La elección fue muy reñida y dejó mal parados a encuestadores y analistas. Jair Bolsonaro demostró que más allá de sus gestos grotescos, tiene una base electoral amplia y firme que no se debe subestimar.

La primera vuelta de las elecciones de Brasil dejó en evidencia un déficit: hacen falta nuevos conceptos y puntos de vista para poder describir, contextualizar y entender lo que sucede en un mundo cambiante, que se transforma a la inhumana velocidad de la luz y resulta refractario a las herramientas de análisis que hasta ayer resultaban útiles. 

Más precisamente, es necesario entender las profundas transformaciones de las subjetividades colectivas, el corrimiento del planeta hacia la derecha y ultraderecha, el peso de las distintas formas explícitas o encubiertas de la anti-política, y sobre todo las nuevas formas de producción y trabajo que están en la base de estos cambios profundos, entre otras muchas variables que escapan, incluso, a la mera posibilidad de ser nombradas. 

Con la falsa omnipotencia que producen las redes sociales, allí sí pueden encontrarse todas las respuestas. Claras. Nítidas. Contundentes. Pero falsas. Los Sabios de Facebook cuestionan todo desde la superioridad del anonimato impune. Las filípicas digitales son implacables: “No se puede hablar ya de derecha ni izquierda, ni de capitalismo, ni de imperialismo, son todas categorías caducas”, dicen, enojados como corresponde. Pero a la hora de proponer las necesarias nuevas categorías, cuando se tienen que jugar con una propuesta superadora, los críticos empiezan a hacer agua y ofrecen un intríngulis semántico (con palabras cargadas de sufijos post-neo-palio-cualquier-cosa) que no aporta mucho.

Los desafíos a la hora de entender lo que sucedió en Brasil son muchos. Y exigen un trabajo arduo, lento y paciente. Y altas dosis de humildad. Se puede empezar por leer con atención los números de la elección, intentando ir más allá de un enfoque deportivo (quién gana y quién pierde) con la intención de poder descifrar qué tipo de sociedad estamos observando, y cuáles son los factores culturales y subjetivos que los resultados expresan, y al mismo tiempo ocultan y encriptan.

Ambos candidatos hicieron una buena elección, por distintos motivos. Lula, y buena parte del pueblo brasileño, realizaron una hazaña. Porque tras años de demonización, guerra judicial, mentiras y violencia contra los militantes del Partido de los Trabajadores (PT), volvieron a ganar una elección. El líder obtuvo más de 57 millones de votos, un 48,4 por ciento, uno de los mejores resultados de su larga carrera política. Superó a Bolsonaro por 5 puntos, que representan 6 millones de votos.

Es una diferencia importante y acaso (imposible saberlo hoy) resulte suficiente para ganar en la segunda vuelta del 30 de octubre. Pero el resultado es totalmente impredecible. Los factores a tener en cuenta, infinitos, esquivos y cambiantes. 

Bolsonaro también hizo una buena elección. Y además sorprendió y dejó en falsa escuadra a los analistas que, más allá de la condena moral, la befa y el ludibrio, no supimos ver más allá y no pudimos describir en forma adecuada la sociedad de Brasil modelo 2022: la financiarización, la reprimarización y la uberización de la economía, y la arrasadora precarización laboral que implica el “emprendedurismo”, son apenas algunos de los más visibles emblemas de las nuevas subjetividades que concurrieron a las urnas.

La base electoral del PT cambió profundamente. De los trabajadores industriales pasó a los sectores más vulnerables del nordeste no industrializado. En San Pablo, Bolsonaro ganó con siete puntos de diferencia. 

La violencia desde 2016 hasta hoy

La violencia de parte de las huestes del ultraderechista está entre los factores a tener en cuenta. Existen milicias armadas en Brasil. Bolsonaro alertó a la gente a armarse. Y en esto ganó. Según un reciente estudio de la Universidad Federal de Río de Janeiro, en el primer semestre de 2022 se produjeron 40 muertes por razones políticas, todos militantes del PT. La posesión de armas en manos de civiles aumentó más de un 260 por ciento en estos cuatro años. 

Desde antes de la asunción de Bolsonaro, más precisamente desde la campaña electoral de 2018, es peligroso vestir una remera del PT por las calles de Brasil. Cuando Lula intentó presentarse como candidato para las elecciones de ese año (luego fue proscripto y preso), la caravana que lo llevó a recorrer el país fue atacada a balazos cuando intentaba atravesar la zona dominada por los terratenientes que contratan sicarios para amedrentar y matar a militantes sociales. El 26 de marzo de 2018, colectivos que integraban la comitiva fueron atacados cuando se dirigían al campus de la Universidad Federal de Frontera Sur, en la ciudad de Laranjeira do Sul, estado de Paraná.

Foto: Télam

Anteriormente, el líder del Partido de los Trabajadores había participado de un encuentro en Quedas do Iguaçu. Manifestantes opositores atacaron con huevos y piedras a los colectivos y rompieron una ventanilla del auto en que Lula se trasladaba. 

Pocos días antes, el 14 de marzo de 2018, fue asesinada Marielle Franco, concejala de Río de Janeiro por el Partido Socialismo y Libertad (PSOL). Fue sólo siete meses antes de la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 7 octubre de ese año. 

Se trató de una típica acción de sicarios. Según la descripción de la revista Nueva Sociedad, uno de los autos le cerró el camino en uno de los puntos ciegos del recorrido, donde no había cámaras de seguridad que pudieran identificarlos. “El otro se colocó en paralelo y, en una fracción de segundo, fue una ráfaga de trece tiros, disparados a dos metros de distancia, con armas 9 milímetros, directamente en dirección a la ventanilla de su asiento, cuyo vidrio era polarizado. Cuatro tiros acertaron a la cabeza y el cuello, otros tres mataron por la espalda al chofer. Los sicarios escaparon. Las patentes de los autos, que desaparecieron con ellos, eran clonadas. Las municiones eran parte de un lote comprado por la Policía Federal y que ya fue identificado en casos de gatillo fácil por los que fueron condenados policías militares de San Pablo. Se sabe que parte del lote fue vendido a policías militares de Río. La planificación logística y la inteligencia empleada para el crimen fue demasiado profesional para haber sido casualidad. Fueron tiradores de élite y no caben dudas de que fue una ejecución, un asesinato político y muy probablemente un crimen de odio”, señala la nota titulada “Marielle: un asesinato político”.

El crimen se produjo durante el gobierno ilegítimo de Michel Temer, que asumió la presidencia el 31 de agosto de 2016 tras el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff. Acaso haya que remontarse hasta esos días para intentar reconstruir los hechos y los contextos que consolidaron a Bolsonaro y al bolsonarismo como emergente de una derechización de la sociedad brasileña. 

En todo este complejo proceso, la violencia fue literalmente un arma de la derecha. Y hoy, ante la segunda vuelta electoral, la brutalidad armada no sólo sigue vigente sino que se espera una escalada.

Para cerrar el ciclo, llegó la violencia institucional de la Justicia: el 1° de septiembre de 2018, el Tribunal Supremo Electoral de Brasil dictaminó que Lula, que ya estaba en prisión, no podría presentarse a las elecciones presidenciales por haber sido condenado por corrupción.

Existe una gran preocupación entre los coordinadores de la campaña de Lula. Por la posibilidad de que la permanente incitación de Bolsonaro a sus seguidores para que ejecuten actos de violencia surta efecto. El actual presidente cuenta con el Partido Militar, la Policía, milicias civiles armadas, y sicarios al servicio de las corporaciones. A estos elementos armados hay que sumarle el poder político y económico del complejo sojero y extractivista y el de ciertos cultos evangelistas que crecieron en forma exponencial junto al bolsonarismo.

La derrota y el triunfo del lawfare

Lula mostró las entrañas de esa amenaza a la democracia que se conoce como “lawfare” (guerra judicial). Se trata de un complejo entramado con múltiples actores que permiten que el Poder Judicial se torne golpista, desconozca la voluntad popular y proscriba candidatos con juicios amañados y sin pruebas.

El líder del PT derrotó esa estratagema. Dejó a la vista de todos que quienes lo acusaban de delincuentes eran delincuentes. Incluso lo confesaron. Se notó mucho, como suele decirse. Y toda la puesta en escena se cayó a pedazos. Estuvo preso injustamente, salió y volvió a ganar. La voluntad popular que la Justicia aplastó en 2018 se expresó ahora, inquebrantable, en 2022.

Pero al mismo tiempo, quedó demostrado que los efectos de la guerra judicial no terminaron con la liberación de Lula y el derrumbe de la estratagema criminal: la demonización y el estigma permanecen intactos en la consideración de millones de votantes que expresaron que no votarían al líder “porque estuvo preso”. Que lo haya estado sin pruebas no cuenta. La condena mediática y social es más fuerte. 

Además, los jueces y fiscales que actuaron como delincuentes confesos, fueron premiados en las urnas en las últimas elecciones. Obtuvieron millones de votos y ocuparán bancas en un Parlamento derechizado que será un gran escollo a superar en un hipotético gobierno de Lula.

Sergio Moro, el juez venal y manipulador que llevó a Lula a la cárcel en un juicio basado exclusivamente en indicios y no en pruebas, y que fue ministro de Justicia de Bolsonaro, resultó el senador más votado en la conservadora provincia de Paraná. Y su cómplice en la manipulación, el coordinador de fiscales Delton Dalagnoll, fue electo diputado.

También fueron premiados con millones de votos los funcionarios de Bolsonaro que realizaron gestiones criminales, por ejemplo, en el manejo de la pandemia. Se puede inferir, en principio, observando el mapa electoral (muy revelador a la hora de radiografiar la sociedad brasileña actual) que recibieron los votos de las víctimas directas de sus políticas.

El ex ministro de Salud del actual presidente, el general Eduardo Pazuelo, fue elegido diputado por Río de Janeiro pese a que su manejo de la pandemia causó miles de muertes.

El ex ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, responsable de la mayor devastación de la Amazonas de la historia, fue electo por San Pablo. 

La ex ministra de la Mujer, Ciudadanía y Derechos Humanos de Bolsonaro, Damares Alves, la misma que dijo que se hizo evangélica cuando, subida a un árbol de goiaba, recibió la visita de Jesucristo, fue elegida senadora por Brasilia. Cuando asumió el ministerio, dijo que “los niños se visten de azul y las niñas de rosa”. Además, destrozó todo el aparato de defensa de la Memoria erguido en tiempos de Lula y Dilma como mandatarios. Muchos analistas nos regodeamos burlándonos de sus afirmaciones. Ese acto irresponsable y frívolo nos impidió ver que el crecimiento de una base electoral de ultraderecha no es ningún chiste.

Lula tiene más posibilidades de ganar en segunda vuelta que su rival. Hay más de 8 millones de votos en juego y con solo captar una pequeña porción de esos sufragios ya le alcanza. Pero no será fácil. Es hora de dejar de subestimar a Bolsonaro. Este militar aplaudidor de torturadores y genocidas no bajó de una nave intergaláctica, ni es simplemente un payaso fascista (o neo-fascista o como quieran llamarlo los que la tienen clara). No es sólo un golpista y un misógino. La demonización y la personalización de los procesos sociales es parte del discurso conservador, de derecha, o como se llame. Pero la descripción no puede agotarse allí. Millones de brasileñas y brasileños lo apoyan. Después de cuatro años de gobierno que despertaron la necesaria y justa denuncia y condena moral del progresismo y las fuerzas democráticas de Brasil y del mundo, lejos de sufrir el desgaste que experimentan (con muy pocas excepciones) los oficialismos en distintos países, Bolsonaro conservó una base electoral amplia, firme y muy representativa del espíritu de estos tiempos, las nuevas subjetividades y las formas del capitalismo financiero o como quieran llamarlo los hoscos Sabios de Facebook.

Acaso sea necesario leer más, expresarse con más cautela, y no confundir el optimismo de la voluntad con la frivolidad propia del discurso de la autoayuda. Y repetir, una y mil veces, como un mantra, las dos palabras mágicas: “No sé”.

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