El espíritu de la Democracia Corinthiana, presente en Brasil contra la intentona golpista. El rol de los torcedores antifascistas y el legado de Sócrates. ¿La camiseta es como un Dios? La CBF y un gol en offside.

“En el despótico señorío de los dueños de la pelota, los jugadores son los últimos monos del circo. No tienen derecho a decir ni pío. Pero no siempre ha sido así”, cuenta el escritor uruguayo y futbolero Eduardo Galeano. Se refería al movimiento creado en 1982, en plena dictadura militar brasileña, por el plantel del Corinthians. El lema principal de ese popular club autogestionado sonó fuerte por estos días de revueltas derechistas en Brasil, donde el presidente saliente, Jair Bolsonaro, no reconoce la derrota de las últimas elecciones: “Ganar o perder, pero siempre en democracia”.

El legado de aquello que se llamó la Democracia Corinthiana se ve reflejado aún hoy en las hinchadas antifascistas que, unidas, dejan el tablón y salen a la calle a defender el poder popular, como ocurrió el pasado lunes, al día siguiente del intento de golpe contra el gobierno de Lula. “Esto se veía venir. Bolsonaro fue preparando el terreno”, dice el sociólogo Paulo Escobar, que trabaja y convive con la gente que vive en las calles de San Pablo.

Quien llegó tarde, como defensor lento, fue la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) con su oposición a que la verdeamarela sea utilizada en el ataque a los tres poderes. “Antes permitió que la camiseta del seleccionado sea utilizada por la ultraderecha”, le recuerda a El Eslabón el periodista argentino Pablo Giuliano, radicado en San Pablo. Para el cronista Paulo Cezar de Andrade Prado, Paulinho, –también consultado por este medio– “el objetivo de la CBF ahora es estar en buenos términos con Lula”. 

Con los puños en alto

Ante los malos resultados registrados al principio de la década del 80, el presidente del Corinthians delegó decisiones futbolísticas en un sociólogo, que mucho sabía de sociedades humanas y poblaciones, pero poco de la pelota. Consciente de sus limitaciones, escuchó a los jugadores. Con los líderes del plantel, Sócrates, Wladimir y Walter Casagrande, lo unía no sólo el fútbol sino ideas izquierdistas y su postura contra la dictadura, que llevaba casi 20 años en el poder. En esas acaloradas discusiones sobre qué hacer con el club, nació la Democracia Corinthiana, una especie de autogobierno en el que futbolistas, cuerpo técnico y dirigentes votaban cada uno de los pasos a seguir: contratación de entrenadores, horarios de entrenamientos, concentración sí o concentración no. El voto del máximo directivo valía uno como el del jugador recién llegado. “En donde hay crisis e inestabilidad, hay espacio para la revolución”, dirá Sócrates años después en el documental Democracia en blanco y negro.

El nombre del movimiento fue estampado en las blancas camisetas del equipo, “lo que generó que un país en dictadura tuviera todos los fines de semana la palabra democracia en todos los televisores y diarios del país”, escribió Juan Stanisci en Lástima a nadie maestro.

Cuando en sus últimos manotazos de ahogado la dictadura plebiscitó su permanencia en el poder, Sócrates encabezó las manifestaciones a favor del retorno de la democracia, y el Corinthians pidió, también con una leyenda estampada en su camiseta: “Día 15 vote”. En el marco de esa campaña, el líder y mediocampista enrulado y de vincha que también la rompió en la Seleção, se reunió con el referente sindical metalúrgico e hincha fanático del Corinthians, Lula Da Silva. “Hay gente que tiene vidas que enseñan y hay gente que, nada más, tiene vidas. No tengo nada contra nadie, pero me interesan las vidas de los que enseñan. Esas son las vidas obligatorias”, se lee en el cuento Sócrates, una vida obligatoria, de Ariel Scher. 

El equipo fue bicampeón durante esos 2 años que duró la Democracia Corinthiana. Previo a una final que luego ganaron, los jugadores saltaron al campo de juego extendiendo una larga bandera, estilo pasacalle, que rezaba: “Ganar o perder, pero siempre con democracia”.

Los malos resultados posteriores le allanaron el camino a un grupo de clubes poderosos de Brasil que se unieron para ir en contra del método corinthiano. De todas maneras, el legado continúa y se pudo ver en los torcedores que, el día siguiente al intento de un nuevo golpe, dieron el presente en las calles para gritar: “¡Siempre con democracia!”.

Hinchada hay una sola

La victoria electoral de Lula en segunda vuelta tenía apenas unos días cuando manifestantes bolsonaristas cortaron rutas para marcarle la cancha al presidente electo. Lejos de digerir la derrota, vomitaron su odio en carreteras de San Pablo, Minas Gerais, Río de Janeiro y Santa Catarina. Al grito de “aquí es democracia”, la hinchada Gavioes da Fiel de Corinthians desbloqueó una de las rutas. En otras, hicieron lo propio integrantes de Mancha Verde, de Palmeiras, y Vascomunas de Vasco da Gama. Más al sur, la torcida de Coritiba también liberó caminos, lo mismo que la Galocura del Atlético Mineiro (que se unió para tal fin con sus rivales del Cruzeiro). “No son barrabravas”, le explica a este medio Pablo Giuliano, corresponsal de Télam que vive en Brasil hace 16 años. “Están registradas en la Justicia como asociaciones –agrega– y tienen una gran vida cultural, actividades sociales y forman parte de lo más profundo del pueblo, en los barrios, con las escuelas de samba”. Aclara que para ellos corren “otros tipos de leyes respecto al de las barras argentinas que viven amén del club”, y resume: “Estos también tienen ciertas vinculaciones con el delito, pero tienen otros puntos de legitimidad. No tienen una dedicación tiempo completo como las barras en Argentina”.

La respuesta al fallido intento de golpe no se hizo esperar. Y tuvo a esos sectores antifascistas de las principales hinchadas como organizadores, en el frente de batalla, “dejando de lado sus diferencias y marchando codo a codo para pedir que no haya amnistía para Bolsonaro y sus cómplices”, confirma Paulinho.

Volviendo al lema de la Democracia Corinthiana, el experto periodista deportivo Juca Kfouri escribió para UOL el primer día de 2023, durante la asunción de Lula: “Ganar y perder elecciones es parte de cualquier proceso electoral democrático”, y recordó: “En 2018, por ejemplo, aquellos que perdieron y aceptaron la derrota pacíficamente no pidieron ruptura democrática, por el contrario, comenzaron a cobrar fuerzas para disputar las próximas elecciones”. En la misma nota, se lamentó anticipando lo que venía: “Ahora desafortunadamente no fue así”. Por eso, para el sociólogo chileno radicado en Brasil, Paulo Escobar, “este será el gobierno más difícil de Lula”. El partido más difícil.

“Casa Bandida del Fútbol”

La afamada Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) registra un largo historial de dirigentes corruptos que odiaban la democracia. Joao Havelange, Ricardo Teixeira y José María Marin, entre los destacados. La actual conducción, a cargo de Ednaldo Rodrigues, hizo caso omiso a la campaña de ex y actuales futbolistas que, vestidos con la canarinha, apoyaron la candidatura de Jair Bolsonaro. Por eso sorprendió que tras el ataque antidemocrático del domingo 8, emitiera un muy escueto comunicado, remarcando que “la camiseta de la Selección Brasileña es símbolo de la alegría de nuestro pueblo”, y que como “la CBF es una entidad apartidista y democrática”, pide que la casaca “se use para unir y no para separar”.

Tras repudiar que “sea utilizada en actos antidemocráticos y de vandalismo”, la patria tuitera no tardó en recordarle la tardanza en ese tipo de posturas. “¿Estabas fuera del planeta, hermano?”, le escribió uno. “Felicitaciones por hacer lo mínimo, ahora que el daño está hecho”, agregó otro. La docente y activista del Movimiento de Mujeres Negras, Ana Flávia Magalhães Pinto, fue más allá: “Entonces, ¿qué tal lanzar ediciones especiales de camisetas: CBF en Defensa de la Democracia y CBF Antifascista?”.

En su blog, Paulinho llamó Casa Bandida do Futebol a la CFB, y escribió que “la manifestación contra el uso de la camiseta para actos antidemocráticos llegó con casi una década de retraso”. Ahora dice que todo aquello ocurrió “sin que la entidad se indignara”, y que “sólo lo hizo ahora que estaba seguro de que Bolsonaro no volvería al poder, tras el fracaso del golpe”. Recuerda también que la CBF se negó a firmar la “Carta a las brasileñas y brasileños en defensa del Estado Democrático de Derecho” a la que adhirieron más de un millón de personas y personalidades. “Por miedo a Bolsonaro”, dice. Y advierte, además, que la intención es acercarse al nuevo gobierno. “No se dejen engañar”, les pide a Lula y a su ministra de Deportes.

Giuliano coincide en la demora del posicionamiento, y enumera los atropellos que se hicieron con la verdeamarela puesta: “La CFB permitió que la camiseta sea utilizada por la ultraderecha para derrocar a Dilma, después para instalar a Temer, y luego para elegir a Bolsonaro”, con quien tuvo “una relación muy pornográfica”. La Copa América 2021 –que Argentina y Colombia rehusaron organizar como estaba previsto antes de la pandemia– realizada en Brasil pese al descontento popular, fue un claro ejemplo de esas relaciones carnales. El castigo llegó en la cancha.

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