
La estruendosa cachetada recibida por el macrismo el 11 de agosto en las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (Paso) no impide que se mantenga –e incluso se profundice– el más perverso de los mecanismos que el régimen impuso desde el minuto cero de su llegada al Gobierno en cuanto a la retroalimentación del odio y la violencia social.
Se trata de un movimiento de dos sentidos: por un lado, desde la cima del poder se alienta y habilita a las fuerzas de seguridad y al individuo a ejercer la máxima violencia contra el otro, si lo que parece estar en juego es la “seguridad”, corporizada preferentemente en el riesgo de cualquier sensación de pérdida material. Por el otro, de abajo hacia arriba, un segmento ponderable de la sociedad le reclama al poder que aplique “mano dura” contra determinados chivos expiatorios, ya sea “el chorro”, “el vago”, “el falopero”, cualquiera que rompa con el ideal simbólico de “normalidad” y, ante todo, productividad.
Desde estas mismas páginas, hace un año, en un artículo titulado “Casi todos en peligro”, se proponía reflexionar que Mauricio Macri y sus secuaces habían llegado para establecer “el desamparo como norma, la indefensión como estado permanente (y natural) de las cosas. Un mundo inseguro esculpido por quienes llegaron al poder de la mano de consignas que prometían restaurar la seguridad perdida por el desinterés del «populismo» en la materia”. Por supuesto, nada ha cambiado y por cierto, empeoró.
La muerte en las calles
En aquella columna mencionada más arriba, se decía que “el macrismo logró que desaparezca la línea que separa a la selva del Estado de derecho”, y que tal vez “la pesada herencia que deje este régimen no sea el colapso de la economía sino un país en el cual el desamparo absoluto sea la norma y no la excepción”.
Pasó un año, “pasaron cosas”, como dice el Presidente, en aras de instalar que nadie es responsable, y menos él, de que esas cosas ocurran. Pero desde que asumió este Gobierno la Federal, la Prefectura, la Gendarmería, todas bajo la órbita de Patricia Bullrich, y por efecto dominó las canas bravas de las provincias y de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Caba), tuvieron el aval para que el pequeño dique que los tres gobiernos anteriores habían establecido no fuera desbordado por la pulsión de muerte que habita en todas esas fuerzas de “seguridad”.
La voz de mando que no se escucha frente al poder establecido, ante el Fondo Monetario Internacional (FMI), por ejemplo, o frente a las órdenes del Departamento de Estado yanqui, se hace oír en boca de la Ministra de Seguridad o del propio Presidente, que justifican las criminales prácticas de efectivos que se sienten apañados y salen a las calles a imponer leyes no escritas, un orden que es el del poder elitista, al que ellos no pertenecen pero del cual se sienten parte.
Si Clarín no estuviese abollado por los reiterados choques con la realidad, esta semana podría haber reiterado aquel título infame (“La crisis causó dos nuevas muertes”), cuando la Bonaerense asesinó a Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
Esta vez no fue la cana de la provincia que gobierna María Eugenia Vidal, ni fue en un mismo episodio que un hombre enfermo y un jubilado hambriento fueron asesinados por un efectivo de la Policía de Horacio Rodríguez Larreta y dos custodios de un supermercado Coto. Pero la muerte volvió a las calles de la peor manera, a través de las patadas y golpes de mercenarios de un poder criminal.
El milico que se bajó de la moto como si se sintiese un sheriff que se apea de su caballo, que avanzó hacia un hombre que caminaba en forma errática, con las manos atrás, rodeado de policías y patrulleros que hubieran podido reducirlo en segundos, el gesto engañoso que ensayó el efectivo antes de aplicarle a la víctima una feroz patada en el tórax, toda esa escena forma parte de un relato de época.
Es la narrativa de un tiempo en el que matar es reclamado por millones de enajenados que encuentran eco en la banda de patanes que gobierna el país, quienes a su vez dan la orden a sus centuriones para que procedan cumpliendo esa orden, con el pulgar apuntando hacia abajo, como si fueran los emperadores de una Roma aún más puerca que aquella, y reemplazando la arena del circo por calles en las que los miserables, los hambrientos o los enfermos se topan con la muerte como exhaustos gladiadores desarmados.
Un anciano de 70 años, también enfermo, decidió saciar su hambre con un queso, dos chocolates y una botella de aceite, en uno de esos lugares preparados para cualquier cosa menos para practicar la solidaridad. Un supermercado es un no lugar, en realidad nadie, ni el que compra, ni las cajeras o cajeros, los repositores, supervisores, guardias de seguridad, nadie se siente ligado por afecto alguno a esos espacios. Se va allí a muchas cosas y por diversas razones, pero ninguna de ellas parece ligada a lo emocional.
Dos guardias de ese no lugar descubrieron al viejo en ése, su hurto, el de la desesperación, el de la vergüenza, el que a cualquier ser humano lo dobla de dolor, de piedad, de pena en el grado más ruinoso que puede dimensionar el alma humana.
Nada de todo eso brotó en esos dos custodios, que atraparon al viejo, lo tiraron al piso, lo golpearon con saña, tan salvajemente que lo mataron. Así, sin más, lo mataron a golpes. Y después, como quien saca la basura, lo llevaron afuera de ese palacio abyecto, atravesado por góndolas abarrotadas de productos incomprables por millones de pobres seres humanos como ese viejo a quien no sólo arrojaron, ya muerto, al exterior, sino a la vereda de enfrente, lo más lejos de la entrada, no fuera a ser cosa de que molestara a la vista de los clientes y de paso para escabullirse cobardemente de toda responsabilidad.
La muerte en la calle por frío, por hambre, por patadas y golpes, la muerte en la calle parece ser un castigo de época, una suerte de disciplinamiento en tiempos feroces en los que un queso vale más que una vida.
“El odio mata más que el frío”, tituló no hace mucho este semanario cuando la cifra de muertos sorprendidos por el crudo invierno en “situación de calle” llegó a cinco, y entonces se dijo que esas muertes acontecían “en las calles de la ciudad con más presupuesto per cápita de la Argentina… la más rica, la más europea, la que gobierna el macrismo desde hace casi doce años”.
Y como “situación de calle” es un eufemismo que atenúa no sólo la brutal resonancia de la palabra desamparo, también se dijo que esas argentinas y argentinos “se mueren a la intemperie, abrazados a una frazada, a un perro, a una familia entera que se quedó sin techo, sin vida, sin Estado”.
Y como personas, gente, ciudadanos, apuntalan con su sustantividad las frías columnas de la estadística, se puede en cambio recordar que uno de esos desamparados se llamaba Sergio Zacariaz, tenía 52 años, y se murió de frío en plena calle, a pocas cuadras de la Casa Rosada, donde el principal despacho lo ocupa un domador de reposeras que luego de un fin de semana largo, un martes a las 8.40, cuando millones de habitantes de su país ya están trabajando, dijo: “Gracias por acompañarnos tan temprano este lunes”.
Rehenes del lenguaje
En la campaña, con las mejores y peores intenciones, en algún caso con mero oportunismo, los candidatos han quedado rehenes de un lenguaje anidado en el poder establecido.
La “grieta” no se le cae de la boca a los postulantes, que vienen –según el caso– a erradicarla, a cerrarla o a eludirla, proponiéndose como opción a la polarización.
La “estabilidad de los mercados”, como condición sine qua non de gobernabilidad hasta el último minuto que marcan los plazos constitucionales es otro de los tips de campaña que ha quedado inscripto en los discursos de casi todos los aspirantes a presidir los despojos que dejará Macri a quien lo suceda, incluso si fuese él mismo.
Ser “serio” y “responsable” deberían ser condiciones de quienes gobiernan, no sólo de los que transitan un período electoral, pero los más irresponsables gobernantes de los últimos 9 lustros lo reclaman en pos de preservar del estallido a una economía a la que transformaron en una bomba inestable con mecha corta.
Concretamente, el establishment ha conseguido domesticar el discurso de los candidatos, tornándolo “prudente”, “racional”, y lo cierto es que en el único caso que se justifican esos términos y tonos es en quien encabeza la fórmula del Frente de Todos, Alberto Fernández, por la demonización previa que sufrió primero el espacio y luego él mismo. Cualquier palabra sirve para confirmar que el peronismo unido es esa bestia que es capaz de romper la vitrina de cristal de la abuela usándola de arco en un picado de fútbol jugado en la sala de estar.
Con esfuerzo y habilidad, por ese bosque de palabras huecas el postulante peronista logra colar a los jubilados, a los científicos, a los trabajadores y, gambeteando piernas dispuestas a provocar la fractura, se permite hablar de “poner dinero en los bolsillos de las argentinas y argentinos”, de “aumentar las jubilaciones y salarios”, de “devolver los remedios gratuitos a los jubilados”, entre otros tópicos que apuntan a reparar el daño ocasionado por quienes no son interpelados por los medios hegemónicos con tanto énfasis.
El colmo, sin embargo, radica en los abordajes y análisis de los escribas de los medios más concentrados, a pesar de las panquequeadas posteriores al atronador resultado de las Paso.
En un artículo publicado en el blog de TN, titulado “Alberto Fernández ¿es neokirchnerismo o neomenemismo?”, y firmado por Marcos Novaro, se puede leer en la bajada: “Alberto es ahora candidato a presidente, pero puede pronto serlo a fusible. Aunque Mauricio Macri parece ser el más preocupado de los dos, tal vez debería ser al revés. Y aunque AF tiene motivos para desconfiar del presidente, debería temer aún más a algunos de sus aliados”.
Más abajo, Novaro especula, luego de haber escuchado decenas de veces que el presidente será él, que no sólo lo tiene claro él sino Cristina, que lo ungió para que así fuese, y que si CFK hubiera querido ser Presidenta lo hubiera sido.
El escriba de Héctor Magnetto sigue especulando a puro latigazo de conjeturas: “El Presidente parece populista, aumenta el gasto y reduce impuestos, y Alberto Fernández se queja de que desfinancia así al Estado y produce más inflación.
Si algo así sucediera, ¿quién será el afortunado que podría “juntar los pedazos”? Alberto y Macri seguro lo saben: Cristina reinará pero no gobernará desde el 10 de diciembre, ¿imagina alguien una situación más aventajada? Difícil”. En realidad, difícil es pensar como ellos, que tienen la condición de ladrón y ven a todos a través de ese prisma.
No obstante, si este es el tipo de fake news que el oligopolio pone en juego en campaña, y después de la categórica victoria de la fórmula AF-CFK, hay que comenzar a imaginarse lo que será si llegan a las presidencias de la Nación y del Senado, respectivamente.
En tren de disciplinamiento, Novaro escribió un párrafo que al lado del que Claudio Escribano le dedicó a Néstor Kirchner antes de asumir quedará en el cesto de los papeles abollados. Pero vale la pena leerlo, por el escriba es apenas un transmisor de mensajes que vienen desde más arriba:
“Alberto llevará en su propia fórmula un buen motivo para que los mercados desconfíen de sus intenciones estabilizadoras y aperturistas de la economía.
Como sea, esperemos que cuando Alberto habla de «repetir lo que logramos con Néstor en 2003» esté pensando en esto. Y no en insistir con su promesa de «ponerle plata…». Tal vez para terminar de convencerlo es que Macri está dándole y dándonos a todos una valiosa lección sobre las circunstancias que vuelven resbaladizo este camino: anunció medidas de gasto con las que abandonó la meta del déficit cero, 100.000 millones por ahora, pero antes de que algo de esa plata llegue a algún bolsillo subió más el dólar, con él la inflación y el potencial efecto expansivo se evaporó”. Una verdadera confesión de la infamia cometida. Fogonear la devaluación no fue sólo el capricho del tilingo derrotado, fue el modo de licuar lo que sabía que tendría que tirarle a los perros, que es como Macri ve a los famélicos que generan sus políticas.
Macri no debería preocuparse menos que Alberto. Y lo saben el Presidente y su séquito de rapaces colaboradores, quienes vieron esta semana con profunda preocupación el encuentro que protagonizaron los gobernadores de la oposición en el Consejo Federal de Inversiones (CFI), de donde no sólo salieron indignados sino que elaboraron un documento ultra crítico, y hasta el momento ya suman cinco las provincias petroleras que recurrirán o ya acudieron a la Corte Suprema para que corte de un solo tajo el nudo gordiano del congelamiento del precio de los combustibles con base en hidrocarburos.
En rechazo a las medidas de Macri, a costa de fondos que debería girar a las provincias, uno de los párrafos del comunicado de los mandatarios señala: “En este estado de cosas, si bien nos parece positivo, que el gobierno nacional decida aplicar paliativos para algunos sectores, lo que no puede hacer es disponer inconstitucionalmente de recursos que son de las provincias, tanto por el presupuesto en ejecución, como por el pacto fiscal, en el que casualmente acordamos esfuerzos y renunciamientos para garantizar una previsibilidad, que hoy en forma arbitraria se está vulnerando”.
La falta de vocación histórica de Macri tal vez le impida recordar lo que es gobernar con las provincias en contra. Sin tener que remontar la memoria al siglo XIX, los ejemplos de Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa deberían bastarle para dejar de prender velas en el polvorín, porque una cosa es que el establishment le haya puesto corset al discurso de los candidatos, que Alberto F. y el peronismo sean responsables y colaboren en mantener a flote el Titanic amarillo, y otra cosa es esperar que un país entero baile en la cubierta mientras las aguas heladas del invierno macrista lo devoren.