La prisión de Pankrác tenía una arquitectura extraña, que me obligaba a sucumbir a reminiscencias desconocidas. Las antiguas paredes de concreto obligaban a los prisioneros a reconocer que eran hijos de un pasado, que su existencia había brotado desde antes de sus crímenes, que su condena ya estaba trazada en la historia.
Ese día me puse el suéter de rayas blancas y azules. Llevé mis lentes así Marek podía reconocerme. Me senté en la sala de visitas, mientras la luz tenue del sol encandilaba mi reflejo en una copa que estaba sobre la mesa. Iba a visitar a Marek, toda mi vida lo conocí como “Cryptosis”, su nombre en línea.
Un oficial lo trajo en silla de ruedas. Tenía el pelo castaño, corto, y el semblante endurecido. La mirada perdida. Un barbijo para evitar los contagios.
—Marek… O Cryptosis… ¿Cómo va?
Sonrió tímidamente y negó. Lo miré con ternura. Todo lo que podía ser él mismo, había cedido a la amnesia del tiempo.
—Quizás no te acuerdes, pero nos conocimos en internet. Soy Morgen.
—“Morgen.mm7…”
—Sí. Aunque mi verdadero nombre es Kosta.
—Bueno verte —murmuró. Noté en él cierta incomodidad.
Contempló lo que había quedado de su pierna. Había sido amputada y se veía un muñón atado con lo que sobraba de su pantalón. Era atlética, con buena distribución de grasa. No parecía que hubiera sido víctima del sedentarismo de dos años en una celda aislada. Era esa pierna la única evidencia de su crimen. Qué gracioso. La carne era la única evidencia. ¿No lo hacía eso mucho menos valioso?
Pensé que decirle esto a Marek era algo peligroso para su propio ego, tan delicadamente quebrado. Se complacía con la idea de haber dejado de ser un hombre. Cuando me hablaba, sus dedos se relajaban y retorcían. Lo veía tan sosegado y ajeno a su propio salvajismo que me despertaba envidia. Aun si era yo quien estaba libre.
—Me di cuenta de que le dedico mucho menos tiempo a la zoología desde que estoy en este lugar. Antes me gustaba aprender sobre los animales, pero estando libre no aprovechaba para contemplarlos de cerca. Y no es lo mismo “imaginar” que “saber”, ¿cierto? Creo que algunas veces te había escrito sobre los grillos que encontraba cerca de mi casa. Se llaman grillos de campo de otoño.
—Lo recuerdo. Esos que eran marrones, gordos.
—Exactamente. Y los amarillos —sonrió.
—Bueno. Te había prometido que si nos veíamos alguna vez, cerca de Praga, te iba a dar un libro de cuando era niño —sus ojos se llenaron de brillo. Su rostro emanaba cierta dulzura incluso detrás de esa piel rasgada, que se estaba pudriendo producto del encierro—. Obviamente eso no pudo pasar. Así que te lo voy a dar ahora.
Le di el libro. Era de tapa dura, una enciclopedia sobre insectos.
—Gracias, es una lástima haberlo recibido en este lugar. No creo que la libertad exista, pero si hay alguna circunstancia en donde desearía haber tenido la ilusión de ella, es observando insectos en el bosque detrás de mi casa —luego de decir esto, suspiró—. Habría sido muy egoísta contaminar la imagen de los insectos con mi ambigua fantasía de libertad, producto del poder que otros han ejercido sobre mí. Así que los libros están bien, porque puedo privarme de ella. ¿No te parece que los animales viven gracias a los patrones de la naturaleza? En cambio, nosotros, si no nos matamos, estamos condenados a reinventarnos, y eso es lo que la naturaleza odia y por eso morimos de una forma u otra.
—Sin duda no lo somos —respondí. Quería interrogar a Marek; sin embargo, debía seguirle la conversación—. Nuestra originalidad es el vago deseo de diferenciarnos; nace de nuestro temor a morir. Pero es imposible que exista tal cosa. Somos figuras amorfas que se acoplan invasivamente a los otros. Se pertenece, patéticamente, a un mundo impropio, o no se es nada.
—Por eso hice lo que hice, para matarme. Pero tuve la desgracia de verme sometido a la crueldad. Maté a los otros porque quería matarme a mí mismo simbólicamente.
Tragué un poco de saliva y guardé silencio. Era un silencio profético. De aquellos que afirman las palabras.
—Eras tan bravo antes, ¿qué te pasó? —dije, y me acerqué a él—. Lleno de rabia, eras como un animal que no podía controlar sus impulsos en el deseo de libertad individual. Disparaste y mataste a toda esa familia, tus vecinos. Los convertiste en tu apoteosis. Y tu ataque en un mero ritual de ascenso ante lo incomprensible. Aquello no era más que una fantasía onírica; entregado a esa fantasía de elevación, la naturaleza podía conducirte hacia la muerte. Tu odio hacia tu propio ser estalló como la fuerza de una marea que golpea indiscriminadamente las rocas de la costa. Te volviste un hombre de fe más que cualquier cristiano en el mundo. Encarnás la piedad sobre tu propio espíritu como la eucaristía. No discriminaste a pecadores de creyentes, sino que los volviste parte de tu carne. Y ahora te encuentro en este lugar, ni siquiera pudiste morir. ¿Qué pasó, que no cediste?
—¿Creés que una presa no conserva los colmillos con los que Dios la ha dotado para desquitarse de la carne del único depredador que fue injusto con él, es decir él mismo? Ahora mi furia se desplaza como parte del viento, se vuelve sangre de aquellos descontentos con la condición humana —dijo Marek con la mirada perdida—. Esto era una cosa de un solo momento. Lo único que había en mi cabeza era un pitido, que retorcía mi conciencia obligándome a exterminarme. Era necesario. Creía que… lograría mi autodestrucción simbólica. Rápidamente me di cuenta de que caí en un sueño apolíneo. Mirá a tu alrededor y vas a ver cómo incluso la tierra te ata a los hombres. Aun así, vas a seguir siendo ajeno a ellos. Vas a estar apartado de sus confabulaciones, vas a ser segregado de sus relaciones y obligado a perecer bajo el silencio de sus conspiraciones. Asimismo, vas a padecer su enfermedad. No una enfermedad física, sino la peste que se nutre de las relaciones que tienen con sus parias.
—¿Mientras planificabas eso, alguna vez pensaste en mí? —le pregunté. Con ese monólogo, me surgía la idea egoísta sobre si mi imagen había aparecido en sus pensamientos.
Marek sonrió, como si en su memoria se abriera un espléndido recuerdo.
—Sí, claro. Aunque no me gustaba recordarte de esa manera.
Me reí. Recordaba algunos buenos momentos, noches largas conversando. Solíamos discutir sobre varios temas relacionados con Estados Unidos. Y compartíamos varias noches de películas; habíamos visto Martyr of Love, de Jan Němec, y nos reímos un poco de la extraña actuación de Ivana Karbanová.
—Recuerdo cuando jugamos una vez al Stratego online. Te tomaste muy en serio el papel de soldado. Te gustaba fantasear con eso, pero jamás tuviste la determinación para volverte uno.
—Es fácil vivir de buenos deseos —dijo con una sonrisa apenada.
—Para todos es fácil vivir de buenos deseos y promesas inconclusas. Es más fácil desear que ver el rigor del presente. Al final, cuando trato de entender, sólo estoy monologando. Sólo es mi propio deseo del vacío, nada que se asemeje a lo tuyo.
—No tengo presente. Ni pasado, ni futuro. No tengo fantasía en la cual me pueda escabullir, más que el anhelo de que algún día el vacío vendrá por mí.
—La verdad, no sabría decir si te odio por lo que hiciste. Antes te apreciaba porque apenas podía verte. Pero ahora mis sentimientos son confusos. Muchas cosas se revelan ante mí al verte. La naturaleza de tu crimen no es muy distinta de los deseos que me constituyen. Lo único que nos separa es un hecho puntual. El deseo de estar muerto complace más a la muerte que desaparecer. Se podría decir que acabaste con ella, te impusiste y no dejaste que te dominara. Yo podría haber hecho lo mismo, si no me hubiera sentido tan cómodo imaginándola.
Podría haberme quedado callado, y regocijarme con nuestras conversaciones en línea, apropiándome de los recuerdos y volviendo la imagen de Marek una mera extensión mía.
—El que me odies me conserva —me dijo con una gran sonrisa—. Sin ese odio íntimo, realmente estaríamos deshechos. No seríamos nada. Lo que hice no fue por odio, quizá por un extraño exceso de amor a la muerte. La volví mi fantasía megalómana, y rápidamente la aparté de su naturaleza. La contradictoria acción de desearla me hacía cada vez más humano, y me volví primitivo. El misántropo está empachado de humanidad, la ama. Por eso no puede soportarla. En cambio, el odio, hasta los más débiles cuerpos lo soportan. En él reside el misterio de la existencia, te permite cuestionar mis acciones y las tuyas propias. Es mejor que lo dejemos así. Por eso te pido que no te fuerces a dejar de odiarme.
Publicado en el semanario El Eslabón del 16/5/26
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