
El día 8 de julio salió publicada en el Boletín Oficial la Ley Bases. Allí mismo intentamos comprender qué significaba cada uno de los artículos que la componían en materia de derechos y garantías. El sistema presidencialista que tenemos le da el poder a quien está al frente del ejecutivo de establecer las reglas del juego. Los votos en diputados y senadores se consiguen para aprobar reformas en esos primeros meses. El tema es qué tan lejos se quiere llegar. El actual gobierno pasó los límites de la constitucionalidad sin pagar consecuencias políticas. Quizás esto sólo sea posible cuando los intereses que se defienden son los del poder fáctico.
La pregunta del millón es si estas relaciones de poder, entre partidos políticos, legisladores, ejecutivos, y en última instancia –y como incuestionables árbitros– el poder judicial, son los únicos actores de la política. Durante años, los partidos que respondían a ideologías más conservadoras, al poder económico, a la iglesia, eran sustentados en sus demandas por el partido militar, que no son todas las Fuerzas Armadas, sino una élite de generales y altos mandos jerárquicos, provenientes de las clases sociales acomodadas, que garantizaban los intereses propios de su clase social con intimidaciones, amenazas y golpes de estado. Nuestra historia oficial fue escrita por los catedráticos, nuestras instituciones, hasta las más modernizantes como la escuela, fueron creadas con el objeto de disciplinar a generaciones enteras durante décadas, durante más de cien años. Las leyes que tenemos fueron escritas por los abogados de la Universidad Católica, por eso no se entiende lo que dicen, porque fueron redactadas para que las utilicen quienes las escribieron y se apliquen al resto con “toda la fuerza de la ley”. La economía explica fenómenos del mercado como si fueran meteorológicos, los ministros de Economía explican las decisiones que toman bajo el paraguas de la inevitabilidad, como si no tuvieran ninguna posibilidad de dejar de favorecer permanentemente a los más desposeídos.
A pesar de todos estos condicionamientos, existieron períodos de nuestra historia en que las mayorías adquirieron derechos, los lucharon, se le arrebataron al poder real, y fue en base al estado de movilización permanente. Se consiguieron derechos laborales, como las ocho horas, el aguinaldo, la obra social, las vacaciones. También se lograron derechos civiles, políticos, sociales, culturales, no sin pérdidas de vidas de personas, encarcelamientos, persecuciones, exilios y una gama muy variada de tecnologías para el control social represivo. Sin dudas, se llegó a la cúspide de la falta de respeto por la vida y por la dignidad humana en la última dictadura empresarial, militar y eclesiástica. Los movimientos fueron los protagonistas que a lo largo de la historia, sostuvieron las luchas que permitieron lograr esos derechos que hacen al mundo un mejor lugar para vivir, y que resultaron el motor con el cual los gobiernos de tinte nacionales y populares, o progresistas, o de izquierda, lograron mejorar la calidad de vida de las personas, y que podamos percibir el concepto de la justicia social. Los movimientos están conformados por personas, por sujetos, y es allí donde se dirigió la estrategia del poder mundial. De la mano de los medios masivos de comunicación primero, en su rol hegemónico de construcción de realidad, y algunas décadas más cercanas la utilización de los medios digitales afianzando modos de subjetivación que construyen a diario un imaginario donde lo ideal es ser consumidores y ya no ciudadanos. La disputa no se produce en los pensamientos, ya que no se trata de una cuestión ideológica, sino a los deseos mismos de las personas. Por eso hoy, incluso, muchas fuerzas progresistas, y muchos representantes de partidos nacionales y populares plantean únicamente la crisis económica, dejando de lado la crisis social y cultural que se genera cuando lo más importante en la vida de las personas es el dinero. La percepción de gran parte de la población en los momentos en que existían créditos accesibles para comprarse una casa era que se vivía en la inseguridad, que hoy por suerte no existe porque no tengo nada para que me roben. Seguramente que cualquier gobierno que asuma, al que le importe el pueblo para el que gobierna, deba mejorar la distribución del ingreso en favor de los pobres, de los que siempre pagan las deudas de la timba, pero siempre sabiendo y teniendo en cuenta que llenar el bolsillo no alcanza para tomar consciencia. La retórica política es un juego, en el que se disfruta haber acertado las predicciones, aunque las consecuencias sean catastróficas. Se regocija más el decir “yo tenía razón” que en plantear que podemos cambiar las cosas si participamos, que es la esencia del movimiento. No vamos a recuperar el deseo si no trabajamos lo cultural mucho más fuerte, ni vamos a ser movimiento si como sujetos no tenemos nada que compartir. Juntarse a hablar es para sacar conclusiones de lo que se hizo, si no se hizo nada no hay de qué hablar. El deseo de un mundo mejor lo construye un sujeto que se puede sentir orgulloso de sí mismo, porque pudo sostener una postura contra el poder de fuego del mercado, que se mofe de lo que quiere la mayoría, un sujeto para el que lo más importante seamos todos los seres vivos que habitamos la tierra.
La disputa de poder sigue, no hemos sido derrotados, retrocedemos y avanzamos permanentemente, sólo que los algoritmos nos condicionan la visión, nos hacen sentir derrotados, estamos cerca del colapso, no de este gobierno, sino del consumo como forma hegemónica de relación social, no porque hayamos hecho algo, sino porque no nos podemos vivir echando la culpa del mundo de mierda que hicieron los poderosos. Coincido con Bifo Berardi, desertemos, la cancha está inclinada, los cuatro árbitros y el Var y la yuta en la puerta son de ellos, y están todos complotados para cagarnos. Es tiempo de volver al potrero, las luces led nos hacen mal, las camaritas y las filmaciones nos hacen creer que somos estrellas.
Mirá con qué poquito nos conforman, el éxito vino a reemplazar a la alegría de ser rebeldes, a la potencia de luchar, de saber que todavía se pueden seguir transformando la realidad, por poco que fuera. La presencialidad, el abrazo, la escucha activa y el valor de la experiencia es lo que nos permitirá seguir ganando derechos y el orgullo de saber que estamos haciendo lo correcto, sobre todo si sabemos comprender que lo más valioso que tenemos es la biodiversidad en el sentido más amplio que se pueda pensar, empezando por garantizar el derecho a ser diferentes, desde lo más íntimo a lo más colectivo.
Publicado en el semanario El Eslabón del 30/11/24
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