Compostar es una palabra rara para los argentinos. “Es cosa de hippies”. “Ah, sí, ya sé, es eso de la basura, pero hace olor”. “Sí, sí, trae ratas, seguro, a una amiga le pasó, por eso yo no lo hago”. Frases como estas y otras se usan para seguir barriendo bajo la alfombra o, como dijo alguien, enterrar nutrientes y futuro.

Cuando de frases se trata, en encuentros de cultura compost me gusta preguntar (como para ponerse algo picante): ¿Podemos hablar de soberanía y seguridad alimentaria si no practicamos compostaje como política de Estado?

En tiempos en los que ya no sabemos muy bien qué estamos comiendo cuando nos sentamos a la mesa, el compostaje de nuestros residuos orgánicos nos brinda, entre otros beneficios, la posibilidad concreta de crear nuestros propios nutrientes.

Bien. Pero, ¿qué es el compostaje?” sería la pregunta de 45 millones de argentinos, si alguien se la hiciera.

El compostaje es el proceso por el cual podemos convertir la mitad de los residuos que generamos los argentinos en abono para huerta, plantas y también en bio gas.

La mitad es mucho. Ese 50 por ciento de los residuos va a parar en gran parte a los cinco mil basurales que existen en territorio argentino. Si le sumamos los costos logísticos, pagados por los impuestos propios, y además las emisiones tóxicas que conlleva no separar los residuos, estamos ante un problema. 

El compost, y toda su interacción cultural, es el primer y gran paso para frenar ese círculo vicioso. Desde la práctica cotidiana del compostaje estamos comprobando año a año, en distintas regiones, que es posible salirnos del mundo lineal que hemos sabido crear para entramar y circular opciones que nos brindan nuevas oportunidades.

En un planeta que, además de recursos naturales, va perdiendo oficios, el compostaje y su cultura traen un mensaje no tan lejano, que viene desde la época de nuestros bisabuelos, y dice: “Artes y oficios, el compostaje potencia artes y oficios”.

La yerba, el café, las cáscaras de cítricos, los saquitos de té. Restos de verduras no cocidas, cáscaras de huevos, césped, hojas y ramitas de los árboles. Si desde temprano en cada casa decidimos como ciudadanos dejar de pagar para enviar todo eso a rellenos (basurales) y lo dejamos (gratis) en rincones de nuestro hogar, veremos cómo en algunas semanas, y con poco trabajo, se transforma casi mágicamente en nutrientes.

Podemos afirmar que de cada cien mil kilos de residuos orgánicos que se composten, podremos obtener unos veinticinco mil de un muy buen compost. Dicho de una manera intangible, salimos de algo lineal y viciado de pobreza para cocrear ciudadanamente (nada menos) una red circular bien virtuosa.

En 2024, entre el Día Mundial del Agua (22 de marzo) y el Día Mundial de la Tierra (22 de abril), vamos a celebrar por decimoprimer año el Mes del Compostaje. Este encuentro nació hace exactamente 10 años, muy cerquita de Rosario, y se diseminó como celebración por todas las provincias y países cercanos. Rosario, y toda la provincia, aún están lejos de lo ideal en lo que a gestión de residuos se refiere.

Son contadas las comunidades que incorporaron al compostaje como cultura y la mayoría de las 366 localidades aún no han siquiera hecho alguna campaña. Las áreas de gobiernos que deben involucrarse son prácticamente todas, entre ellas: cultura, ambiente, salud pública, promoción social, producción y turismo. Como diría Pappo: “Mucho por hacer, queda mucho por hacer”.

*El Chipeador. Co creador de Mes del Compostaje, Compost Tour, Nación Compost, La Qompostera, Cultura Compost SMAndes y Uruguay Composta.

Nota publicada en la edición impresa del semanario El Eslabón del 14/10/23

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