Mi papá es colectivo. Vive con, por y para el resto, su militancia, sus compañeros. Está clarísimo por qué vino al mundo, y no creo que haya sido para ser padre. No es de lo que mejor le salió.

Siempre me generó muchísimas contradicciones, dudas, bronca. Y amor. Un amor inexplicable, que sólo puedo describir con analogías. Un amor parecido a lo que se siente cantar la marcha peronista en alguna unidad básica. Parecido al estallido de la popular cuando el cantito reza “la hinchada que nunca abandona es la de la acadé”. Parecido a vociferar “Iglesia, basura, vos sos la dictadura” cuando un 24 de marzo la columna pasa por la esquina de Córdoba y Buenos Aires.

Un amor de un sentimiento inexplicable, inabarcable, el más hermoso de todos.

Mi papá me enseñó esas poesías populares, me llevó a todos esos lugares, me hizo darme una idea de por qué vine al mundo.

Pero no alcanza. Por eso, me protejo bajando las expectativas, haciendo chistes sobre un padre un poco ausente.

La verdad no sé si fue o no un padre ausente, pero sé que nunca fue uno solo.

Y eso lo entendí hace poco, cuando se murió un poco de mi papá.

Porque esas poesías populares, y ese motivo de vida me lo enseñó el colectivo al que pertenece mi papá; la cooperativa, “lo” cooperativo.

Me lo enseñaron los asados en la redacción, los almuerzos a la salida de la primaria, un viernes de cierre de edición a las corridas. Me lo enseñaron todos los que me incluyeron en eso que es mi papá.

Me lo enseñaron los que me enseñaron sobre esto que es hacer periodismo y hacer peronismo.

Un poco de todo esto que soy, y que es mi papá, y que es el motivo que me sostiene en esta existencia, me lo enseñó el Juane.

No lo había pensado nunca, hasta que su partida me dolió como si fuera un pedazo de mi viejo.

Ahora siento, como una dolorosísima poesía colectiva, que el Juane nos está diciendo, todo el tiempo, por dónde se sigue, hacia dónde hay que ir.

Unas semanas antes de que se vaya, el Juane me trajo a casa en auto después de un cierre de edición.

Charlamos de sus hijos, me contó lo que le preocupaba de su futuro. Me acuerdo haber pensado cuánto admiraba esa sensibilidad, haber descubierto que también eran así los papás, y haber encontrado alivio en que seguramente también era así mí papá.

No puedo parar de pensar en que el Juane no va a poder ver cómo le fue a la mayor en la secundaria, o si el más chico al final se va a hacer un grupo de amigos.

Confío en que lo va a saber.

Espero que estos hijos encuentren un poco de su papá en el mío, y en todos los espacios en los que el Juane dejó un poco de él. En la poesía colectiva en la que se transformó.

En este mes plagado de fechas, el día del periodista y el día del padre, todo duele un poquito más.

Pero hace un año, probablemente asesorado por el Juane, mi papá escribía un editorial con una anécdota de cuando yo era chiquita.

Una anécdota en la que, aún sin sospechar nada, mi viejo definía todas estas cosas de las que intento hablar hoy acá.

Una vez, en el jardín, le dije a mi maestra que mi papá trabajaba de peronista.

Mi papá fue, es y será tan peronista que hizo que mi viejo no sea solo él, y no sea sólo mío. Que sea de todos, y para todos.

Mi papá es tan peronista, que es el pueblo.

Mi papá es tan peronista, que es La Masa.

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