Que venga el negro, charanda
Que venga el blanco también
Los hombres tienen, charanda
el mismo sol en la piel
(Marta Quiles)

Ahora que se dice que lo personal es político y que cada uno tiene un muro o un perfil donde poner lo que se le cante la garganta más profunda que tenga, tal vez lo autorreferencial ya no sea tan incompatible con el periodismo como en otras épocas. Y entonces me pongo a contar un par de cosas familiares sin más presiones que la de pretender que se entiendan y sin más expectativas que la de pretender que así se sientan también por fuera de los ámbitos familiares. Y lo primero que quiero contar es que el Kevin cartonero tucumano y la Barbie cheta porteña a las que se alude en la nota de esta misma edición que escribió Candela, una de mis hijas, son reales y no de ficción. Porque resulta que Candela, que ya tiene 20 años, estuvo no hace mucho en Tucumán como integrante de la selección rosarina de Futsal que anduvo por ese Jardín para jugar un torneo nacional; y ahí fue que supo del Kevin. Y que unos días después estuvo en el estadio de River en un recital de Harry Styles; y ahí fue que supo de la Barbie. 

Y resulta que al recital del ex One Direction la Cande fue, más que por interés propio por el artista, a acompañar a su hermana Lara, que ya tiene tan sólo 17 años y suspira por Harry como Barbie y siente las injusticias como Kevin, pese a que su historia personal no sea igual ni a la de ella ni a la de él. Ni siquiera a la de su hermana Candela es igual la historia personal de Lara; ni a la de Vicente y el Juanma, sus otros dos hermanos, este último sólo “por parte de padre”. Son 13 los años que ya tiene el Vicente; y ya 30 los que tiene el Juanma, ambos con experiencias futboleras desde adentro como Candela, a diferencia de Lara, con vivencias directas tribuneras pero, al menos hasta ahora, sin calzarse los botines. Aunque desde sus distintas historias, lo que sí los cuatro padecen estoicamente son los viejazos que suelen brotarle a este cronista que les tocó de papá, que ya cumplió 56.

Los viejazos y los ataques de inmadurez, como por ejemplo el de andar por la calle cantando a los gritos como adolescente extrovertido una que sólo conocen algunos con el mismo tramo del calendario recorrido: esa que dice “veo veo, qué ves, una cosa, qué es; que vamo a salir campione otra vez, como en el 86”. O como el de no controlar en plena euforia pos tricota a Croacia el impulso de reaccionar otra vez a los gritos extemporáneos ante un chiste gorila echado a rodar en un grupo de Whatsapp de compañeros de secundaria; y por ende volver a quedar como el intolerante de la película. Y eso que sí controlé el impulso de gritar por bulevar Oroño eso mismo de “borom bom bom, borom bom bom, pa los gorilas de La Nación”, que terminé enrostrando a los otrora compañeritos y compañeritas de colegio; y de ese modo aportando a sostener esa lógica de hacer las cosas en contra y no a favor de los otros y uno mismo. Y claro que puedo argumentar que mi exabrupto fue en respuesta a otro que me parece más jodido, un meme que dice que en la selección nacional nuestra no hay negros porque “los negros están todos acampando en la plaza”, en alusión a alguna de las tantas manifestaciones de organizaciones sociales y políticas de las que formo parte, reivindico y defiendo. Y conste que considero que es tiempo –como lo fue y lo será– de no callar ante agresiones, de no naturalizar injusticias, de revisar un poco aquello de responder a una bofetada en la mejilla ofreciendo la otra. Pero creo también que no sirve –y más en estos tiempos que en otros anteriores– responder golpe por golpe, chicana por chicana, intento de asesinato por intento de asesinato. Creo que la cosa pasa por seguir expresándose políticamente con las convicciones, la firmeza, el compromiso e incluso la pasión con que nos solemos expresar, pero entendiendo la importancia de a la vez ser más políticos en el sentido de la palabra que solemos repudiar en tanto máscara que apela a acentuar cuestiones formales y de modos para ocultar, banalizar o tergiversar las cuestiones de fondo, entendidas cómo aquellas que hacen a una mejor vida, entendida la vida como sólo posible en tanto colectiva, en relación permanente con toda la otra tanta vida que nos rodea y nos vive, apuntando a convivir con ella sin el prejuicio de que una mejor vida sólo es posible eliminando o sojuzgando otras vidas.

Si decimos la Patria es el otro, no podemos ignorar al otro. Si decimos que el amor vence al odio, no podemos responder al odio con odio. Si queremos que reine en el pueblo el amor y la igualdad, no podemos caer permanentemente en la tentación de la puteada y la incomprensión, incluso aunque eso sea lo que nos llueve cotidianamente.

Esto es lo que voy aprendiendo de y con mis hijas y mis hijos. Para que el Kevin y la Barbie sigan cantando la misma canción y no tengan que robar un celular o irse a otro país para ser más felices, hay que invitar a ambos a compartir mucho más que las ganas de ganar la tercera. Para abordar de una vez las cuestiones de fondo, hay que entender que suspirar por Harry no es para nada incompatible con militar para que el Kevin pueda ir a ver un recital de la música que le guste. Y que en un mismo recital un artista puede cantar una balada de Keane y un chamamé del Coqui Ortiz. Y que se puede idolatrar a un youtuber español y acompañar y contener a un padre sacudido por la falta de un tío Juane* a la vez.  

De mis hijas y mis hijos y de mucha más familia voy aprendiendo. Porque tengo además un hermano y una hermana y un montón de hermanitos y hermanitas del camino. Y cuando más grande la familia, más matices por confrontar y combinar hay. Pero también y sobre todo: cuánto más familia haya, más larga y alegre va a ser la vuelta olímpica. Y más eterna va a ser la vida peronista.

*Juan Emilio Basso Feresin, fundador del periódico El Eslabón y la Cooperativa La Masa, fallecido el 3 de marzo de 2021.

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