Yo no sé, no. Ese viernes a la tarde, con Pedro nos sentíamos ansiosos, no veíamos la hora para que llegara el sábado pues temprano nos iríamos al parque cerca de la gran fuente que está paralela a Pellegrini. Por ahí, en un camino no muy transitado y con un piso de tierra parejo, estaba programado un gran evento en el que las bolis serían las grandes protagonistas. Yo, aparte del acerito (que era el punti) tenía como 20 comunes mientras que Pedro, que venía medio golpeado, llegaba con 5 comunes y dos lecheras, una grande y otra mediana, que parecían dos perlas. Al encuentro vendría un primo de Josecito, uno que vivía en Buenos Aires con fama de buen jugador, con mucha puntería. El sábado después del mediodía nos encontramos y uno propuso hacer un triángulo y otro un cuadrado, mientras que el porteño visitante dijo: “Hagamos una troya bien marcada”. La apuesta arrancaba picante, yo me jugué 10 comunes y Pedro puso dentro del círculo una de las lecheras (cotizada en ese momento con el valor de 20 comunes). Mientras se agachaba, Pedro murmuró: “Ma, sí, que arda Troya”. 

Otro fin de semana, en otro barrio, pegado a la cancha en la que estábamos jugando, Cacerola estaba vareando una yegua, haciéndola trotar en círculos sujetada con una soga. En un momento, la pelo con la estábamos jugando cayó dentro del círculo que la arisca potra había hecho y al rescate de la misma fue Raúl, el más rápido de nosotros y al que, encima, Cacerola lo tenía entre ojos. Si el animal se asustaba, se pudría todo. Cuando Raúl se mandó, Pedro murmuró: “Ma, sí, que arda Troya”. 

Era mediados de los 70 y teníamos dos perlas: una en el marote y la otra en el corazón. Entre la materia gris estaba instalada la idea de Patria, Patria para Todos, Patria Liberada. Y en el costado izquierdo del pecho, en muchos de nosotros estaba instalado el coraje y la voluntad de Evita. En septiembre del 76, una noche (y no sería la única) vinieron por las y los compañeros. Esa noche, Pedro, con un lápiz, escribió por alguna pared: “Arde Troya y que vivan los compañeros”.

La otra tarde, volviendo por la calle Biedma, luego de pasar por la carnicería del súper y por una verdulería, con Pedro veníamos lagrimeando. Un tanto por los precios de los alimentos y otro por el humo cada vez más espeso y agresivo. Al ver el zócalo de la tele, que decía algo sobre el atentado que sufrió Cristina, y por otro lado que había partido la gran Irene (Papas) Pedro me dice: “Parece que está ardiendo Troya. La están haciendo arder, bah, los angurrientos y miserables de siempre”. Y agrega: “¿Sabés qué?, estamos muy quietos. Ya es hora de que defendamos esas dos perlas que, en la memoria, muchas y muchos de nosotros aún tenemos. Y contra el fuego de los antipatria, que arda Troya. Eso sí, por el fuego del amor de la pasión y con el recuerdo de los mejores de los nuestros.

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