítimamente frustrados, de subjetividades desalentadas, que consumen elementos de una subcultura de tipo fascista global, pueden ser reclutables para operaciones de tipo sicariato u otras. Entonces cuando hoy decimos derecha quizá estamos hablando de un enhebramiento de todos estos dispositivos, y no sólo del macrismo o Patricia Bullrich.

—¿Qué significa que se intente instalar alrededor del atentado la teoría de los dos demonios y se llegue a hablar de que fue “un montaje”?

—En ciertos medios empezó rápidamente a aparecer una lectura reaccionaria de que habría dos focos de discurso del odio por iguales. Esto lleva toda una discusión sobre el odio. Es erróneo pensar que algunos de los sujetos públicos tendrían el monopolio del discurso del odio. El odio es una pasión y los sujetos humanos tenemos cuerpo y pasiones. El odio, como el amor, son formas muy elementales del conocimiento colectivo. No creo que el problema sea el discurso del odio, sino una política específica que enhebra la violencia reaccionaria, neofascista, que tiene objetivos históricos específicos. Por otro lado, no es cierto que en Argentina existan dos voluntades articulatorias de políticas reaccionarias que utilizan la violencia derechistamente. Esa es la teoría de los dos demonios. Cuando uno ve de dónde viene la violencia política y dónde apunta, es unilineal, de un sector a otro. Otra idea más difícil de pensar es que habría personas que no aceptan que lo que se vio en la televisión sea real, que podría ser parte de un montaje, de un complot. El complot es lo que se articuló para asesinar a Cristina o el complot es lo que se organizó, al contrario, para difundir una imagen victimista de Cristina que beneficiaría al kirchnerismo en un momento de mucha debilidad política y de precariedad económica. Estamos hablando de sujetos ya advertidos sobre que la realidad no es lo que se nos muestra, que siempre hay un complot del dinero, y que las personas siempre tenemos el derecho a estar en situación de sospecha ante lo que se nos muestra. Las personas que dicen “esto no ocurrió” están haciendo un uso legítimo de la duda, de la desconfianza. Pero en este caso la imagen de lo que ocurrió es contundente y fue mostrada desde varios ángulos. Entonces, quizás lo que está ocurriendo es que los sujetos de pantalla, que decidieron extraer de la híper realidad las coordenadas para identificarse y decidir sus comportamientos, lo que hubieran querido es que la bala salga, y no sólo por un juicio político de personas de derecha que quieren matar. Hay que pensarlo también en una dinámica de híper realidad. Un mundo mediado por pantallas que suscita el deseo de ver cada vez cosas más catastróficas, más contundentes, casi como si al ver que el disparo no sale uno tuviera derecho a decir “esta serie es mala”. Un amigo de la persona acusada de haber gatillado dijo “lamentablemente falló”, lo que hace pensar que la tentativa asesina sigue ahí. En esta nueva derecha, la dimensión de la pantalla juega un papel importante.

—¿Cómo pensar el contexto en el que se dio el atentado contra CFK?

—Una cosa a tener en cuenta es la velocidad en el ascenso de la violencia. El 22 de agosto, cuando se recordaban los 50 años de la Masacre de Trelew, el fiscal (Diego) Luciani pidió doce años de prisión efectiva para Cristina por la causa Vialidad, más la inhabilitación para cargos públicos que equivaldría a una proscripción política. Esa noche un grupo de militantes fue a la casa de Cristina y, al otro día, la vicepresidenta, desde el Senado, hizo un discurso muy escuchado y conmovedor que no le dejaron hacer en el contexto del juicio, y ella dice que no se la persigue solamente por supuestos delitos cometidos sino que el Poder Judicial actúa como un dispositivo de bloqueo de reformas sociales y de persecución de dirigentes populares y de protección de aquellos que han contribuido a la deuda de 45 mil millones de dólares después fugada del país. Hay una politización muy acelerada en torno a la cuestión del juicio y eso produce un ascenso de la movilización y del conflicto en Recoleta, hasta aquel sábado que se valló su casa y hubo una represión brutal con audios filtrados de la policía también brutales y el discurso de Cristina, desde una tarima, completamente frágil en términos de seguridad. Y después ocurrió el intento de asesinato. Todo muy veloz, que toma nuestra atención y quizá se nos pierde el contexto. Es un contexto en el cual Cristina había impulsado de manera personal la llegada de la fracción de la derecha al gobierno del Frente de Todos con (Sergio) Massa al Ministerio de Economía, para satisfacer reclamos del bloque agrario. Un ajuste económico que procura conseguir sobre todo dólares para las reservas del Banco Central y una ratificación del vínculo con el Fondo y los organismos de crédito internacionales, todas banderas del kirchnerismo que fueron abandonadas, por lo menos por el programa que está poniendo en juego el FdT. Un tema central es esta disociación del gobierno, que se originó como un frente antimacrista que venía a poner límites a las políticas de ajuste y a recuperar ingresos, salarios y jubilaciones, y se vio, al contrario, sometido a una situación en la que más bien tuvo que realizar ajustes económicos y posponer toda recuperación de ingresos, asumiendo una agenda neoliberal que venía a impugnar. Es una trampa muy peligrosa, porque por un lado se nos pide que nos movilicemos en función de una dirigente que ha sabido en ciertas coyunturas históricas reaccionar por izquierda, promover derechos, y por otro lado esa misma dirigente, en circunstancias muy difíciles y con una crisis muy dura, pandemia y guerra de por medio, altísimos niveles de inflación, está sosteniendo una política de ajuste. En los hechos estamos llamados a movilizarnos por una dirigente que se identifica con un pasado con políticas bien diferentes y en el presente promueve políticas que atentan contra esa movilización que ella inspira. Hay una disociación. Cristina nos pide que nos movamos en función del pasado y olvidando un poco el presente. De una movilización creciente en favor de Cristina en este juicio, entendiendo que la cuestión no es sólo contra Cristina sino contra la voluntad en general de reformas sociales, supone un cambio de políticas para que esto se pueda estructurar. O la cuestión democrática se vincula con la económica y social y pasamos de vuelta a donde lo popular determina las políticas o simplemente termina siendo una escena en la cual se apoya a una persona en función de un recuerdo pero sin trascender esos límites. Al mismo tiempo hay una disputa en el campo democrático. No hay amenazas exteriores a la democracia como en las dictaduras, más bien hay amenazas internas de la democracia. Quiero decir que los actores que impulsan la violencia tipo fascista son actores vinculados a los medios de comunicación, a las formas de la economía con las que está comprometida esta democracia, por lo tanto está la idea de que esta democracia podría deslindar esos focos de violencia, deslindarse de los compromisos con los grandes grupos económicos, con respeto a la geopolítica en la que está quedando Argentina, que podría revisar la forma en que entrega sus recursos naturales, como el litio, y producir formas más autónomas y soberanas de incluirse en esa geopolítica. Todo eso supone otra política económica, otra forma de participación popular. Llegado el caso, eso supondría que Cristina dé lugar a un nuevo frentismo político. Son preguntas para responder en un futuro.

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