
El portal Infobae, el jueves 13 de enero, publica este título en la sección Política: Quién es el ganador del sorteo libertario: “Somos kirchneristas, pero Milei empezó bien, prometió algo y cumplió”.
Se trata de un título sesgado -algo habitual en este medio-, pero no deja de tener el mérito de exponer una contradicción significativa: alguien que dice ser kirchnerista, se alzó con el premio prometido por Milei, del que dice que empezó bien, porque prometió algo y cumplió.
Conviene entonces detenerse en lo que narra esta nota. El ganador se llama Federico Nacarado, tiene 40 años, y se inscribió para el sorteo la noche previa, a instancias de su mujer.
Es propietario de un emprendimiento de construcción en seco, pero parece que las cosas no le estaban yendo bien últimamente, ya que declara tener muchas deudas. Él no había prestado atención a esta convocatoria por parte de Milei, que logró recaudar el impresionante número de un millón de inscriptos. Pero sí lo había hecho su esposa que, como en la mayoría de las parejas de gente trabajadora o de clase media, con su mirada femenina parecía estar muy pendiente de cuanta oportunidad de obtener algún beneficio podía presentarse.
Podría decirse, sin dudas, que el mérito en este caso fue de ella.
Lo cierto es que Nacarado, de este modo, pudo hacerse de doscientos mil pesos, que es lo que ganó Milei por ser diputado durante veinte días en el mes pasado (como todos los legisladores electos, asumió el 10 de diciembre).
Si bien es una cifra importante, no se trata de una fortuna ni mucho menos. Equivale a unos mil dólares, monto que ganan muchos trabajadores y profesionales en este país, tanto en la actividad privada como en la pública.
Pero que distan de ser mayoría. La mayoría de los argentinos –la inmensa mayoría, deberíamos precisar– está muy lejos de obtener esos ingresos mensuales. Como todo el mundo sabe, quizás la tercera parte de la población, o acaso aún más, está bastante lejos de ese número.
Seguramente que ello permite comprender por qué se inscribió un millón de personas para el sorteo. Un millón de personas que debió declarar sus datos personales, su correo electrónico y su número de celular, lo que representa una espectacular base de datos, que podrá utilizarse con fines electorales e incluso comerciales, ya que por su dimensión perfectamente puede ser vendida a quien le interese.
Es decir: un millón de argentinos se sometió al llamado de Milei, incluso cuando como en este caso, se trate de kirchneristas.
Con lo cual llegamos a la contradicción señalada anteriormente. Dice Nacarado: Somos kirchneristas, pero Milei empezó bien, prometió algo y cumplió. Esta frase contiene una especie de silogismo implícito, que conviene recuperar, y que estaría dado a nivel de sus presupuestos.
Dicho silogismo sería el siguiente: a) todos los políticos al candidatearse prometen cosas; b) cuando son electos, algunos cumplen y otros no cumplen; c) Milei cumplió.
Pero, además, la conclusión –Milei cumplió– puede leerse en relación con la premisa menor (b), que sostiene que algunos cumplen con las promesas realizadas y otros no, ya que, si él es el que cumple, el silogismo habilita un lugar para ubicar asimismo a quienes han prometido y no cumplieron.
No es difícil comprender quiénes serían esos políticos.
De manera que la oferta de Milei, que captó prácticamente de forma mágica a un millón de compatriotas, logró capturar a votantes oficialistas. ¿Cuántos?… Imposible saberlo, pero probablemente mucho más que una ínfima minoría.
Milei es, claramente, un prestidigitador, una suerte de mago burdo que logra, de todas maneras, captar a muchos que están por fuera de sus seguidores con estas jugadas marketineras.
¿Es preocupante?… Sin dudas. ¿Es peligroso? … Lo será seguramente mientras el oficialismo actual no de respuestas cabales a las necesidades y carencias de la mayoría de los argentinos.
Aclaración final: no formamos parte del coro que, por fuera y por dentro del oficialismo, se regodea en señalar y denunciar implacablemente, incesantemente, las insuficiencias políticas del gobierno. Pero tampoco formamos parte del sector silencista, de los fundamentalistas de siempre, que mandan callar la boca cuando alguien repara en los déficits existentes, como si de eso no pudiera hablarse.
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