En La Toma, Claudia Flores coordina talleres para travestis y trans. Apuntan a formar microemprendedoras frente a las dificultades para acceder a un trabajo formal. El plato fuerte: la escuela de depilación y el servicio gratuito para las chicas de la comunidad.

En el corazón de la resistencia popular, Claudia Flores plantó una semilla. Ella prefiere decir que es un granito de arena, una pequeña acción, pero lo que allí germinó no viene de la piedra molida. “Tenemos que hacernos tiempo para todo, también para estar con nuestras compañeras” me dice mientras nos acomodamos en el local de Memoria, verdad y justicia, el espacio que fundó hace seis meses en el ancho corredor del Centro Cultural La Toma. El lugar es pequeño pero allí conviven un ramillete de pequeños emprendimientos con el plato fuerte de la organización: la escuela de depilación láser que además brinda el servicio gratuito a las chicas travestis y trans.

La dinámica es sencilla: una vez por semana se dicta el curso teórico, con fotocopias y material de estudio incluido, y una vez por mes se realizan las prácticas. Ese día, una decena de pibas esperan su turno para acceder al tratamiento que las ayudará a librarse del vello que no desean en piernas, axilas, rostros, pecho, espalda y genitales. “Cuando una compañera va a realizarse la vaginoplastía para la reasignación de sexo, va sin pelos a la operación. El cirujano es quien nos está enviando a las chicas que ya están próximas a la fecha”, explica Claudia. Una vez finalizado el curso de tres meses, las egresadas reciben el título de operadoras láser y pueden presentarse a búsquedas laborales en centros de estética.

Pero no todo pasa por la Soprano Platinum, la invitada de lujo. “Ya tenemos a varias chicas que son microemprendedoras. Hay una compañera que dibuja y pinta, y que está vendiendo cuadritos. Después hay otra que está vendiendo perfumes, hicimos un taller y la conectamos con los proveedores de las esencias. También tenemos compañeras que vienen y fabrican gel íntimo”, detalla. Allí aprenden a sacar cuentas para saber a cuánto tienen que vender los productos, cuánto tendrán que destinar para la compra de los materiales, y cuál es el dinero que pueden gastar. “Tenemos varias compañeras que vienen a hacer las trucadoras y se llevan su dinerito”, agrega orgullosa.

Victoria me cuenta que hace poco empezó a participar de actividades con personas de la comunidad trans porque antes era un poco tímida: “Acá con las chicas aprendí a socializar un poquito más”. Es la cuarta vez que viene por la depilación pero ya se siente parte de la casa. Me explica que no se sumó a ningún taller porque trabaja mucho: es fotógrafa, diseñadora de ropa y decoradora en la zona oeste de Rosario. Del espacio se enteró por una amiga, hasta que un día se decidió a venir. “Tenía otra mirada, pensaba que sólo era una competencia entre todas, pero me di cuenta que somos muy compañeras”, confiesa.

Fotos: Mariana Terrile

A su lado está Alexia, la encargada de dar los turnos y recibir a las chicas que van llegando: “Funciona mucho el boca en boca. Está bueno que se sepa que está el lugar y que funciona”. En el mostrador, se mezclan los productos que las chicas ofrecen al público: ropa interior, gel íntimo, suvenires hechos con materiales reciclables, agendas, cuadernos, pinturas y dibujos. “Todo lo que recaudamos sirve para volver a comprar materiales y darles un porcentaje a las compañeras que trabajaron en la elaboración de los productos”, apunta la joven. Una de las marcas registradas son las trucadoras, que son bombachas especiales para travestis y trans.

Esperando su turno también está Morena. Supo del proyecto porque está cursando el último año del secundario travesti trans que funciona en el primer piso del centro cultural. “El láser es muy bueno te digo, mejor que las hormonas. Yo en mi tiempo me hormonizaba mucho, pero eso me trajo muchos problemas”, revela. Mientras tanto, en el pasillo un grupo de chicas escuchan con atención a Carlos Ghioldi, un histórico de La Toma. Sentadas en ronda detrás del bar, el hombre repasa una historia de 20 años de lucha para sostener un espacio comunitario frente a las calamidades del sistema. “La última vez que vine acá, era el supermercado Tigre”, dice una piba maravillada con la minucia del relato.

Un poco más atrás, Carmela me ofrece una silla y nos ponemos a charlar: “Cuando llegué me dijeron que la depilación va a ser una compañera de toda la vida”. Está feliz por los resultados, pero también por el grupo que se armó en torno a Memoria, Verdad y Justicia. No todo es color de rosa, por supuesto, y las tensiones entre compañeras también están a la orden del día, pero ante todo la organización se convirtió en un espacio para estar, para tejer redes y para soñar. “Hay días en que estamos horas esperando, pero yo particularmente la paso muy bien”, me dice. También hablamos sobre lo difícil que a veces resulta habitar un cuerpo travesti, sobre todo cuando la mirada ajena devuelve comentarios maliciosos.

¿Por qué Memoria, Verdad y Justicia?

Claudia dice que la militancia travesti trans acompañó desde siempre la lucha por los derechos humanos en Argentina, a pesar de que la revisión sobre lo que pasó con la disidencias en dictadura ocurrió hace poco años: “Estamos con las abuelas, con las madres y con les hijes. Se sabe también que hubo compañeras del colectivo que fueron perseguidas y detenidas, así que es un homenaje a ellas”. Además, es un guiño a Romina Marucco, la directora de Diversidad Sexual de la Municipalidad y militante de Hijos Rosario que ayudó a materializar el sueño de las chicas: “Nos pareció también que era como hacerle un mimito”.

Pero más allá de los talleres y de las sesiones de depilación que se llevan buena parte del tiempo y la atención, el espacio también busca construir una grupalidad: “Todas las tardes, además de producir, crear y hacer un montón de cosas, también hacemos una contención que es bastante importante”, comenta Claudia. Mientras charlamos circulan mates y facturas, son casi las cinco de la tarde y ese día el trabajo empezó muy temprano. “Las compañeras no sólo necesitan una contención, necesitan una solución, y a veces con los microemprendimientos no podemos solucionar todo. Son problemas a los cuales el Estado tendría que dar una respuesta”.

Claudia hace una lectura política de la situación porque es una militante con historia. Desde que llegó a Rosario hace casi dos décadas participó en distintos espacios y sabe que la organización entre pares es fundamental para pelear el acceso a los derechos más básicos. “Yo creo que todas, en diferentes momentos, podemos destinar un tiempo para nuestras compañeras”, asegura. Ahora su situación es distinta porque hace cuatro años pudo ingresar a la Municipalidad en el marco del cupo laboral trans. Por eso asume la responsabilidad de no olvidar a su comunidad. “Con un granito de arena podemos aliviar un poco la situación de algunas chicas que están con necesidades que son urgentes”.

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