Pasó de nuevo. Cuando sentimos que todo va perdiendo sentido, que la derecha logró poner en duda lo sucedido en la última dictadura empresarial militar y eclesiástica de la Argentina, llenamos las plazas de todo el país. En medio de una disputa por el sentido de la historia, de la vida, reapareció un actor fundamental: el pueblo.
Los últimos dos años no fueron fáciles para quienes buscamos justicia y arraigar en el corazón de nuestra sociedad que no puede volver a pasar lo que sucedió a partir de 1976. Los organismos de derechos humanos llevaron adelante desde la apertura democrática un laburo incansable, en la calle, en instituciones educativas, en el Congreso y en las diferentes legislaturas provinciales, en los concejos municipales, en los medios de comunicación cuando les dieron espacio. Los juicios de lesa humanidad llevaron el debate a otro nivel. En ese momento los ideólogos de la dictadura, dueños de los grandes multimedios argentinos comenzaron una campaña de desprestigio de todo aquello que tuviera que ver con los derechos humanos. Las balas ya les picaban cerca.
El recrudecimiento paulatino de la campaña contra los organismos, y contra todo lo que tuviera que ver con seguir profundizando en la responsabilidad empresarial se notó claramente con la asunción de Macri como presidente. Los medios de comunicación comenzaron a cuestionar la cifra de desaparecidos y, en medio de cuestiones de cifras, comenzaron los trolls –grupos de tareas digitales– a amenazar con Falcon verdes, con secuestros y con que nos iba a pasar lo mismo que a Julio López. Pura sarasa, pero para quienes tenemos en el ADN la sensación de miedo, parecía que nos quedaba expuesto el botón de pánico. Por suerte, la historia, nuestros viejos –o sus compañeros, cuando ya no los teníamos– nos dieron el antídoto al miedo. Juntarnos, ser muchos, ser pueblo, es lo único que patea la pelota a la cancha de ellos. Fue en ese contexto que, en 2017, el gobierno de Cambiemos intentó instalar el 2×1 que pretendía dejar en libertad a la mayoría de los genocidas. La respuesta fue contundente. Millones de personas en las calles.
Fue a partir de allí que se dio una disputa simbólica que creció en intensidad en los medios de comunicación, en virulencia respecto de lo discursivo y en respuesta en cuanto al crecimiento sostenido de participación año a año hasta la fecha. Es que esta disputa se da a nivel internacional. La llegada al poder de Trump también polarizó esta disputa a nivel internacional. Los dueños del poder mundial quieren toda la torta, no les alcanza con la distribución de la riqueza existente y para ello deben empobrecer a las clases trabajadoras, y destruir a las clases medias, sus aliados históricos. En otros países, también el pueblo se comenzó a organizar para defender los derechos adquiridos en el siglo XX. Estos derechos no fueron dádivas, se consiguieron en largos conflictos en los que los muertos siempre los ponía el pueblo. Hay algo en esa sangre que sigue llamando. Quizás por eso, pese a que se nos vayan yendo las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo –en nuestro caso de Plaza 25 de Mayo–, es que no aflojamos en la búsqueda de los nietos apropiados, tampoco vamos a ceder en exprimir el sentido común hasta que chorree la verdad sobre dónde están nuestros compañeros, por más olor a podrido que tenga esa historia. Quizás las ratas se mueran en silencio, pero nuestra dignidad no se negocia.
La marcha del pasado 24 se inscribe en esa línea histórica, en la que venimos retrocediendo en materia de políticas públicas de Macri para acá. Pero también en la que dimos sobradas muestras de fortaleza en la defensa irrestricta de la democracia. La marcha de ayer constituye un nuevo hito, un acontecimiento en el sentido que le da Maurizzio Lazaratto. Este autor plantea que un acontecimiento no resuelve problemas, sino que plantea lo intolerable del presente y a la vez hace emerger nuevas oportunidades que antes eran impensables. Por otro lado, transforma nuestra forma de sentir, de pensar y de relacionarnos, o sea que crea subjetividades colectivas, y por último se opone a la “noo-política” que es el control de la atención y del cerebro, posibilita la creación de mundos posibles.
Creo que estamos ante la posibilidad no de un mundo nuevo, sino de vivir en mundos nuevos dentro de este gran cementerio que nos proponen los multimillonarios de la pobreza espiritual del mundo. Que cada acontecimiento que logramos provocar, transforma esta cárcel tortuosa en un lugar lleno de personas, singulares, diferentes, que no necesitamos ser iguales para tener algo en común. Eso que tenemos en común es la historia, la identidad colectiva, es un bien preciado que el sistema simbólico del poder real, colonialista, viene dinamitando con las pantallas desde Hollywood hasta hoy. Haciéndonos enemigos de los pueblos oprimidos y mostrando simpatía por los opresores, han sabido construir una masa crítica en el mundo que no se siente identificada desde el sentimiento con nada de lo que es propio.
La marcha por los 50 años del golpe de Estado es una muestra clara de nacionalidad, de subjetividad, de patria, y la construcción movimientista permite que las identidades individuales no tengan que licuarse, sino que sumen diversidad a la identidad colectiva. Que cada acontecimiento que logramos provocar, transforma esta cárcel tortuosa en un lugar lleno de personas, singulares, diferentes, que no necesitamos ser iguales para tener algo en común.. Y nosotros nos volvimos a parecer a ellos, haciendo patria.
Quiero cerrar esta nota hablando de los y las jóvenes, de las infancias presentes, del ejemplo de vida, de singularidad y de lucha que nos están dando. Quiero rescatar la euforia, la algarabía, la paciencia que nos tienen a los adultos y a los viejos que en casi todas las organizaciones políticas, sindicales, sociales, culturales, no los dejamos participar activamente, ni asumir responsabilidades, ni decidir. Los hacemos hacer la colimba indefinidamente, como si tuvieran que demostrar algo, como si nunca estuvieran preparados. El movimiento de mujeres ya nos ha dicho claramente que dejemos de tutelar su cuerpo. Ahora avancemos un poco más y dejemos de tutelar a los jóvenes, que son por lejos mucho menos conservadores que nosotros. Quizás así, podamos salir de este embrollo en el que nos tienen metidos los dirigentes de las organizaciones populares, por celos, mezquindades, y broncas por cuestiones personales.
Gracias, mil gracias a los secundarios, a los clubes que hacen participar a las juventudes, a los universitarios (traten de no volverse como sus orgas), a las escuelas que se organizaron y a todos los espacios en los que esa sangre nueva viene a decirnos, desde el amor y el reconocimiento que nos tenemos que correr, porque ellos van a ir por más.
Publicado en el semanario El Eslabón del 28/3/26
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