“Asoman los lobos”, dijo el presidente colombiano Gustavo Petro para advertir sobre el renacer golpista en la región, que en Perú se expresa con ferocidad tan enorme como insuficiente para frenar la rebelión popular.

Entre el follaje de esta selva bravía del nuevo siglo, cuesta forjar ilusiones y trazar caminos hacia una buena vida. Jugar libremente aunque sea un rato en este bosque político y social sin ser devorado suena cada vez más a imposible. “Asoman los lobos”, dijo el presidente colombiano Gustavo Petro, en el discurso que pronunció en Chile casi en simultáneo a la más reciente embestida golpista contra su par brasileño Lula da Silva. “Está en peligro la democracia. Está en peligro el pacto democrático de las Américas, porque no es un problema solamente suramericano: lo mismo que pasó en Brasilia pasó en Washington”, señaló. Ni hablar en Perú, donde todo indica que el lobo feroz no asoma sino que ya se puso los pantalones, el chaleco, el saco y el sombrerito y está en plena faena.

Aunque tenga menos repercusión mediática, la situación en Perú se perfila como mucho más crítica que la de Brasil. El presidente surgido de la voluntad popular ya fue derrocado y encarcelado y no hay atisbos de aplacamiento a corto plazo de las protestas populares y la sanguinaria represión con que se le responde.

“Esta no es una crisis sólo política, es una crisis social, mucho más peligrosa porque el pueblo sale a las calles sin que haya dirigentes al frente, sin conducción. Más allá del reclamo por el presidente, se está saliendo porque se limpian el traste con nuestro voto. Hay un fondo histórico, el 70 por ciento indígena de la población indígena ha sido siempre negado por la clase política limeña”, advierte José Castro, peruano radicado en Rosario hace casi tres décadas.

Castro oficia de vocero de las y los autoconvocados que el miércoles pasado se juntaron en bulevar Oroño al 400 para presentar un petitorio ante el Consulado local peruano. Y aunque no quiere pecar de pesimista, no encuentra argumentos para avizorar un horizonte distinto a una guerra civil en su país. “Tenemos un gobierno usurpador que en lugar de poner paños fríos manifiesta que todo este movimiento está financiado por narcos, o por Sendero Luminoso; y eso exacerba todavía más al pueblo”, describe. Y añade: “la única herramienta que queda es la presión de organismos internacionales y gobiernos de otros países y la solidaridad de organizaciones sociales y de defensa de los derechos humanos, a las que estamos pidiendo que vayan a Perú para intentar parar la masacre”.

Una mirada similar es la que comparte con este medio Paula Peña, que aunque es bastante más joven que Castro coincide con él a la hora de destacar que la actual rebelión popular en Perú tiene raíces en cuestiones más profundas y estructurales que el derrocamiento de Pedro Castillo en diciembre del año pasado. Una de ellas, señala, es el enorme poder otorgado al Parlamento como guardián de los sectores oligárquicos por la Constitución sancionada en 1993 bajo la influencia del entonces líder de la derecha neoliberal peruana, Alberto Fujimori. “La gente está cansada de que el Congreso no respete la voluntad popular y voltee presidentes como si fueran muñecos. Y salió a protestar para que la actual presidenta renuncie, se disuelva el Congreso y se convoque a un referéndum para una nueva Constitución”, indica. A la vez, destaca el “componente racista y clasista” de la feroz represión desatada. “El gobierno manda al Ejército y a la Policía y disparan a matar. Matan a gente que está ayudando a heridos, sin piedad, usan balas que son ilegales y que se llaman explosivas porque cuando entran en el cuerpo se rompen y destruyen todo. Y en Perú mismo hay toda una indiferencia frente a esos muertos porque son muertos indígenas, campesinos, vidas que históricamente no valen”, resalta.

Aunque nacida en Rosario, Paula tiene la nacionalidad peruana heredada de su madre y forma parte del grupo de autoconvocados que quisiera que fuera más amplio de lo que es hasta ahora. “Somos muy pocos, en Rosario hay por lo menos unos cinco mil peruanos, pero en muchos se nota la misma indiferencia que allá”, sostiene. Y agrega que una de las razones de tal situación es la desinformación promovida por los grandes medios de comunicación. En este sentido, invita a combatir el silencio apelando a vías alternativas, de las que conoce bastante en tanto realizadora audiovisual: “Tengo amigos, compañeros, familia, que trabajan allá en comunicación y están registrando todo esto. Hay medios como Ojo Público, Wayka; y fotorreporteros independientes que están arriesgando sus vidas”, cuenta. Y contrasta con la actitud de los grandes medios de desprestigiar tildando de “terrorista” a “cualquier intento de manifestación y lucha por derechos, ya sean sindicales, sociales, estudiantiles”.

“Pero bueno: ¿De qué terrorismo estamos hablando si el Ejército es el que está tirando a matar a niños, mujeres, ancianos, médicos, periodistas, a gente que se manifiesta con a lo sumo piedras y palos? ¿Quién es el terrorista?”, inquiere Peña. 

La respuesta al interrogante es tan clara y ha sido tantas veces expresada que no parece necesario repetirla. Pero es evidente que hay que, además de reiterarla, gritarla; y cada vez más fuerte, porque el aullido de los lobos feroces es cada vez más ensordecedor.

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