
Las movidas sindicales y políticas, de todos modos, no logran sustraerlo de las cuestiones mucho más existenciales que lo aquejan. Su vida afectiva sigue siendo un verdadero despelote: vive en su casa, pero casi no ve a sus hijos, con la mujer no se habla, la amante le ha cortado el rostro, y se siente como un paria deambulando por la tierra, El sindicato le parece una causa valiosa, pero cuando, como el otro día, empiezan a mezclarse las cosas con otros intereses, una desazón lo asalta por completo, y el desgano lo cubre impidiendo que aflore cualquier tipo de esperanza o de deseo.
Siente que necesita zafar por algún lado. Por eso, antes de ir al trabajo, pasa por el boliche donde se junta con sus compinches del barrio: ese lugar, y esas relaciones, son lo único que le brindan un mínimo de contención actualmente.
Como de costumbre, en el boliche hay pocos parroquianos. Atrás, al final del local –de manera inveterada–, se encuentran sus amigos. Va hacia ellos, que lo saludan, aunque sin efusividad. En la mesa está El Mencho, que lo recibe con la sorna de siempre.
¿Todo bien? …, pregunta El Mencho.
Maso, responde.
El Mencho lo mira, fijamente, y después le ofrece algo que tienen entre sus dedos.
¿Es bueno? …, quiere saber.
Del mejor, contesta El Mencho, entregándole un porro. Lo enciende, y le da una pitada. Siente cómo el humo llega hasta sus pulmones, que parecen expandirse como consecuencia de la inhalación.
Se queda en el boliche fumando, sin hablar con los otros. No le hace falta. Cuando ya ha fumado buena parte del porro, empieza a relajarse. Siente que flota, y que anda entre las nubes. Los problemas que lo acosan se han desdibujado, y ahora todo es paz y beatitud. Así pasan las horas, hasta que anochece, y recuerda que debe partir hacia el trabajo. Pisa los restos del porro contra el piso, saluda, y sale a la calle en busca de la moto. Las luces de la ciudad lo encandilan, porque ha dejado de volar, y debe meterse nuevamente en esa vorágine que es la calle.
Aprieta el acelerador y pone primera. La moto pega un brinco, y arranca de golpe.
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