Decidido a no volver esa noche al trabajo, para no tener que pelearse con el boliviano, se va a su casa.

Entra, encontrándose con el comedor, que está al abrir la puerta de calle, vacío. Saca el celular del bolsillo y mira la hora: no son las once todavía.

Entonces se dirige al dormitorio, el único que tiene la vivienda. Abre la puerta, que han cerrado para que no moleste la luz de afuera, y observa. Su mujer duerme abrazada a sus dos hijos, un pibe y una piba, de no más de seis o siete años cada uno. 

Cuando entra, la mujer se despierta. Le pregunta:

¿Qué te pasó, que te volviste temprano?…

Me rayé con el boliviano, le responde. Y me vine, para no terminar mal. Aunque ganas no me faltaban de quedarme…

Sí, claro, dice ella. Así te peleabas, y perdías el trabajo. Lo mira fijo, en la oscuridad, y sigue hablando:

Hoy no pude comprar leche, no me alcanzó la plata. Solamente el pan, y les hice mate cocido. Y a la noche, otra vez guiso, que de guiso tenía poco y nada…

Ya sé…, murmura él. Después se calla, sabiendo que no tiene nada que agregar. Comienza a desvestirse, poniendo la ropa sobre una silla.

Y ahora aparecen de nuevo los puntitos luminosos, que ya no son figuritas, ni rayitas que se mueven, sino lucecitas. Lucecitas como las de navidad, de esas que se ponen sobre el arbolito, aunque para las últimas fiestas no hicieron arbolito, y el festejo fue más que limitado. Las lucecitas forman varias filas, que le hacen acordar a un autódromo, o a la pista de aterrizaje de un avión, que conoce por haberla visto en una película.

Piensa si no se irán de viaje en avión para navidad a Bariloche. Al hacerlo, suelta una carcajada. La mujer pega un brinco, sobresaltada:

¿Qué te pasa?…

Nada, dice él, me acordé de algo gracioso.

Ya veo, le responde la mujer. Y agrega:

Mejor que te rías, porque si no tendrías que llorar…

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