Mendoza no estaba incluida en la gira del Santos por el país en 1964. Sin embargo, allí fue y jugó gracias a la gestión de Rodríguez, ex presidente de Godoy Cruz y manosanta, que sanó a Pelé de una lesión. Creer o reventar.

Ángel Rodríguez en la Argentina (y en los países hispanos) pueden ser un montón de personas. Introducir ese nombre en Google nos lleva a un futbolista español, a un reconocido actor de nuestros pagos, o a un ignoto basquetbolista puertorriqueño, entre otras alternativas. Para colmo, si al explorador le damos una pista más, un dato que aporte mayor precisión, como puede ser «Antonio» –que es el segundo nombre del tipo en cuestión–, el rastrillaje se dispersa. Se suma a la lista anterior un escritor, y no mucho más.

Ninguna de las búsquedas da con el hombre que sanó a Edson Arantes do Nascimento, quien ya siendo Pelé y el mejor futbolista del planeta en el Mundial de Chile 62, apenas pudo aportar un puñado de minutos en el título que consagró a su Brasil, debido a una lesión que sólo lo dejó jugar un partido y medio en aquel certamen ecuménico.

En esta historia, Ángel Rodríguez no es ni futbolista español, ni un reconocido actor de nuestros pagos, ni un ignoto basquetbolista puertorriqueño. Ángel Antonio Rodríguez tampoco es en este relato un escritor. Dice él que concedió varios milagros en los ratos en los que la presidencia de Godoy Cruz de Mendoza y su actividad empresarial le daban lugar a sus prácticas sanadoras. El más conocido fue aquel que acabó, como no pudieron los médicos del Santos, con la dolencia que acarreaba el delantero brasileño.

El cuento del tío

Julio Vega, presidente del Tomba durante 23 años y sobrino de Ángel Rodríguez | Foto: Alf Ponce Mercado | MDZ

Ángel Rodríguez nació en Mendoza, en una numerosa familia. Tenía 12 hermanos y una habilidad distinguida para los negocios y los contactos. Su primera plata grande la hizo con la venta de autos de alta gama, rubro en el que se codeó con personajes de la talla de Froilán González, ex Turismo Carretera y Fórmula 1. Consolidado el negocio, se lanzó a la dirigencia deportiva, en la que tampoco se privó de grandes influencias: como presidente de Godoy Cruz Antonio Tomba (1961-1964) entabló amistades con el titular de la AFA de entonces, Raúl Colombo, y con los históricos presidentes de Boca y River, Alberto J. Armando y Antonio Vespucio Liberti, reconocidos en el tiempo en los nombres de La Bombonera y el Monumental. “Era amigo personal de ellos, tenía trato de todos los días”, le cuenta a El Eslabón Julio Vega, también presidente del Tomba durante 23 años (de 1982 a 2005) y sobrino de Don Ángel, de quien mamó su pasión por la gestión en el club. Asegura que por diligencias de su tío, la entidad mendocina obtuvo un fuerte impulso y trajo a equipos estrellas de Buenos Aires. Fue tanta la influencia, que su sucesor en la presidencia fue Héctor Walter Rodríguez (1965-1967), un sobrino que también heredó sus negocios.

Directo a Brasil

En su afán de sumar prestigio a Godoy Cruz, don Ángel viajó al gigante país sudamericano en busca de jugadores con aquella nacionalidad para ficharlos. Al parecer, la obsesión era tener en el banco al brasileño Oswaldo Brandao, por entonces DT de Independiente, quien descartó la oferta, y a su vez, le recomendó a un colega de su misma patria. Y fue a por él, pero en el camino se le cruzaron sacerdotes umbanda que lo convencieron de ser poseedor de dotes curativos. “Decía que tenía algún tipo de poder sobrenatural para resolver situaciones médicas. Mucha gente hasta hoy lo cree, otros consideran que tenía una enfermedad. Y otros, que podía ser un vivillo”, aporta Vega, que además es médico psiquiatra, y por ende, descree de ese tipo de cuestiones.

Contratar al astro del Santos era imposible desde lo económico y lo deportivo. Por eso, cuando coincidió en un hotel de Porto Alegre con el plantel paulista, la charla con Pelé no fue con el Rodríguez dirigente, sino con el Rodríguez sanador.

—Si usted me lo permite, puedo hacer un intento para curarlo —dicen que le dijo, según se lee en el libro de Rolando López El boxeador que sonreía demasiado, una biografía de Alejandro Lavorante, mendocino como el curandero y presidente, y a quien también intentó curar –sin éxito– tras los golpes recibidos en el ring.

El jugador, cansado de la falta de soluciones que no le brindaban los expertos de la medicina, accedió. Depositó su confianza en la cruz que sacó Rodríguez, y no ya en el bisturí. Y creer o reventar, en los 20 días que Ángel le había pronosticado, se curó.

Manosantos

Quien alguna vez haya acudido a tratarse la salud (el empacho, el susto) con alguna curandera –por lo general, señoras mayores–, sabrá bien que la paga no es con dinero efectivo. Al parecer así también lo entendió Pelé, que como devolución de gentilezas se apareció por Mendoza –en el marco de una gira del Santos por el país–, el 1° de marzo de 1964 para disputar el primer y único partido en esa tierra cuyana. El rival, claro está, fue Godoy Cruz, aunque reforzado con figuras de la zona, como el ídolo local Víctor Legrotaglie. “Instalaron tribunas tubulares para duplicar la capacidad de la cancha, limitada a 15 mil personas en esa época”, cuenta Luis Vinker en Pelé en celeste y blanco, libro que retrata cada una de las visitas del moreno goleador a la Argentina. Ese equipo era dirigido por Lula (Luis Alonso Pérez, no Luis Inácio Da Silva, presidente electo), baluarte de la época dorada del Santos (lo dirigió unos 12 años consecutivos y casi mil partidos) y quien hizo debutar a Pelé.

El amistoso terminó 3 a 2 a favor del Albinegro, pero O Rey no pudo mojar. Lo que sí mojó fue la lengua, porque en la tierra del mejor vino argentino, la cosa no puede terminar en una cancha de fútbol. Y menos aún, en vísperas de la Fiesta de la Vendimia que se iba a celebrar allí por esas fechas. Así que al día siguiente, parte de la delegación Peixe –Pelé incluido, por supuesto– partió al chalet que don Ángel Rodríguez tenía en Chacras de Coria, un pueblo alejado a unos pocos kilómetros de la capital provincial. Según recuerda el portal de noticias El Sol, a esa mesa también se sentó Raimundo Orsi (campeón mundial con Italia en 1934 y antes medallista de plata con Argentina en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam 1928), quien en ese momento dirigía a los vecinos y clásico rival del Bodeguero, Independiente Rivadavia.

Edson Arantes do Nascimento, el popular Pelé, no se llenó la boca de goles en su visita a Mendoza, pero sí de carne asada y vino. Y siguió de gira sin sed y con la panza llena.

Ángel de la guarda

“Decía que era un enviado de Dios y que los mensajes que recibía eran que tenía que ser pobre como Jesucristo y no hacer ostentación de su fortuna”, relata Julio Vega sobre su tío Ángel Rodríguez, a quien consideró como un paciente psiquiátrico: “Era un delirio puro, pero sin agresión ni cambios emocionales”.

Bajo esa premisa, el hombre se desentendió de sus negocios, que con el tiempo cayeron en desgracia. Como contrapartida, su fama de manosanta creció. Así lo dejaban en evidencia las largas colas frente a su casa, de gente esperando el milagro. “No cobraba nada, no lucraba con esto”, aclara Vega. De hecho, cuando quiso salvar a Alejandro Lavorante se encargó de los costos desde Rosario –donde el boxeador estaba internado– hasta Mendoza, y adaptó una camioneta para que entre una camilla.

Preocupados por la situación, su familia le buscó ayuda: le infiltró un psiquiatra en la fila de los que esperaban su turno. “No doctor, yo no estoy enfermo”, le dijo, sin mediar palabras, al profesional cuando lo vio. Julio alcanzó a verlo en acción cuando le aliviaba a su madre el dolor que le provocaban los cólicos biliares: “Caía a casa, hacía unos movimientos raros y mi vieja se mejoraba”. Aunque admite: “Mi interpretación es médica”.

Su economía se vino a pique, a tal punto que debió vender el chalet en el que agasajó a Pelé y sus secuaces, para saldar deudas. Su familia no lo siguió en esa aventura y el tipo arrancó un negocio de cero, sin que se le caigan los anillos por eso: vendía damajuanas de aceite de oliva. “Iba a las casas de la gente que lo conocía. No podían creer después de lo que había sido”, recuerda Julio entre risas. Siguió con una inmobiliaria y vivió bien hasta el fin de sus días, pero sin ostentación. Tal como le exigía ese mandato divino.

No conforme con sus supuestos poderes curativas, don Ángel planeaba el diseño de una máquina para tratamientos oncológicos, y hablaba de “protones y neutrones” como un sabido en la materia. “Pero nunca cursó estudios de ese tipo”, advierte Vega, y recuerda que su proyecto de invento llegó a las páginas de la revista sensacionalista Así, que dirigía Héctor Ricardo García, creador de Crónica: “En el título pusieron algo así como el mendocino que cura el cáncer con tallos de perejil y no sé qué de zanahoria. Le hicieron un reportaje”.

Los astros se desalinearon la noche del 11 de septiembre de 1989. Ángel Rodríguez tomó, como casi todas las noches, su habitual café en el Automóvil Club de la ciudad de Godoy Cruz. Salió del lugar, se subió a un bondi que lo dejó en la esquina de San Martín y Lavalle. Allí fue golpeado por el espejo retrovisor de un auto, que lo tiró al piso y lo mató en el acto. Vivía solo.

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