El lunes 24 se marchó. Estuvieron quienes tenían que estar. No hace falta seguir pensando qué implica, ni qué faltó, ni en qué condiciona al gobierno. Fue una marcha pura potencia. Hace más de tres siglos, Baruch Spinoza escribía acerca de las pasiones alegres y las pasiones tristes. Decía que las primeras aumentaban la potencia, y también que el alma no está por encima del cuerpo en orden de importancia. 

En esta marcha sucedieron las dos cosas. La alegría con la que se marchó denotó una potencia extraordinaria, reflejada en la juventud presente, en los pibes que habían sido acusados, como siempre lo son, de haber sido quienes votaron a Milei. También hubo una concientización en los padres, militantes orgánicos de partidos o simplemente partidarios de la vida, en sentarse a hablar con sus hijos y ajustar algunas teclas que tenían que ver con la ética, con los valores que se sostienen. 

Cuando pienso en los 90, cuando empecé a votar, si me daban a elegir entre un tipo despeinado, con campera de cuero, y una motosierra, un tecnócrata, muñeco de torta, trajeado, que parecía un enviado del fondo monetario internacional, y encima sabiendo que no podía escuchar a los medios, que azuzaban a Patricia Bullshit y la ponían como la cuota de cordura que hacía falta, no hay dudas a quien hubiese elegido, sobre todo si no había ningún afecto en mi familia que se sentara a explicarme.

Si profundizamos en la actitud de los candidatos, vemos más fortaleza, violencia e indignación, en la derecha más recalcitrante que en la izquierda y el movimiento nacional y popular. Si analizamos la actitud, fuera de los discursos, en los que no cree ya nadie, son más contestatarios los sectores más concentrados de la economía que los que representan al pueblo. Más que fortaleza hace falta inteligencia. En lugar de violencia hace falta empatía y solidaridad con los más vulnerados. Y a la indignación tenemos que reemplazarla por la expresión cultural. 

Todo nos diferencia del poder fáctico: el modo de vida, la forma de entender la salud, el ser alguien en la vida, el sentirnos realizados, la manera de producir y consumir. Recuperar las identidades que hacen a nuestro pueblo. La estigmatización de la pobreza hizo que los pobres dejen de sentir orgullo por la identidad que tenían, y fueran adoptando formas que les eran ajenas, como si eso de algún modo pudiera hacerlos sentir incluidos en la sociedad de consumo. Lograron romper los lazos que los unían. Los medios de comunicación tradicionales, y los digitales hoy fueron trabajando sobre las subjetividades, destruyendo los espacios de colectivización que teníamos.

Cuidar a los jóvenes como germen del cambio, acompañarlos hasta donde nos pidan, escucharlos, saber lo que les toca vivir, dejarlos que se golpeen, que tengan sus propias experiencias es un imperativo que debemos tener hoy. Dejar de manipularlos, de utilizarlos de che pibe, de mandarlos a pegar carteles, y sentarlos a la mesa de las decisiones, eso va a hacer que las organizaciones políticas y sindicales dejen de ser conservadoras. Las juventudes que hay hoy son más racionales e inteligentes que las de los adultos que hoy tenemos media vida encima. Tienen un sentido más profundo del cuidado. Nos proyectamos cuando decidimos por ellos en función de cuidarlos. Y lo utilizamos de excusa para utilizar la peor versión de poder que podemos utilizar, el poder individual, relacionado a la disputa de cargos, y al vedetismo personal, que necesita de la humillación de otros y otras para poder sentir esa jerarquía.

La marcha es esa potencia que une cuerpo y alma, que actualiza en un colectivo la memoria, la identidad, la verdad histórica, y la justicia. Es ese lugar que es un movimiento que entiende el poder compartido, que le da la palabra a todos y todas. El movimiento de derechos humanos de nuestro país lo entendió, su fortaleza reside allí. También tiene debilidades, como por ejemplo que se avanza mucho más despacio porque se tiene que consensuar, se tiene que hablar, nos tenemos que comprender, y sobre todo hay que ceder. El feminismo también lo entendió, y fue generando sus propios espacios con una lógica que va cambiando y se va aggiornando a las nuevas generaciones. Los partidos y los sindicatos pueden ser herramientas del cambio social, estaría muy bueno que vuelvan a serlo. Los errores no son para hacer autocríticas y lavarse las culpas, son para aprender y hacer las cosas de otro modo.

Festejo la alegría, la afirmación de la vida, la defensa irrestricta de la democracia. Festejo la memoria de los 30.000 desaparecidos, y de todos los que de algún modo sufrimos la dictadura en el cuerpo y en el alma, y que no nos quedamos en el drama. Festejo que los que nunca pudimos enterrar están en un lugar, marchan cada 24 juntos a quienes los seguimos recordando. Festejo el amor que no vence al odio, que lo ignora porque mira hacia el horizonte, porque vislumbra, con esperanza, un mundo mejor.

Publicado en el semanario El Eslabón del 29/03/25

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