Se presentó, en la Cooperativa Mercado Solidario, el libro El malestar en la poesía, de Rubén Vedovaldi, editado por Último Recurso.

Aunque se presente como una sola palabra, “malestar” es un término formado, claramente, a partir de dos vocablos. Malestar significa “estar mal”, del mismo modo que “bienestar” significa “estar bien”.

Malestar sería, así, un modo del estar; una de sus maneras posibles. 

El diccionario de la Real Academia lo define como “desazón, incomodidad indefinible”, lo que le otorgaría a esa palabra doble un sentido indeterminado o incierto. 

Pero no siempre el malestar se presenta como algo indeterminado, o de origen difuso. Sigmund Freud publicó, hacia 1930, un luminoso texto denominado El malestar en la cultura, con el que intentó dar cuenta no sólo de las formas sino además de la etiología del malestar, al ubicarla en el conflicto que supone restringir, por medios culturales, las pulsiones ancestrales de los hombres.

Casi un siglo después, Rubén Vedovaldi ha publicado El malestar en la poesía, título que evoca al de la obra freudiana al tiempo que le brinda homenaje.

No se trata, claro está, de una reproducción epigonal: Vedovaldi no se dedica ni a la práctica ni a la exégesis de la ciencia creada por Freud. Pero es un buen lector –un gran lector, deberíamos precisar– de los textos liminares que signan a la cultura contemporánea.

Por ello, Vedovaldi puede decir en el poema La sentencia del nombre: “Llevo tatuado en mi nuca mi nombre / mi incógnito destino / la predicción del oráculo / el deseo y el miedo de mis padres”. O puede colocar como epígrafe, en el poema Brújula ciega, una célebre máxima freudiana, que reza “Donde Ello era, Yo debo advenir”.

Acaso por ello, el modo de estar en el mundo de ese sujeto que habla en los versos –el siempre problemático Yo poético, el más formalizable sujeto de la enunciación discursiva, el nunca presente Poeta que se sustrae detrás de un nombre propio– poco tenga que ver con algún tipo de Programa o de Proyecto: no es un hablante construido a partir de algoritmos algebraicos. 

Por el contrario, el sujeto que habla en los versos puede definirse como alguien que detenta tres propiedades fundamentales: es hablante, es deseante y es mortal, de un modo si se quiere psicoanalítico.

De ahí el drama que supone su existencia, que en este caso supone una cuarta propiedad: la lucidez, la comprensión, la perspicacia, que le permite entender “de qué va la cosa”. ¿Por qué lo decimos de esta manera? Porque la aguda inteligencia que revela ese sujeto no es una inteligencia modelada por las formas del pensamiento académico, científico o filosófico, aunque ninguna de esas formas le sean desconocidas.

Al contrario: la inteligencia que exhibe el poemario de Vedovaldi es una inteligencia a la que podemos llamar, sin problemas, “de raigambre popular”. Raigambre, decimos, aludiendo a los vínculos que ligan a alguien con algo, y no popular a secas, porque ese hablante, como ya se indicó, abreva en vertientes y fuentes del pensamiento y del arte situadas en otros estratos de la vida social. 

Porque, podría decirse, para la escritura de Rubén Vedovaldi la cuestión no pasa por abjurar de la gran tradición cultural de Occidente, sino por pensar los sitios posibles de su emplazamiento. O, en otras palabras: no desasirse de ella, sino apropiarse de ella desde una posición capaz de cuestionar sus tradicionales fundamentos ideológicos y de clase.

El malestar en la poesía se lee, desde ese punto de vista, como un texto crítico, revulsivo, que se pliega a las tendencias históricas inauguradas por los movimientos emancipatorios propios de la Modernidad. Se vale, para ello, de la herencia del pensamiento y la poesía insurgentes de nuestra era, lo que implica no desdeñar los aspectos formales –y por lo mismo estéticos– del lenguaje. Por eso, el texto de Vedovaldi es pródigo en figuras que siempre acuñó la poesía: la paradoja, la homofonía, el anagrama.

Pero no lo hace a la manera de una práctica lúdica, sino de una acción política, que interpela y convoca al lector: leer sus poemas consiste en una experiencia que de algún modo nos modifica, porque después de leerlos no podemos seguir siendo los mismos. 

La solapa del libro nos ofrece un pequeño autorretrato, donde Vedovaldi se presenta. Dice: “Discapacitado motriz, kiosquero jubilado, ciudadano de tercera en un país dependiente, no es Faja de Honor en la S.A.D.E. ni morirá en París”.

A lo que restaría agregar: ¡Ni falta que le hace!

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