Los escándalos de los aportantes truchos a la campaña de Cambiemos y de los cuadernos de las coimas, matizados por el dispositivo mediático-político-judicial. El valor de las pruebas y la construcción de lo verosímil, según creencias previamente configuradas. Bolsos, bóvedas y deseos.

Al escándalo por el presunto lavado de dinero en la campaña proselitista de Cambiemos mediante el empleo de aportantes truchos que envuelve a una de las principales figuras de esa alianza, la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, el Gobierno respondió con la difusión del contenido de los cuadernos privados del chofer de un ex secretario de la gestión anterior, que apuntan a la supuesta recaudación de recursos empresarios ilegales para solventar, también, las costosas campañas electorales. ¿Cuál de los dos casos reviste mayor gravedad en la agenda pública y el espacio mediático? Acertó, estimado lector: el que involucra a ex funcionarios de las administraciones kirchneristas.

La respuesta brindada por el Poder Judicial en ambos casos no permite equívocos: mientras Vidal ordenó una auditoría ¡propia! para determinar si existieron ilícitos en la recaudación del dinero utilizado en la campaña electoral bonaerense de 2017 y la Justicia solicitó informes al Ministerio de Desarrollo Social –que comprobaron varios casos de personas empobrecidas que aparecen como aportantes truchos–; el juez federal Claudio Bonadio se mostró más expeditivo al apropiarse dudosamente de la causa por la difusión de los cuadernos del chofer del ex secretario de Coordinación del Ministerio de Planificación, Roberto Baratta, y en un santiamén ordenó detenciones y produjo indagatorias.

Esta nota no procura establecer inocencias ni culpabilidades. Apenas asomarse al tratamiento judicial y mediático de ambos casos, cuyas investigaciones recién se inician, aunque sus suertes casi que pueden predecirse.

¿Por qué? Porque uno de los principios básicos del ordenamiento jurídico argentino, la presunción de inocencia, fue reemplazada por el juicio oral y público –por lo general sin derecho de defensa– en los medios de comunicación.

El diario La Nación, medio que difundió la denuncia en base a las increíbles anotaciones a lo largo de una década del chofer de un funcionario, tituló una de sus notas: “El mapa de las coimas: los lugares más frecuentes del recorrido del dinero”. Podría pensarse que fue elaborada en base a una condena judicial por corrupción, luego de acceder al expediente. Pero no. Son las anotaciones de Oscar Centeno, el chofer de Baratta, que dieron inicio a la investigación, que aún no posee ni una pericia caligráfica para determinar si la letra pertenece al presunto autor de los extraños cuadernos.

Sin embargo, el artículo da por sentado que hubo coimas y que el dinero realizó tales o cuales recorridos. Insistimos: no se trata de poner en duda la veracidad de esas pruebas –que, de hecho, también es lícito hacer, y más adelante haremos– sino de entender por qué una corrupción es mala y otra buena. Y cómo una quiere taparse con otra.

Para colmo, y luego de la difusión pública de las tapas de los cuadernos de anotaciones de Centeno y de parte de su contenido, se conoció que el diario fundado por Bartolomé Mitre posee fotocopias de esa prueba, ya que los originales fueron devueltos por el periodista a sus fuentes. Tampoco los tiene el juez Bonadio ni el fiscal del caso, Carlos Stornelli –ex asesor de Mauricio Macri en Boca Juniors– que ordenaron allanar la vivienda del chofer pero no pudieron encontrarlos. El autor primero dijo no recordar si los quemó y luego en otra declaración aseguró que finalmente los quemó.

Lavado y enjuague

Las causas por los aportantes truchos a la campaña bonaerense de Cambiemos no posee protagonistas muertos, como la de los cuadernos.

Los presuntos aportantes utilizados sin su permiso declararon que fueron engañados; el Ministerio de Desarrollo Social confirmó que en 205 casos revisados existen 153 que son beneficiarios de planes sociales; el fraude podría trepar a unos 40 millones de pesos según sus investigadores.

Por ese caso se formaron dos expedientes, a raíz de varias denuncias. Tras requerir algunos informes, finalmente el fiscal electoral Jorge Di Lello –que encabeza esa dependencia a nivel nacional– decidió enviar el expediente al juzgado electoral con competencia electoral de La Plata, y el caso quedó en manos del fiscal de esa jurisdicción, Hernán Schapiro.

El 31 de julio el procurador general interino dispuesto por el Poder Ejecutivo, Eduardo Casal, corrió al fiscal Schapiro de la causa por los aportes truchos a la campaña bonaerense de Cambiemos en 2017. En el escrito indica que la decisión se adoptó para “favorecer” el desempeño del funcionario en otra fiscalía y en la unidad de Derechos Humanos. La misma práctica fue empleada para desplazar al fiscal Juan Pedro Zoni de la investigación a la familia Macri en la causa del Correo Argentino.

Hasta el cierre de esta edición el nuevo fiscal de la causa por los presuntos aportantes truchos, Guillermo Ferrara, no había solicitado al juez allanamientos ni que ordenara detenciones ni tomaron indagatorias a los protagonistas de esa historia, que posee elementos probatorios fuertes.

Las pruebas conocidas lucen claras, los propios involucrados en la supuesta maniobra de lavado se admiten como víctimas. Son miles. Incluso dirigentes políticos de Cambiemos, que en muchos casos fueron candidatos, señalaron públicamente que no realizaron aportes a la campaña de su propio espacio político, aunque en los registros presentados por esa alianza ante la Cámara Nacional Electoral figuran como contribuyentes.

No se trata de interpretaciones o elucubraciones. El ex candidato a intendente de Cambiemos en Ituzaingó, Osvaldo Marasco, denunció que le falsificaron los aportes.

“El cien por ciento de los aportes son truchos. Lo mismo con las cenas, inventaban una «cena de recaudación» y decían que juntaban plata. Mentira, nadie hacía donaciones”, explicó el dirigente oficialista.

“La forma de blanquear la plata –avanzó en diálogo con Diagonales, de La Plata– fue copiar las listas que mandamos a la junta electoral y ponerles montos de hasta 50 mil pesos”.

Esta causa, que le generó ruido al Gobierno por la contundencia de sus pruebas, fue sepultada en la agenda de los grandes medios esta semana por la de los cuadernos. La primera, en rigor, fue hasta ocultada por el principal diario del país hasta que la gobernadora Vidal se vio obligada a hablar del tema. Como tapar el sol con la tapa de un periódico.

Esa dinámica de los medios de comunicación no es nueva ni se estrenó con este caso. En realidad, es su (lamentable) lógica de funcionamiento.

En la dimensión y llegada a las audiencias de unos y otro radica la diferencia. Lo resumió con precisión el escritor Jorge Asís, insospechable de kirchnerista, en un tuit: “¡Nos vienen con Amorín y El Destape! Les tiramos con Bonadío y La Nación”.

La investigación por los aportantes truchos fue artesanal, realizada por un periodista de 25 años que terminaba la primaria cuando Néstor Kirchner asumió la Presidencia y se difundió en un medio digital que sólo tiene algunos años de existencia.

La de los cuadernos fue publicada en uno de los diarios más antiguos del país fundado por Bartolomé Mitre, el periodista que la llevó adelante viaja en avión pagado por la Jefatura de Gabinete a dar charlas o moderarlas para una fundación de Cambiemos.

Instantáneamente su trabajo –que, sin dudas, posee una gran trascendencia pública del mismo modo que el de los aportantes truchos– fue replicado en cadena nacional privada por los principales medios en sus diversos formatos, y ya no quedó espacio para hablar de otra cosa.  

La teoría hipodérmica de la comunicación, aquella que indicaba que el mensaje emitido por los medios es asimilado y recibido en su totalidad y sin ánimo crítico por el receptor, no tiene validez. Lo que consiguen las grandes empresas de comunicación es condicionar los temas de los que se habla –construir la agenda, en la jerga-, no tanto, en cambio, de qué manera esos asuntos son debatidos. Tienen menos incidencia en el sabor del plato que sirven, que en la elección del menú que ofrecen.  

Siembra tradicional

La difusión de presuntos casos de corrupción, que por lo general cautivan a las audiencias, son sembrados a la vieja usanza, mediante la preparación previa del terreno, no mediante el más moderno mecanismo de la siembra directa.  

Durante varios años se construyó –con cierta eficacia– el imaginario social del corrupto, ligado exclusivamente a una fuerza política o, más precisamente, a una orientación político-ideológica: el populismo.

Las derechas latinoamericanas articularon ese mismo dispositivo en todos los países que en las últimas décadas fueron gobernados por fuerzas progresistas no-liberales, de modo que, como un libreto idéntico, puede encontrarse en los principales medios de comunicación hegemónicos de Ecuador, Brasil, Venezuela o Argentina.   

¿Lo antedicho significa que no existieron casos de corrupción en esas gestiones? Por supuesto que no. Lo que se vuelve evidente es el direccionamiento y el énfasis comunicacional –administrado por empresas monopólicas que suelen diversificar sus intereses económicos en otras actividades lucrativas– en unos y otros casos.

La comparación entre las causas aportantes truchos y cuadernos es sólo un ejemplo, el último, de ese dispositivo que constantemente pone en práctica el poder comunicacional.

Otro ejemplo es ilustrativo: todos sabemos que José López revoleó bolsos repletos de dólares por sobre los muros de un convento. Tanta fue la insistencia en que ocurrió de ese modo que ni la difusión de los videos del ex secretario de Obras Públicas –realizada por los mismos medios– en la que se lo ve depositando con tranquilidad los bolsos en el suelo para luego abrir la puerta e ingresarlos de la mano, permitió derribar el mito del lanzamiento apresurado sobre el tapial. La siembra no es directa, pero la cosecha sí.

Gloria y loor

La investigación por las presuntas coimas provenientes de los contratos de obra pública durante el kirchnerismo, supuestamente registradas con esmerado detalle a lo largo de varios cuadernos de anotaciones del chofer de Baratta, tuvo un derrotero diferente a la de los aportantes truchos.

Y no necesariamente por la contundencia de las pruebas, cuya veracidad queda subordinada a una moderada verosimilitud.

El verosímil se monta sobre ese terreno de los imaginarios sociales previamente fertilizados que permiten distinguir, sin necesidad de dolorosos esfuerzos, el Bien del Mal.

Y la noticia de los cuadernos es una noticia sobre los malos. Los meticulosamente construidos como eje del Mal. Insistimos: no se trata de resolver, en estas líneas, la culpabilidad o inocencia de los protagonistas de ambos casos. Casi escribo que “para eso está la Justicia”. Para eso, para separar la paja del trigo, debería estar. No siempre es así.

El complejo mediático-político-judicial actúa contra los populismos de los países del sur de América, en ocasiones, de forma monolítica, combinando sus acciones de manera tal que se hace dificultoso desentrañar qué aportó cada uno a la construcción de esas tramas con destino de sentido común.

En este caso, el periodista que recibió –según contó– los cuadernos originales los tuvo en su poder durante “dos o tres meses” y los devolvió a su fuente. Luego aportó a un juzgado las fotocopias, pero las anotaciones originales no fueron encontradas, todavía.

Es decir que no pueden peritarse para determinar si fueron escritas hace mucho o poco tiempo y con la misma o diferentes biromes, de modo de poder establecer su autenticidad.

Mucho se ha dicho sobre el tono de la escritura. Centeno es un ex militar, condición que, combinada con la meticulosa bitácora, habilitaron presunciones de que se trataría de un presunto espía. Él argumenta que esos registros fueron concebidos para extorsionar a Baratta si algún día lo dejaba sin trabajo. Aparentemente, el extorsionado resultó ser el propio Centeno por su ex pareja, que hace un año se presentó a declarar ante el juez Bonadio en otra causa, y contó de la existencia de los cuadernos que no aparecen y cuyo autor primero no recordaba si los quemó pero luego recupeeo la memoria y confirmó haberlos incinerado en una parrilla.

Bolsos y bóvedas

Entre las dudas que surgen del difundido caso se encuentra la del magistrado que la lleva adelante, el mismo que acopia las más relevantes investigaciones contra el anterior gobierno. La ex pareja de Centeno, Hilda Horovitz, declaró en una causa por presuntos sobreprecios pagados para la importación de Gas Licuado Natural (GLN), en la que Baratta fue detenido y luego liberado, que lleva adelante el juez.

Bonadio utilizó como prueba una pericia trucha que, según la Cámara Federal, comparó productos diferentes, plagió un estudio de una Universidad chilena, utilizó información de notas periodísticas y citó como fuente a un organismo internacional relacionado con la energía, que no existe. Los jueces de la Cámara indicaron en su resolución –que revisó la del magistrado de primera instancia– que la pericia era, de mínima, insostenible científicamente y, de máxima, había incurrido en falso testimonio del perito.

Independientemente de eso, la ex pareja de Centeno declaró la existencia de los cuadernos en esa causa. Los presuntos involucrados en el pago de coimas, sin embargo, no son empresarios energéticos sino de la construcción, vinculados a la obra pública.

El juez debería haber tomado esa declaración y formado un nuevo expediente, cuyo investigador debe ser sorteado por la Cámara, de acuerdo a las normas en vigencia. Pero se la quedó, mezclando ladrillos con gas licuado, mediante un mecanismo conocido como forum shopping, que permite de modo ilegal quedar con expedientes sin el correspondiente sorteo.

Pero los cuadernos tienen los condimentos necesarios para ser verosímiles. El traslado de bolsos repletos de dinero, proveniente de coimas pagadas por empresarios para conseguir contratos de obra pública. Ese mecanismo se conoce desde mediados de la década del 80 del siglo pasado como forma de financiamiento ilegal de las campañas políticas, es decir que atraviesa la joven democracia argentina. No por eso, claro, es menos reprochable.

Sin afirmar que tal cosa no existió, sí se puede vislumbrar cómo sobre ideas previamente instaladas –aun cuando sean falsas– se construye la realidad. La ex secretaria de Néstor Kirchner, Miriam Quiroga, reveló en el programa televisivo de Jorge Lanata que había visto por su función “tipos llevando bolsos llenos de billetes” y que, le habían dicho, que de tanta cantidad se “los pesaba” para evitar el engorroso trámite de contarlos.

En marzo de este año la Cámara de Casación dejó firme el fallo del juez federal Luis Rodríguez que estableció que “los hechos no existieron”. Como enseñó el filósofo Friedrich Nietzche, “no hay hechos, sólo interpretaciones”.

El mismo programa televisivo también difundió “la bóveda de los Kirchner” que, el matrimonio presidencial, había hecho construir en su domicilio familiar de El Calafate, para guardar el dinero de la corrupción. Un fiscal levantó con palas mecánicas media Patagonia pero no la encontró.

En la causa que lleva adelante Bonadio la ex esposa de Centeno declaró que los padres de Baratta tenían, también, una bóveda en su vivienda de un country donde guardaban el dinero mal habido. Se ordenó un allanamiento que, según el abogado de Centeno, “rompió toda la casa” pero “no encontró ninguna bóveda”. Entre el deseo y la realidad, a veces existen una distancia irreductible.

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