
“Llamado a los puchos de pintura de cualquier tipo y color para pintar el aula de 1° grado!! Paso a retirar por donde me chiflen. Gracias”, escribió Ebelyn Rita en su perfil de Facebook. Es maestra de la Escuela N°6.386 Cayetano Silva, de Brassey al 8200 (Fisherton) y está convencida de que el espacio de trabajo tiene que ser agradable, convocar a habitarlo con alegría. “No soy la única, somos muchas las docentes que hacemos estas tareas”, aprecia de quienes se alternan entre dar clases y pintar el aula.
El pedido de Ebelyn lo hizo hace unos días por la red social. Tuvo la respuesta inmediata de una maestra jubilada que enseñó en la Cayetano y de la mamá de una nena que este año comenzará el primer grado en ese salón de clases. “Nos estaría faltando un litro de pintura sintética, en lo posible color blanco”, que será para pintar marcos de puerta y ventanas.
La tarea de dejar el salón a punto para cuando comiencen las clases ya arrancó. Y El “para cuando comiencen las clases” lo subraya, porque sabe que el riesgo de no iniciar el ciclo escolar está más cerca que lejos, por la falta de cumplimiento con el magisterio de los gobiernos provincial y nacional. La lucha por el salario y mejores condiciones para educar no es ajena a Ebelyn.
A pintar el salón se sumaron su esposo y el profesor de ajedrez con su compañera. Este miércoles continuaban. “Empezamos con las instancias de apoyo (escolar) y luego a pintar”, dice de cómo se dividirá las jornadas de estos días, un poco en clases, otro dejando lindo el espacio que será para quienes arrancan con la primaria.
“Lo que me llevó a pintar el salón es lo mismo que a la mayoría: somos muchas las maestras que nos vemos movilizadas para que las chicas y los chicos puedan estar en un ambiente digno para aprender”, comparte Ebelyn del trabajo silencioso que cada día hacen maestras y maestros. Entre esas compañeras de trabajo están Natalia Aguirre y Silvia Da Silva, que en otras oportunidades también han pintado salones en la Cayetano.
“Hay compañeras que dicen «no es mi función pintar». Y es verdad: no somos pintoras, pero también sabemos que si queremos estar en un ambiente que te den ganas de estar, de aprender, no queda otra”, comenta sobre cómo entiende el compromiso con la escuela pública.
La Cayetano Silva es una “escuela viejita”, que cada tanto hay que estar arreglando. Esto pasó el año pasado cuando se rompió un caño, se hicieron los arreglos necesarios pero las paredes quedaron con humedad. Al menos las de primer grado.
El pedido al Ministerio de Educación se tramita, aunque siempre la respuesta se toma su tiempo o no es la que urge. Esta vez le ofrecieron pintura pero para el frente de la escuela. El trámite para el resto lleva su tiempo en el intríngulis administrativo.
La escuela tiene cooperadora, a la que las familias están invitadas a colaborar con un aporte mínimo. Claro que, aunque se quiera, no todas pueden contribuir. La Cayetano Silva recibe chicas y chicos de los barrios 7 de Septiembre, Stella Maris, Emaús y La Bombacha, entre otros.
“Ni santas ni diablas”
Ebelyn cuenta que la mayoría aporta para que la escuela esté linda, para enseñar y aprender. Al menos se esmeran para eso. Y pone el ejemplo de la directora, que usa el tiempo de sus vacaciones para llevarse las cortinas de los salones y lavarlas en su casa (entre otras tareas).
Para este año la dirección escolar priorizó comprar unas mesitas de forma de trapecio, de colores, para que las nenas y nenes de primero trabajen en forma integrada. Faltan las sillas, “que se irán comprando de a poco”.
Son 23 nenas y nenes quienes comenzarán primer grado en un salón que los va a esperar recién pintado. “Son 23 porque el salón tiene 5×5, es el más grande de la escuela”, apunta la maestra, y describe -sin proponérselo- cómo es su espacio de trabajo.
“Recurro a la cuestión colectiva para no hundirnos en la amargura. Confío en la educación pública, y creo que los chicos tienen que estar en un lugar que los invite a aprender y al que tengan ganas de ir. El espacio nos tiene que invitar”, expresa.
Ebelyn sugiere mirar la escuela y el trabajo docente desde adentro, corriéndose de los escritorios o de las opiniones prejuiciosas comunes a los medios hegemónicos. “Una semana en la escuela para conocer qué es lo que hacemos alcanza”, convoca y recuerda cómo cerraron el año pasado las clases, con “chicos desesperados por la merienda, por recibir la leche”. “¿Cuándo viene Moni?”, la pregunta por la portera que más escuchaba al iniciar la jornada.
“No somos ni santas ni diablas, pero hemos pagado desde un paseíto cuando a un chico no le alcanzaba, hemos armado kioscos para reunir fondos y pintado la escuela”, destaca Ebelyn, y agradece a las familias que sí saben de este trabajo y lo reconocen.
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