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Manuel Belgrano ejemplifica la virtud patriótica por excelencia. Cuando se reflexiona en alguien que dio casi todo por los mejores valores de nuestra sociedad, su nombre viene a la memoria inmediatamente. San Martín fue un libertador heroico, Güemes nos resulta notable, pero el creador de la bandera, nacido en 1770 en el seno de una de las familias más acaudaladas de la ciudad de Buenos Aires, es quien nos resulta eminente. Y esto no es un juicio apresurado, porque tuvo todo para ser un miembro destacado de la clase dominante de su época: dinero, inteligencia, valor y posición social. Sin embargo, por su amor al pueblo y a su terruño natal, fue el defensor más desinteresado de la Causa Americana.
Egresado como licenciado en filosofía, viajó a estudiar a España la carrera de abogacía, con una clara inclinación hacia los estudios económicos, y desde esa encumbrada formación, con un gran manejo de varios idiomas fue nombrado en el Consulado como Secretario, desde donde esbozó el primer proyecto sistemático para nuestra sociedad, donde la producción y la educación eran los pilares del sistema social. Dice en su Autobiografía: “Como en la época de 1789 me hallaba en España y la Revolución de la Francia hiciese también la variación de ideas y particularmente en los hombres de letras con quienes trataba, se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad, y solo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde fuese, no disfrutase de unos derechos que Dios y la Naturaleza le habían concebido , y aún las mismas sociedades habían acordado en su establecimiento”. Las Memorias del Consulado, escritas por él, son un verdadero programa de gobierno: “Sin que se ilustren los habitantes de un país, o lo que es lo mismo, sin enseñanza, nada podríamos adelantar”. Formado en la fisiocracia de Quesnay, a quien tradujo y en el pensamiento económico clásico de Adam Smith, pensaba que el trabajo humano en la agricultura era la base de la riqueza, sin dejar de ver la potencialidad de la industria y su positiva repercusión social. La educación era un insumo esencial del progreso, incorporando por vez primera por estos lares, la educación universitaria de las mujeres. Enfocaba la enseñanza no como simple acumulación de datos, sino en su aspecto concreto y técnico, adelantándose 100 años a la reforma impulsada por el mejor ministro de educación con que contó la República, el brillante Osvaldo Magnasco.
Manuel Belgrano fue un hombre realmente excepcional, que pasó a la historia por algo que lo retrata en su lucha por la independencia, y es la creación de la bandera nacional en la ciudad de Rosario, el 27 de febrero de 1812. Ciudadano ejemplar, militar, economista, político, de una vasta cultura, pero también de una honradez insobornable cuyo ejemplo más palpable es la donación de lo que recibió por la batalla de Tucumán para la creación de cuatro escuelas.
La comunidad de valores de una nación se sintetiza en los colores patrios que la recuerdan donde uno se encuentre. Esta aspiración no podía traducirse con el uso de escarapelas de distinto color como las que usaban los cuerpos del ejército. Además, chocaba a Manuel Belgrano observar a los soldados de la patria en la lucha contra Fernando VII, enarbolar sus mismos colores como lo expresará más tarde en su nota al gobierno del 18 de junio. Conducido por estas razones, se dirigió a los gobernantes, proponiendo la adopción, para la bandera, de la escarapela con los colores que los patriotas habían ostentado en los caliginosos días de mayo. En su oficio del 13 de febrero, se expresaba en los siguientes términos: “Parece llegado el caso de que V. E. se sirva declarar la escarapela nacional que debemos usar, para que no se equivoque con la de nuestros enemigos, y no haya ocasiones que pueda sernos de perjuicio; y como por otra parte observo que hay cuerpos del ejército que la llevan de diferente modo que casi sea una señal de división, cuyo nombre si es posible debe alejarse, como V.E. sabe, me tomo la libertad de exigir de V.E. la declaratoria que antes expuse”.
El gobierno, compartiendo el pensamiento de Belgrano, decretó el 18 de febrero de 1812:” En acuerdo de hoy se ha resuelto que desde esta fecha en adelante se haga, reconozca y use por las tropas de la patria la escarapela que se declara nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata y deberá componerse de los colores blanco y celeste, quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían”.
Belgrano fue extremadamente enfático en la importancia que tenía el contar con señales propias que nos identificaran como comunidad y en su epistolario da pruebas evidentes de ello. En una misiva del 26 de febrero de 1812, expresa: “Abajo, señor excelentísimo, esas señales exteriores que para nada nos han servido y con que parece que aún no hemos roto las cadenas de la esclavitud”. Y para no dejar ninguna duda, en una carta del 18 de julio, reafirma: “En esta parte V. E. tendrá su sistema al que me sujeto, pero diré también, con verdad, que como hasta los indios sufren por el rey Fernando VII y les hacen padecer con los mismos aparatos que nosotros proclamamos la libertad, ni gustan oír el nombre de Rey y ni se complacen con las mismas insignias con las que los tiranizan”.
Inciso santafesino
La bandera de Belgrano no fue aceptada inmediatamente. A los problemas que tuvo con el Triunvirato apenas creada, hay que agregar su rechazo por las provincias del Litoral, bajo hegemonía artiguista. El destacado historiador Alejandro Damianovich nos cuenta al respecto: “Al declararse la autonomía santafesina, el 24 de marzo de 1815, se había arriado la bandera española –que todavía flamearía en el fuerte de Buenos Aires hasta abril- y fue reemplazada por la de Artigas. ‘Se enarboló la bandera de la libertad con toda solemnidad en medio de la plaza, compuesta de una faja blanca en el centro, dos celestes a los lados y una encarnada que la cruzaba’, cuenta el cronista Iriondo en sus ‘Apuntes’.
La misma fuente señala que cuando el coronel Viamonte recuperó Santa Fe para el Directorio, ‘quitaron la bandera santafesina y enarbolaron la celeste y blanca de la Patria’, expresión que Diez de Andino comparte en su ‘Diario’, aunque en otro párrafo de su manuscrito en el que se refiere al mismo asunto anotó: ‘El 3 del corriente [septiembre], domingo, se formó parte de las tropas en la plaza, se enarboló la bandera de Buenos Aires, con repiques, salvas de fusil y cañones’. La bandera de Belgrano fue, durante la ‘guerra civil’ considerada como la ‘bandera de Buenos Aires’.
Poco duró la enseña celeste y blanca en su mástil, pues fue reemplazada el 3 de abril de 1816 por la artiguista, cuando Estanislao López y Mariano Vera recuperaron la ciudad para la causa federal. ‘Se enarboló la bandera del Coronel José Artigas, se repicó y hubo salvas de cañón y fusiles, el miércoles a la tarde, 3 de abril, anota Diez de Andino. Es decir que, entre marzo de 1815 y abril de 1816 flamearon en la plaza santafesina alternativamente la bandera española, la de Artigas, la de Belgrano y nuevamente la de Artigas”. La grandeza de Belgrano
Dice el Prócer en su Autobiografía, de 1814: “Yo emprendo a escribir mi vida pública- puede ser que mi amor propio acaso me alucine- con el objeto de que sea útil a mis paisanos, y también con el de ponerme a cubierto de la maledicencia; porque el único premio a que aspiro por todos mis trabajos, después de lo que espero de la misericordia del Todo Poderoso, es conservar el buen nombre que desde mis tiernos años logré en Europa, con las gentes con quienes tuve el honor de tratar, cuando contaba con una libertad indefinida, estaba entregado a mí mismo, a distancia de dos mil leguas de mis padres, y tenía cuanto necesitaba para satisfacer mis caprichos”. El gran Libertador no sólo conservó su buen nombre, sino que su ejemplo, su existencia y su patriotismo son la necesaria guía para poder mirar el porvenir con confianza.
Nota publicada originalmente en El Correo de Firmat
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