
Finalmente, se realiza la marcha en el centro de la ciudad. Adelante va la comisión directiva del sindicato, portando un gran cartel que dice: “Por la reincorporación de todos los compañeros cesanteados”, y que exhibe, como firma, “Sindicato de Motoqueros de Rosario”. Detrás marchan cientos de repartidores, muchos de ellos en moto o en bicicleta.
Después vienen los movimientos sociales, los grupos de disidentes y feministas, los partidos de izquierda y, cerrando la marcha, los organismos de derechos humanos. Deben ser varios miles de personas: treinta, cuarenta mil, o acaso más.
Se dirigen hacia la sede del gobierno provincial, enfrente de la plaza San Martín, con el fin de entregar un petitorio a las autoridades. Lo hacen por la peatonal Córdoba, ya que partieron de la plaza 25 de Mayo, para cruzar el centro de la ciudad a través de una de sus calles emblemáticas. Adelante van varios grupos de músicos, tocando instrumentos de viento y de percusión con los que ejecutan los cánticos que aluden a los motivos del acto. Entre ellos se destaca, nítida, la banda de la barra brava de Newell’s, que no cesa de tocar esas canciones que todos corean.
Al ver que es la banda de Newell’s, de inmediato imagina que los debe haber enviado El Mencho: qué otro, si no, podría haber dispuesto que se sumen a la movilización. Hace un gesto con la cabeza, que puede ser de resignación o fastidio, y vuelve a mirar hacia adelante porque ya están llegando a la plaza.
Cuando llegan, se encuentran con que varias filas de policías, cubiertos con cascos y escudos, están impidiendo que avancen. Comienzan entonces los insultos y de inmediato empiezan a volar piedrazos en dirección a la policía. Joe intenta contener a la gente porque comprende la gravedad de la situación, pero es inútil: en pocos minutos la policía comienza a avanzar sobre ellos, lanzando gases lacrimógenos y balas de goma.
Se produce entonces el desbande generalizado. Muchas personas huyen de la represión policial, sumamente violenta, pero otros –generalmente los más jóvenes, entre los que se cuentan muchos motoqueros– enfrentan a la policía tirando piedrazos y objetos que recogen de la calle. Entonces suenan disparos que no son de balas de goma sino de plomo. El caos se generaliza, y cada cual escapa por donde encuentra un resquicio.
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