Alberto Papita Flamini, ex jugador y fanático del básquet, organizó una cena homenaje a los campeones del mundo de 1950 y repasó varias anécdotas, con los Globetrotters, Julio Sosa y los padres de Baglietto y Fontanarrosa como protagonistas.

Es recordado el episodio que tuvo como protagonista al hincha de Rosario Central Orlando El Turco Espip cuando en el campeonato de 1967 saltó desde la tribuna al campo de juego en pleno partido para impedir lo que era el gol seguro de San Martín de Mendoza ante su equipo. Menos conocido es el caso que ocurrió durante un partido de básquet que Newell’s jugó en Venado Tuerto: Carlos Gustavo Delfino –padre de la criatura de la Generación Dorada– lanzó un tanto ganador para la victoria de Olimpia, y la por entonces joven promesa rojinegra Alberto Flamini, siempre ubicado detrás del aro, lo movió apenas, lo suficiente para malograr el intento de doble con destino de red que le hubiese dado la victoria a los locales. Tras las risas que despertó la anécdota, Papita Flamini se pone serio: “Cometí muchas equivocaciones en la vida”. Y recuerda una situación mientras jugaba para el club Teléfono y laburaba en la empresa de comunicaciones: “Una vez dejé de trabajar por ir a jugar un partido. Yo trabajaba de 13 a 20 y no vino el relevo. A las 21 me fui a jugar y después volví”.

De estas historias, Flamini tiene de a montones: de los Globetrotters a Julio Sosa, pasando por su presencia en el velorio de Evita; de la época dorada rojinegra, con una docena de títulos al hilo, a la pobre actualidad del deporte de la pelota naranja. Conversador y basquetbolero, el ex bicampeón con Newell’s de la liga local en 1977 y 1978, organizó una cena, este jueves, con la excusa del 73 aniversario del título mundial de la Selección Argentina de 1950, que tuvo a rosarinos como protagonistas y cuyos integrantes luego fueron perseguidos por la dictadura que derrocó a Juan Domingo Perón.

Primer cuarto

Con apenas 10 años, Alberto Flamini solía patear de lo lindo las veredas y calles de la ciudad. En una de sus tantas idas a ver a los artistas del folclore que se presentaban en Juan Manuel de Rosas y Mendoza, a Papita –apodo que confiesa haberse ganado en la infancia a fuerza de tener a ese tubérculo casi como único alimento– le llamó la atención la cantidad de público que se amontonaba para ingresar al estadio que Newell’s tenía en Mendoza, casi Maipú. “Ahí era la cancha de básquet hasta que en el 53 se fue al Parque Independencia”, cuenta. Una vez, esas “colas y colas de gente” le despertaron curiosidad y se mandó: “Me hicieron pasar y me gustó”. Allí nació el flechazo con el deporte de la redonda naranja y con puntitos.

Foto: Jorge Contrera | El Eslabón/Redacción Rosario

Que haya sido un amor a primera vista no fue casualidad. Alberto empezó a seguir a la Lepra en mitad de su época más gloriosa, que se extendió entre 1943 y 1954, cuando ganó 12 títulos consecutivos en la Liga Rosarina de Básquetbol (ARBB), con figuras como Hugo Balazo Del Vecchio y Alberto Gallego Lozano, integrantes también de la Selección campeona del mundo de 1950.

Este hombre de 85 años debutó en Primera a sus 15 y luego pegó el salto a la Selección Rosarina. Además de vestir la camiseta musculosa de Newell’s, también jugó en Calzada y Teléfono. “Cuando me preguntan de qué cuadro soy –revela– les digo esos tres”. En otros tiempos y con otros conceptos de las posiciones, Papita jugaba de defensor: “Yo marcaba siempre a la figura del otro”.

Dueño de cientos de anécdotas, cuenta de su presencia en la cancha de Newell’s (en la de fútbol, no en el cubierto) cuando vinieron los Globetrotters en el 57. “Fue un Día de la Madre”, aporta, como para dar garantías de su intacta memoria. “Nosotros jugamos el preliminar contra los porteños. Se jugó en la cancha de fútbol porque había más de 25 mil personas”. 

Foto: Jorge Contrera | El Eslabón/Redacción Rosario

Campeón con la Lepra en el 77 y 78 –tras una larga sequía de 23 años– asegura que en los torneos en los que no se alcanzó el título “siempre fuimos protagonistas”. Y lamenta el “olvido” de ese deporte para la actual dirigencia leprosa, en el marco de los festejos por los 120 años de vida. “Es una lástima que no nos tengan en cuenta, porque le dimos varios títulos al club”, dice con tristeza.

Los años y ciertos achaques no le impiden a Alberto Flamini seguir de cerca el deporte: “Sigo yendo a ver partidos de básquet, sobre todo las finales. Me siento activo. Hoy, lamentablemente el básquet no tiene mucha difusión. Nosotros salíamos siempre en los diarios, transmitían los partidos por radio y televisión”.

Los muchachos basquetbolistas

En pleno gobierno peronista, Argentina tocó el cielo con las manos en el primer Mundial de Baloncesto organizado por la FIBA. En la final, disputada en el mítico Luna Park ante la siempre poderosa selección de Estados Unidos, fue clave el rosarino Hugo del Vecchio, quien aportó los 14 puntos, en los minutos finales, que marcaron la diferencia a favor de los locales. Alberto Flamini, con 12 años, siguió por la radio las alternativas de aquella histórica final que ganó Argentina 64 a 50. Vivía en San Martín y Amenábar y hasta el día de hoy recuerda el cielo iluminado: “Esa jornada es recordada como «La noche de las antorchas» porque en todo el país se prendieron antorchas”. 

En el camino al título, la albiceleste venció a todos: un par de veces a Francia, a Brasil, Chile, Egipto y EEUU. Al ver a ese equipo creció su admiración por Del Vecchio, a quien se daría el gusto de conocer personalmente años después, de una manera muy particular: gracias al Varón del Tango: “Una vez vino Julio Sosa, el cantor, y mi hermana y un amigo lo invitaron a casa. Así que me mandaron a buscar a un jugador de Newell’s que no quiso ir porque no podía, ya que le gustaban mucho los burros y estaba con eso”. Ante la negativa del primero, con 14 años lo mandaron a la casa que Del Vecchio tenía en Riccheri 530: “Vino con la moto, estuvo desde el mediodía hasta las 6 de la tarde con Julio Sosa”. Desde aquel encuentro tanguero “agarré mucha confianza con él, que ya era campeón del mundo. Hicimos una gran amistad”, celebra. 

Foto: Jorge Contrera | El Eslabón/Redacción Rosario

Papita compartió con Del Vecchio no sólo aquel encuentro. “También pude jugar con él. De chico me llevó a Paraguay, a Antofagasta (Chile), a Uruguay. A Mar del Plata fuimos a jugar al básquet y al fútbol” con Newell’s. Así, guarda gratos recuerdos de compartir viaje con el Piojo José Yudica, Raúl Belén, cracks leprosos de la época. “En fútbol, mis ídolos son Mario Zanabria y Federico Sacchi” que murió el pasado 7 de noviembre. “Por ellos me iba a Buenos Aires a verlos. A Zanabria lo fui a ver también cuando jugaba en Boca la Copa Libertadores”.

Pero su debilidad fue, es y será el básquet. “Esta cena” para homenajear a los campeones del 50 “la hago por amor”. En el año 2000, al cumplirse medio siglo de la conquista, organizó una movida similar: “Vinieron muchos periodistas conocidos, estuvieron los campeones. Había personalidades del fútbol como Juan Carlos Montes, Sacchi, Belén”, rememora. Entre los invitados, comenta, también estuvo Roberto Fontanarrosa Voelklein, padre del Negro y ex jugador y DT de ese deporte en el que predominan los altos. Y Ernesto Baglietto (“que vino con su hijo, el cantor Juan Carlos”). Baglietto padre fundó un club de básquet en Arroyito, que compitió en la Liga Rosarina, y fue “uno de los mejores árbitros de básquet de los 40 en Argentina”, afirma Alberto.

Aquel seleccionado campeón mundial no la pasó bien con la llegada al poder de la autodenominada Revolución Libertadora, la que derrocó a Juan Domingo Perón en 1955. Como el básquet fue uno de los deportes preponderantes para el gobierno justicialista –según se destaca en el documental Tiempo muerto–, las autoridades militares suspendieron para siempre a esos jugadores. Tan grande fue la huella que dejó aquella gestión peronista que, años atrás, cuando Papita era aún un purrete, viajó solo –con apenas 13 años– a Buenos Aires a despedir a la Abanderada de los humildes. “Fui al velorio de Evita. Salimos a las 12 de la noche y llegamos allá a las 5 de la mañana. Salía un colectivo y me anoté”.

Nota publicada en la edición impresa del semanario El Eslabón del 11/11/23

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